
La amenaza del cambio climático
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Ciertas constantes advertibles en prácticamente todo el planeta señalan -en términos que ya no pueden seguir sujetos a duda- que se está registrando un sensible cambio climático. Durante muchos años ese fenómeno pudo quedar limitado al minúsculo ámbito de las anécdotas, las curiosidades seudocientíficas y las explicaciones fáciles. Pero, en los últimos tiempos, datos cada vez más pormenorizados y comprobaciones cuya abundancia permite análisis estadísticos amplios, coinciden en corroborar el aumento generalizado de temperatura, a la vez que proporcionan muy preocupantes anticipos para los próximos años.
Ya no se trata de recuerdos y comparaciones en torno de calores o heladas de antaño, sino de sólida información científica y de alarmas que surgen no de conversaciones entre vecinos, sino tras ser conocida la opinión de expertos y de procesarse miles de registros coincidentes. Si en tiempos pasados resultaba sensata la paciente indiferencia ante caprichos climáticos aparentemente impredecibles, es evidente que muy distinta debe ser hoy la actitud de autoridades, estudiosos, planificadores sociales y económicos y ciudadanos en general, todos los cuales deben ser alertados para afrontar una situación que rápidamente se está convirtiendo en verdadera emergencia.
El mayor calor global acarrea consecuencias por demás notorias, como la reducción de los glaciares y de las superficies oceánicas congeladas, lo que en principio debe originar la elevación del nivel de las aguas y el consecuente anegamiento de áreas litorales. Simultáneamente, la creciente evaporación está incrementando en algunas zonas la humedad, las lluvias y la extensión de pantanos y espejos lacustres, y en otras, un sostenido avance de la desertificación.
Otro efecto de esa mayor temperatura son las alteraciones producidas en el mapa de las enfermedades humanas y animales y en el del reino vegetal. Cólera, dengue, hantavirus se han difundido en estos años por la Argentina, después de décadas de práctica inexistencia, y es muy posible que aun haya más enfermedades cuyos vectores puedan, en algún momento, encontrar terreno acogedor en nuestro país.
Recientemente, el organismo de las Naciones Unidas encargado de estudiar el cambio climático elaboró un documento en verdad inquietante que prevé para el siglo XXI un incremento general de las temperaturas cercano a los seis grados, con un ascenso del nivel de los mares de más de 80 centímetros. La opinión de los seiscientos y pico de expertos que integraron el Panel Intergubernamental del Cambio Climático fue concluyente al atribuir fundamental importancia en la génesis del fenómeno al "efecto invernadero", provocado por la degradación atmosférica que ocasionan los gases emitidos por determinados procesos industriales y pecuarios. Suprimida esa emisión, al menos teóricamente el recalentamiento se haría más lento o hasta podría detenerse, si bien nadie cree posible una vuelta atrás en la transformación ambiental en curso. Pero terminar con esa emisión supone un inconcebible acuerdo entre las naciones económicamente más avanzadas, para restringir actividades de las que obtienen sustancial beneficio. Tentativas de conseguirlo, siquiera limitadamente, como lo fue el Protocolo de Kioto de fines de 1997, desembocaron en concluyentes fracasos y en el estruendoso portazo con que hace un mes los Estados Unidos desestimaron ese acuerdo de autolimitación en las actividades contaminantes.
No hay, por ahora, razón alguna para alimentar optimismos; no obstante -entre otras cosas, porque no hay otro camino-, hay que insistir en el orden internacional en favor de normas regulatorias que contribuyan a preservar el clima, aun a costa de una porción de rentabilidad económica. Pero entretanto ellas no existan, es necesario que sobre cuestiones como el uso del suelo, el drenaje de cuencas endorreicas temporarias, la atención sanitaria y la reestructuración de la explotación agrícola, las naciones tomen medidas internas, adopten prevenciones y organicen, cuanto antes, campañas de esclarecimiento público.
Se trata de puntos que nos conciernen muy en especial, pues, además, todo indica que esos problemas futuros tendrán particular gravedad en la Argentina; sin ir más lejos, los mencionados expertos se ocuparon de nosotros y previeron más humedad y más inundaciones en la pampa húmeda y en la Mesopotamia, y extremadas sequías en Cuyo, en el Noroeste y en el Norte, situaciones inevitablemente perniciosas a las que apenas podría compensar en parte una atenuación de la aridez patagónica.




