La amistad antes de las redes sociales

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4 de julio de 2020  • 00:00

El viernes 8 de mayo de 1992, en el Teatro Gran Rex, dos legendario bluseros, Albert King y Taj Mahal, tocaron por primera vez en Buenos Aires. Iniciaron una seguidilla de conciertos que, durante la primera parte de aquella década, transformaron a Buenos Aires en la Chicago argentina (¡perdón, Rosario!). Yo tenía 13 años y lo que más me gustó fue el grupo telonero: Memphis, La Blusera. Puede decirse que fue, también, mi inicio en la "cultura rock". En el pullman habían colgado una bandera que decía "Stevie Ray Vaughan is not dead", y en la fila de adelante, unos pibes compartían una petaca de ginebra. Quedé cautivado por esa banda que cantaba blues y boogie woogie en castellano, que traía una impronta rockera, y que había debutado en el sótano del club Unione e Benevolenza en 1978, un año antes de mi nacimiento. Aunque solían tocar en Cemento y estaban a punto de dar un salto a la masividad, todavía eran un grupo under. Yo me fanaticé con su blues porteño, pero era el único en mi escuela que los escuchaba.

Federico Machín, un amigo de la adolescencia que iba a otro colegio, en un recreo descubrió que un compañero de otra división tenía un vinilo de Memphis. "Tengo un amigo que también le gusta eso", le dijo. Y no sé si le dio mi número o él me pasó el suyo, pero se anticipó por más de una década al concepto de red social. Así que un día, por teléfono, nos conocimos con Javier Gallo.

De algún modo, él me abrió las puertas al mundo del aguante, que conocí a través de sus cuentos, porque era un poco más grande y porque, además, tenía un hermano mayor que lo llevaba a ver a los Redonditos de Ricota, a Divididos, a Las Pelotas y a Memphis, La Blusera.

Él me pasó los primeros casetes piratas de los Redondos, con algunos conciertos míticos y seminales, de fines de los 70. Se transformó, también, en un referente estético del cierto lumpenaje chic y antiestablishment de aquella época. Cuando Memphis tocó en Obras por primera vez, fui al concierto con mi viejo, que se quedó escuchando desde el fondo del campo, y yo me encontré con Javier para verlo desde cerca en las primera línea de batalla. Pensé que íbamos a verlo juntos, hasta que -sabio- me inició en los usos y costumbres del pogo. "Cuando empieza el show, te van a arrastrar a la mierda. Cuando termina nos vemos por acá", dijo. Y así ocurrió.

En 1993, decidimos hacer un fanzine. Elegimos un nombre que, muchos años después, se volvió mainstream: Rocanrol del país. Era en honor a un inédito que los Redondos grabarían unos años más tarde. Entrevistamos juntos a King Alfano, guitarrista rítmico de Memphis, en un bar de Almagro. Y él le hizo una entrevista memorable a Iván Noble en la Facultad de Ciencias Sociales, el día que con sus compañeros de Los Caballeros de la Quema habían decidido el nombre de su primer disco, Manos Vacías. Nunca terminamos de hacer ese primer número, pero fueron bellas experiencias.

Fanático de River, vino de incógnito a la platea de Racing en un derby que ganamos uno a cero con un gol de Fleita (Rivarola erró un penal). Lo que más recuerdo de ese partido es el abrazo que nos dimos cuando terminó, en un gesto de caballerosidad deportiva que priorizó la amistad por sobre cualquier chicana.

En algún momento dejamos de vernos. Pasaron quince años o más hasta que nos reencontramos. Yo escribía en Rolling Stone y él era médico, se había especializado en cuidados paliativos, y había hecho un taller de narrativa con Alberto Laiseca. Almorzamos y me regaló su libro Final de Gira, un catecismo de viaje por los confines de la evocación, donde reunía sus experiencias iniciáticas como médico en distintos puntos de la Argentina y España. Desde entonces, nos vimos varias veces. En encuentros tan espaciados como intensos, que definen la profundidad de la amistad.

Desde hace unos años vive en Bariloche. Viajé al Sur por trabajo hace un tiempo y nos encontramos: compramos unas frutillas en un puesto callejero y las comimos en una playita, frente a un lago, mientras la charla iba del universo al bife. Después preparó un asadazo, y conocí a su esposa y a su hija.

La última vez que nos vimos fue en Buenos Aires, poco antes de que llegue la pandemia. Fuimos a un concierto de La Grande y tuvimos una charla sobre el Indio Solari que fue indispensable para un artículo que publiqué en la revista Brando y que no podría haber tenido con nadie más. Ese día me contó que estaba por lanzar su propio portal: gallocomoelanimal.com.ar. Ahí se pueden encontrar con sus escritos en distintos registros y con audios leídos por distintas voces. Pero, sobre todo, con historias profundas que combinan ingenio y sensibilidad, escritas por un corazón que, todavía, late al ritmo del rock.

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