
Karl Rove: el ideólogo de la hegemonía republicana
Arquitecto del triunfo que le dio a Bush el segundo mandato y considerado el asesor presidencial más influyente, está acusado de haber revelado a la prensa documentos clasificados en una de sus oscuras maniobras para destruir a los enemigos de la Casa Blanca
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WASHINGTON.- Karl Rove es un cazador. Su presa favorita en Texas es la codorniz; en Washington, son los adversarios de George W. Bush o los del vicepresidente Dick Cheney. El lunes 7 de julio de 2003 Rove estaba muy concentrado en su presa. Era el día después de que Joe Wilson, un diplomático veterano, había lanzado un ataque público de efectos devastadores sobre uno de los argumentos con los que la administración Bush justificaba la guerra en Irak: que Saddam Hussein había estado tratando de comprar concentrado de uranio en Nigeria. En un artículo en la sección de opinión de The New York Times y en el programa televisivo "Meet the Press", Wilson dijo que en 2002 había sido enviado al país africano por la CIA, a iniciativa de Cheney, para verificar la denuncia sobre el concentrado de uranio, y que había llegado a la conclusión de que, en el mejor de los casos, la denuncia era poco creíble.
Después de eso, Rove tenía un nuevo pájaro en la mira. Hasta entonces, Wilson se había mantenido semioculto: sin revelar su identidad, daba a conocer su versión de la historia a periodistas y funcionarios y los artículos que se habían publicado como resultado de ello habían atraído la atención de la administración. Aun así, no había habido motivos para criticar a Wilson, mucho menos para mencionar a su esposa Valerie Plame, agente de la CIA.
Pero Wilson salió a la luz. Y Rove entonces lo tuvo en su mira. Así, el diplomático era un demócrata que había trabajado en cuestiones de seguridad nacional en la administración Clinton y había donado fondos a Al Gore en 2000. Rove supo que tenía relaciones amistosas con el senador John Kerry. Wilson buscaba comprometer a Cheney en la historia por motivos partidistas, para caricaturizarlo como el oscuro y secreto capataz de la guerra. Cheney no había enviado a Wilson; el vicepresidente no había tenido nada que ver directamente con el asunto.
En el mundo según Karl Rove, se toma la ofensiva y se la mantiene. Se crea una narrativa que pasa por encima de datos complejos, atenuantes, y se divide al mundo entre amigos y enemigos, bien y mal, Bush versus Saddam. Se es leal hasta cualquier extremo con los amigos, despiadado con los enemigos. La retórica del candidato debe ser cálida y edificante, otros se encargan de los ataques. Se estudian los detalles y se descubre más de los adversarios de lo que ellos saben de sí mismos. Todo es político y todos son blancos legítimos.
Lo que ahora incluye a Rove. Algo que es común en Washington: la teoría política de Rove está siendo usada contra él y se está viendo obligado a desplegar el aparato republicano, que construyó al servicio de Bush, para una tarea más personal: su propia defensa. Un fiscal federal ahora está llegando al climax de una investigación acerca de si algún funcionario de la administración cometió un crimen al dar a conocer la identidad de un agente de la CIA -la esposa de Wilson- a los periodistas. El fiscal también puede estar analizando si alguien mintió a un gran jurado sobre la cuestión, el clásico crimen de Washington de un encubrimiento. Los demócratas están en pleno ataque, exigiendo que Rove sea llevado ante comités investigadores del Congreso, que se le quite su derecho de acceso a cuestiones relacionadas con seguridad o se lo despida? o las tres cosas.
Más allá de la trama legal, la historia de la respuesta de la Casa Blanca al viaje de Wilson ofrece al país una rara oportunidad en la era de Bush II: una visión del funcionamiento interno de la casa Blanca bajo la conducción de Karl Rove, el asesor presidencial más influyente del que se guarde memoria. Y si bien los liberales, que desde hace mucho ven a Rove con temor y odio, están felices con sus actuales problemas políticos, las propias legiones de Rove se están uniendo en su defensa, lo que significa que la cultura impiadosa que ahora lo castiga puede ser lo que lo salve, al obligar a salir a la batalla a los soldados Rojos de Bush.
El abogado de Rove dice que no ha hecho nada reprobable y que el fiscal le ha dicho que Rove no es "blanco" de la investigación. Pero aquí no se trata sólo de los Hechos, sino de lo que los adversarios de Rove ven como una Verdad mayor: que es el epicentro de una narrativa del Mal. Ahora, la política maniquea que Rove perfeccionó a lo largo de tres décadas amenaza con abrumarlo o al menos reducirlo a algo menos de lo que ha sido para Bush: el ideólogo de la hegemonía republicana. Lo cierto es que hoy Rove no tiene el control de su propia historia. Por ahora el autor a cargo es Patrick Fitzgerald, el fiscal, que parece ajeno por completo a la política.
Información secreta
En los Estados Unidos, es un delito dar a conocer el nombre de un agente "encubierto". También podría ser un delito difundir voluntariamente información de un documento secreto. Nada de eso faltaba en el memo del Departamento de Estado y, aparentemente, en la carpeta armada para documentar a Condi (Condoleezza Rice). No hay ningún indicio de que Rove haya visto esa carpeta o de que alguien haya dado a conocer información secreta. Pero nadie en la administración parece haber advertido lo paradójico -o el peligro legal- de armar una carpeta clasificada como de máximo secreto para orientar la intervención en programas políticos de televisión dominicales. Si se invirtiera la polaridad -si ésta fuera una Casa Blanca Demócrata-, éste sería el tipo de cuestiones de fallas de seguridad por las que Rove estaría exigiendo respuestas rápidas. Rove querría saber quién busca proteger a los guerreros en las sombras en la guerra contra el terror.
Lo mismo hubiese querido Richard Nixon, el primer héroe político de Rove. Para los muchachos de cierto lugar y tiempo, Nixon era un héroe perseguido, un republicano combatiente contra los comunistas, permanentemente atacado, que despreciaba a los ricachones faltos de firmeza y que defendía la decencia y los valores centrales de la americanidad. De joven, Rove se sintió atraído a la política por Nixon y por el mensaje anticomunista apocalíptico del entonces director del FBI, J. Edgar Hoover.
El padre de Rove era geólogo del petróleo, y tal vez de él heredó Rove tanto su interés por la historia como su casi maniático apego a los detalles. Uno entre cinco hermanos, voraz lector con una ambición enorme, Rove quería ser presidente o al menos poder debatir como un presidente. Como toda una generación de conservadores de esa época, el campo de entrenamiento político de Rove fue la organización estudiantil republicana en la universidad (College Republicans, conocida bajo las siglas CR). Estaba bajos los auspicios de la Casa Blanca de Nixon, vínculo que puede haber aumentado el impulso adolescente habitual de manejarse con maniobras sucias. Rove hizo de las suyas -una de sus iniciativas fue robar papel membretado de la campaña demócrata e invitar a todo el mundo a una supuesta fiesta para emborracharse- pero la CR era importante para él por otros motivos. Le dio un sentido de orden y pertenencia, cosa que bien pudo haber necesitado. Su padre murió en 1969; en 1970 él se enteró de que él y un hermano eran hijos de otro hombre. (Once años más tarde su madre se suicidó.)
A través de la CR, Rove logró comprender el poder de las ideas en política y conoció al hombre que se convertiría en su socio en la vida pública, George W. Bush. Nixoneanos ostensiblemente pragmáticos, los verdaderos héroes de los estudiantes republicanos eran Barry Goldwater y Ronald Reagan, como comprendió Rove cuando su intento por ganar la conducción del grupo se estrelló contra un muro de oposición conservadora. Se impuso finalmente gracias a una decisión administrativa de George H. W. Bush (padre), quien presidía el Comité Nacional Republicano. Se hicieron amigos. En el día de Acción de Gracias de 1973, Bush padre, a través de un asistente, pidió a Rove que llevara las llaves del auto de la familia a la estación de tren y se las diera a su hijo, que llegaba de su primer semestre de la facultad de Administración de Empresas de Harvard. Rove recuerda la escena al estilo de una película en cámara lenta: "llevaba vaqueros y una campera de piloto de bombardero y tenía un aura de confianza y carisma", según declaró Rove a Newsweek. El sueño de Rove de llegar a presidente terminó allí, pero probablemente también fue el momento en que comenzó la carrera de George W. Bush.
En retrospectiva, el camino desde entonces a ahora fue una ruta directa. Rove y Bush estuvieron activos en los negocios en Texas a mediados de los setenta. Bush entró en el negocio petrolero, Rove en la consultoría. Al principio, Rove ganó más dinero que Bush involucrándose en el correo directo, que entonces era un negocio nuevo. Combinando sus intereses -alta tecnología, la política al detalle y la retórica dura-, aprendió a redactar cartas incendiarias para solicitar fondos que lograron recaudar millones. El correo directo sigue siendo la clave para comprender el enfoque de Rove sobre la política: todo calculado al milímetro; hablar de cosas que elevan el espíritu siempre que sea posible; usar un discurso apocalíptico cuando es necesario.
En Texas a Rove no le llevó mucho tiempo llegar a la conclusión de que las placas tectónicas de ese estado se desplazaban en favor de los republicanos. La clave estaba en combinar los aportes monetarios de los sectores defensores de la empresa de las corporaciones de Houston y Dallas con valores conservadores -y el tradicionalismo de las regiones más religiosas- de los pequeños pueblos (hasta entonces demócratas) de Texas. ¿Pero cómo? Para comienzos de los 90, Rove tenía su plan y su hombre: George W. Bush, cuya personalidad incandescente, combinada con su "conservadurismo compasivo", cubría ambos flancos. Rove hizo que Bush tuviera una buena relación con la derecha religiosa, pero no tanto en términos teológicos como por sus buenas obras. La idea era reemplazar el bienestar social y la educación estatales por caridad centrada en la iglesia, ahorrando dinero y salvando almas al mismo tiempo.
En el camino a ganar la gobernación de Texas y luego la presidencia, Bush y Rove desarrollaron una relación como ninguna otra que se haya dado en la política moderna. Eran hermanos, pero no del todo; amo y sirviente, pero no del todo; rey y bufón, pero no del todo, y unidos por un vínculo inquebrantable de lealtad mutua.
Aunque el presidente Bush no defendió a su amigote abiertamente, lo mantuvo junto a sí y éste apareció en numerosas fotos en los medios junto al presidente en la Casa Blanca. Al mismo tiempo, el aparato republicano construido por Rove comenzó a ponerse en marcha. Rove tiene amigos por toda la ciudad y el país, gente que, con eficiencia despiadada, ha logrado colocar en puestos clave. Pero tardaron en reaccionar, quizá porque el aparato está más acostumbrado a atacar que a defender. Algunos de los argumentos del partido tienen un aire vagamente clintonesco: que Rove sólo trataba de ayudar a los periodistas, que nunca mencionó realmente el nombre de Valerie Plame, que él no llamó a los periodistas sino que ellos lo llamaron. Los demócratas, ansiosos de aprovechar un tema que los coloca a la ofensiva en cuestiones de seguridad nacional, mantuvieron el fuego. Pero como no tienen poder de citación en el Congreso no pueden llamarlo a testificar. Y cuanto más fuerte gritaban los demócratas, tanto más fácil le resultó a Rove pintar todo el asunto como un ataque partidario.
En cuanto a Rove, sus amigos dicen que quedó sacudido por la velocidad con la que se movió el asunto de Wilson. Está acostumbrado a tener las cosas bajo control. Pero ahora todo lo que Rove puede hacer es esperar a que otro, el fiscal Patrick Fitzgerald, revele lo que viene a continuación. Luego de su reelección en noviembre, Bush dijo que Rove había sido el "arquitecto" de ese triunfo. Ahora el cazador tendrá que esperar como todos los demás para saber si se ha convertido en la presa.
Traducción: Gabriel Zadunaisky
© LA NACION y Newsweek
Quién es
Nixon, su héroe
Karl Rove nació el 25 de diciembre de 1950, en Denver. Casado y padre de un hijo, a los 9 años ya admiraba a Richard Nixon y a los 11 años tenía ambiciones políticas.
El "gran cerebro"
Para muchos es el gran cerebro de la administración Bush. Más influyente que Conoleezza Rice, según algunos observadores, es el gurú de la política que, dos décadas antes de encargarse de la campaña electoral en Texas, ya había trabajado como asistente de Bush padre.




