
La apertura argentina y los ecosistemas mundiales
Pese a las restricciones impuestas en los últimos años por no pocos países al comercio y las inversiones en el mundo, el desarrollo del capitalismo de empresas internacionalizadas prevalece en el planeta.
Una manifestación de ello se observa en el hecho de que (pese a lo que se había pronosticado), el comercio internacional entre todos los países alcanzó en 2025 un récord histórico. Expresa la Unctad que, si se confirman sus últimas proyecciones, el comercio mundial (computando bienes y servicios) ha superado los 35 billones de dólares por primera vez en la historia, logrando un aumento de unos 2,2 billones de dólares en relación con 2024 (alrededor del 7%). El rediseño de cadenas de valor, la resiliencia de empresas mundiales, la revolución tecnológica y la estructura de una economía global superconectada prevalecieron sobre las diversas restricciones que han surgido de tensiones geopolíticas, algunas políticas domésticas endocéntricas, precauciones por la seguridad nacional y nuevas regulaciones emergidas ante emergencias climáticas.
Así, el comercio internacional está adaptándose. Del mismo modo, el stock de inversión extranjera directa en todo el planeta ya orilla los 50 billones de dólares.
Ahora bien: una paradoja que se elabora sobre la consolidación del capitalismo de empresas mundiales es que, según se observa, las nuevas tendencias están apoyándose en un fenómeno más o menos reciente que surge de la evolución de las “antiguas” cadenas de valor: la emergencia de los “ecosistemas de empresas”, que son hoy el fenómeno más poderoso del capitalismo global. Los ecosistemas son alianzas activas, dinámicas, multisectoriales e internacionales para la generación de valor compartido entre diversos actores económicos. Y hacen confluir planificación, inversión, producción y comercio internacionales de modo sistémico (y no ya separado).
Eso puede considerarse una paradoja porque en mucho y por años se ha pensado al capitalismo global (y mucho más al liberalismo capitalista) como un fenómeno alentador del individualismo (contrario sensu, se ha pretendido que los sistemas más tendientes al socialismo generan comportamientos más integradores o comunitaristas).
Pero la realidad ha mostrado lo contrario: mientras la sobrerregulación y el intervencionismo económicos despiertan actitudes reactivas individualistas de parte de los agentes económicos como mecanismo de escape al agobio estatal, el capitalismo global está produciendo, a través de la fenomenal revolución tecnológica a la que asistimos, un proceso de creación de redes de empresas que se integran en sistemas vinculativos espontáneos como modo de enfrentar exitosamente la complejidad de la economía de la época. Y debe admitirse que, finalmente, como expresa el británico Stafford Beer, el propósito de un sistema es lo que efectivamente hace y no lo que pretende; y no tiene sentido proclamar que el propósito de un sistema es hacer lo que constantemente falla en hacer.
Así, el capitalismo internacional está afianzando los ecosistemas como modo de generar espacios comunes supranacionales (comunes, pero no estatales). Que son algo parecido a lo que el profesor John Kay (en Fundamentos del éxito empresarial) llamó las “arquitecturas” vinculares: redes de diversos actores integrados espontáneamente que conforman auténticas comunidades productivas (muchas supranacionales) para lograr la evolución ante las dificultades crecientes de un mundo cada vez más exigente.
Una de las manifestaciones de la nueva economía de los ecosistemas es la plataformización. Y sobre ellas han destacado Robert Atkinson y Aurelien Portuese que, así como emergieron en su tiempo las dos mayores transiciones –primero el crecimiento de las grandes corporaciones en los inicios de los 1900; y luego la llegada de las managerial corporations tras la Segunda Guerra Mundial–, ahora ha llegado el crecimiento de la economía de las plataformas (platform economy).
Los ecosistemas integran empresas de diversos rubros que antiguamente no necesariamente compartían cadenas de valor, lo que ha dado paso a la bordeless economy, según la llaman Venklat Atluti y Nicoulaus Henke –que consiste en la economía que supera los límites sectoriales tradicionales entre industrias e integra operativamente porciones muy diversas y antes desconectadas en procesos productivos tecnologizados que requieren de especialistas para una oferta final que es un todo complejo–. La innovación, principal ejercicio de la economía global, así, se conforma tras el aporte de diversos integrantes de una red (Henry Chesbrough llamó hace algunos años a este proceso open innovation).
Lo antedicho es muy relevante ahora, ante el necesario proceso de apertura de la economía que la Argentina está intentando. Especialmente, los recientes acuerdos con la Unión Europea y el EFTA (a través del Mercosur) y con Estados Unidos requerirán la participación de empresas argentinas en este tipo de ecosistemas (más allá de la suerte que el último corra después de la decisión de ayer de la Corte estadounidense). Porque en el planeta este fenómeno está prevaleciendo por virtud propia y, a la vez, como modo de adaptarse ante las complejidades recientes en los negocios internacionales (lo que se relaciona crecientemente con el friendshoring).
Así, aparecerán ahora oportunidades para numerosas empresas argentinas si se adaptan al movimiento. Porque la integración económica internacional no requiere solo de los avances políticos asociativos entre países, sino también de la capacidad que desarrollen las empresas para sumarse a estos ecosistemas como fenómeno integrativo.
Presidente del comité argentino de la International Chamber of Commerce y Director de la Maestría en Business and technology en el ITBA






