
La añoranza de vivir en el mundo material
Una de mis hijas acaba de gastar sus ahorros en un smartphone de última generación justo cuando yo estoy buscando la manera de deshacerme del mío. La confesión refuerza una simple evidencia biológica: está muy claro a cuál de los dos pertenece el futuro. Paradójicamente, mi deseo de despegarme este bello dispositivo de la palma de la mano responde a la necesidad, aún no del todo articulada, de recuperar mi futuro. Esto es, en concreto, el tiempo que me queda sobre la Tierra. Y todavía más: recuperar el sentido mismo del tiempo que alguna vez me perteneció y he perdido.
Sé que es una lucha absurda, remar contra la corriente, tirar para atrás. Debería dejar de lado las resistencias adolescentes y sumarme a los que abrazan los avances de la comunicación tecnológica y hasta depositan allí sus esperanzas de un mundo mejor. Pero, por más que los optimistas tengan sus razones, no puedo. Me importa más recuperar mi tiempo que el destino de la humanidad. Mi tiempo y el mundo físico que me rodea, hoy en franca retirada.
Lo segundo me preocupa más que lo primero, en verdad. Porque acelerados ya veníamos de antes. Una sencilla observación cotidiana quizá lo explique mejor: ayer nomás, apenas el semáforo cambiaba del rojo al amarillo, los autos detenidos en línea rugían y empezaban a devorar el asfalto sin esperar la llegada del verde; hoy, esos mismos autos no reaccionan ante el verde hasta que los bocinazos de quienes esperan detrás arrancan a los conductores de sus smartphones. Todo cambia menos la ansiedad.
Nos gusta vivir en la pantalla. Nos gusta cliquear que nos gusta aquello que nos gusta. Cada vez más seguido, migramos insensiblemente a esa dimensión sin límites de tiempo y espacio que sin embargo acota lo real a una serie infinita de imágenes, datos y conceptos predigeridos, mediatizados, depurados además de olores y texturas. Para eso están las redes sociales y las aplicaciones: permiten ir construyendo esa virtualidad lisa y sin aristas en la que nos refugiamos de aquello que no nos gusta. O de los malos olores. O del filo de la realidad. Y del dolor que nace cuando ese filo toca nuestro costado y abre una herida. Esa herida habilita también la redención de la cura. Sin embargo, preferimos diferir la posibilidad del contacto para acceder, por medio de la pantalla, a nuestro pequeño gran mundo domesticado.
Al fin, esa realidad digital personalizada acaba siendo un espejo terso que no ofrece resistencias. Pensamos que del otro lado del smartphone tenemos el mundo entero a nuestra disposición, pero la pantalla es un espejo y en verdad estamos solos, entregados a un soliloquio o a un diálogo de sordos con nosotros mismos, como Narciso ante el lago. La caída de una piedra contra la superficie quieta de las aguas -el simple contacto de un cuerpo con otro- bastaría para desbaratar la imagen cristalizada.
En un libro dedicado a su padre, el gran cineasta Jean Renoir describe la veneración que Renoir sentía por el mundo físico. Como sus compañeros impresionistas, necesitó salir a la intemperie para llenarse los ojos y desplegar su obra. Veía en la naturaleza tanto la forma concreta de la materia como la complejidad y el misterio que ella encierra. Ante semejante maravilla, la imaginación era para él un acto de arrogancia: para llegar más lejos había que aprender a ver.
Recuerdo algo que dijo Guillermo Roux acerca de los olores. Palabras más, palabras menos, Roux comentó alguna vez que cuando pintaba en la gama del verde no desplegaba en el lienzo un color, sino el recuerdo de un olor. O, mejor, su búsqueda imposible. Cuando trabajaba con el verde, dijo, salía a capturar el olor del pasto mojado tras la lluvia de los días de su infancia.
Ese tipo de percepciones no se encuentran en la hiperconectividad. Son, en cambio, parte del diálogo sin mediaciones que nuestros sentidos entablan con las cosas. Pero somos hábito: pasamos tanto tiempo en el mundo virtual que nuestros sentidos pronto empezarán a modificarse a partir de las exigencias que impone el nuevo medio: darwinismo puro. Adaptación mediante, quizá llegue el día en que haya que buscar el verde, o el olor del pasto después del aguacero, en un cuadro de Roux, que por supuesto se desplegará a lo largo y ancho de nuestra pantalla con la satisfactoria presión del pulgar en el vidrio.
Tal vez la pérdida del mundo real y la aceleración sean dos caras de la misma moneda. Cuando regresamos a las cosas, volvemos a habitar el tiempo. Lo recuperamos. Y nos exponemos así a la herida que muchas veces nos hace falta para sentirnos verdaderamente vivos.





