La Argentina del refugio

Unos 2345 extranjeros viven en nuestro país gozando de los derechos de ser refugiados políticos. Pero en la práctica, la mayoría de ellos sufre condiciones de vida peores que las de su lugar de origen. Muchos son intelectuales o científicos de talento que no logran insertarse con éxito en nuestra sociedad.
Unos 2345 extranjeros viven en nuestro país gozando de los derechos de ser refugiados políticos. Pero en la práctica, la mayoría de ellos sufre condiciones de vida peores que las de su lugar de origen. Muchos son intelectuales o científicos de talento que no logran insertarse con éxito en nuestra sociedad.
Evangelina Himitian
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26 de marzo de 2000  

SU nombre no es Alex, pero se hace llamar así porque tiene miedo. Es un argelino de 47 años que hace tres tuvo que salir de su país y construirse una nueva identidad en Buenos Aires.

El es uno de los 2345 refugiados que viven en la Argentina. Huyó de su tierra por persecuciones políticas. "Tuve que irme porque me mataban", dice sin rodeos este periodista que, antes de salir de su país, trabajaba para el Centro Audiovisual del Estado, en Argel.

En aquel país africano tenía un nombre, una familia y una profesión. En Buenos Aires no le quedó nada. Se hace llamar por un nombre que no es el suyo. Su esposa y su hija quedaron en Francia y no las ha vuelto a ver desde entonces. Aquí no tiene un lugar propio donde vivir con su hijo de 13 años y como no consigue trabajo, hace la limpieza de un hogar de ancianos a cambio de la comida. "Aquí me convertí en un esclavo", dice.

La de Alex es sólo una de las tantas historias de los refugiados que entraron en el país en los últimos años y que viven en condiciones muy duras.

El año último llegaron al país 680 personas huyendo de persecuciones, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (Acnur), con sede en Buenos Aires. Exactamente el doble de las que ingresaron en 1998. Pero el número de asilados que hay en la Argentina podría ser aún mayor, ya que el Acnur sólo registra a quienes se acercan voluntariamente a sus oficinas.

Las cifras oficiales las posee el Comité de Elegibilidad para Refugiados (Cepare), de la Dirección Nacional de Migraciones. Pero no las da a conocer.

Según dijo el presidente de esta dependencia, Juan Bellada, todo lo que hace a la presencia de refugiados en el país constituye información confidencial. Esto incluye cantidad, procedencia y las causas de las que huyen.

Sin embargo, La Nación se enteró de que, en su mayoría, los refugiados que llegan a la Argentina huyen de persecuciones políticas.

Vienen de los lugares más lejanos del planeta. Cruzan los océanos desde Africa, Asia, Europa central y del Este. Otros viajan cientos de kilómetros por tierra desde el mismo continente.

La mayoría procede de países americanos que están bajo regímenes no democráticos o semidemocráticos, como Haití, Perú o Cuba.

El Estatuto de los Refugiados fue firmado por las Naciones Unidas en Ginebra, en 1951. La Argentina se adscribió ese mismo año por la ley 15.869 y, en 1994, con la reforma de la Constitución, adquirió carácter de tratado internacional supralegal.

Según se establece, "se considera refugiado a toda persona que debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda, a causa de dichos temores, o no quiera acogerse a la protección de tal país".

Para los refugiados, nuestro país no es un destino que eligen ellos mismos. A veces es el primer país que les da la visa. En otros casos, es el primer puerto en el que se pueden bajar.

Vienen en aviones, en barcos o a pie. Entran legalmente o como polizones. Para ellos, la idea es salir. No importa cómo. No importa hacia dónde. Cuando lo que está en juego es la misma vida, lo único que interesa es huir, con lo poco que se pueda. Con dinero, ropa y documentos. O sin ellos.

Para ser reconocidos como refugiados, los extranjeros se presentan ante el Cepare y solicitan asilo. Allí se les entrega un permiso de residencia precario por 60 días, que se renueva por períodos similares hasta que el Cepare resuelva el caso.

Según dijeron en el Acnur, un 75 por ciento de los extranjeros que llega al país no reúne las condiciones para ser reconocido bajo el Estatuto de los Refugiados.

A quien obtiene el asilo, se le otorga un permiso de residencia temporal, que le permite obtener un DNI argentino y un documento de viaje de la Policía Federal para trabajar y circular en el país. Luego de tres años, el refugiado puede hacerse ciudadano argentino.

"Nadie nos da trabajo"

El Estatuto de los Refugiados establece en el artículo 17 que el Estado de acogida debe asumir la inserción laboral de los refugiados y que éstos no podrán recibir el mismo trato que otros extranjeros ya que no son migrantes económicos.

Sin embargo, la realidad de los refugiados en muchos de los casos parece ser otra. "Yo estoy hace 10 meses en la Argentina. Aunque ya me otorgaron el refugio, todavía no me entregaron el documento y no consigo trabajo en ningún lado. En cuanto los empleadores ven el permiso de residencia temporaria no me contratan, menos cuando se enteran que soy refugiado peruano", cuenta Ladislao Huamán Loayza, presidente de la Red Internacional de Refugiados.

Este abogado de 38 años huyó de su país por persecuciones políticas. "Pero aquí no puedo conseguir empleo, ni siquiera como custodio o como chofer de taxi. La gente dice: peruano igual delincuente. Cada día debo luchar contra estos prejuicios y en mi caso es peor por ser refugiado", asegura.

"La situación de la mayoría de los asilados en la Argentina es similar. Nosotros, como Red de Refugiados, estamos muy cerca de hacer un reclamo internacional porque los refugiados viven en condiciones infrahumanas y aquí ni el Estado ni el Acnur cumplen las condiciones del Estatuto de los Refugiados", asegura Loayza.

La evaluación del Cepare no coincide con la de los asilados consultados por La Nación . "La Argentina se considera uno de los países que mejor recibe a los refugiados en todo el mundo. Por lo menos aquí no se los manda a campos de concentración como se hace en otros países", aseguró uno de los miembros del comité.

El Acnur es el encargado de velar por que los Estados respeten las condiciones pactadas en la Convención de 1951. Por medio de la Comisión Católica para Refugiados ejecuta planes para permitir que los asilados se capaciten y puedan insertarse en el mercado laboral. Se dictan cursos de albañilería, carpintería, peluquería, idiomas, ... y la lista continúa hasta completar el número 40.

Los cursos son gratuitos y además, los primeros meses, el Acnur le entrega al refugiado 200 o 300 pesos para que pueda vivir. "Pero luego de esto, el asilado debe arreglárselas por sí mismo. No podemos seguir manteniéndolo, porque no es bueno para él ni es posible para nosotros", asegura Anton Verwey, representante regional del Acnur.

Sin embargo, los refugiados no están en igualdad de condiciones para competir en el mercado laboral. "Ellos no vienen a ocupar el lugar de los trabajadores argentinos, no están en condiciones de hacerlo. Vienen a sufrir con los más pobres. Aunque sean profesionales distinguidos en sus países, acá se insertan en los estratos más bajos de la sociedad", asegura María Angela Bobbio, de la Comisión Católica.

Pérdida de cerebros

"Einstein también fue refugiado." Este es uno de los slogans con el que el Acnur promovió el año último su campaña en todo el mundo. Sin embargo, los refugiados que llegan al país no tienen las mismas oportunidades que tuvo el físico que ideó la Teoría de la Relatividad.

"Se produce una gran pérdida de cerebros. Al país ingresa gente de muy alto nivel educativo, con títulos muy importantes, pero que acá no los pueden revalidar. Médicos o físicos nucleares que en el mejor de los casos trabajan como custodios o lavacopas", afirma Bobbio.

El problema de la falta de perspectiva para los refugiados no es ajeno a la situación laboral del país. En el mercado de trabajo, los refugiados deben competir con argentinos e inmigrantes.

"Si bien el refugiado es un extranjero, no es alguien que salió de su país para mejorar su situación económica, sino que se vio forzado a salir para salvar su vida. Por lo tanto debería tener la posibilidad cierta de rehacer su vida", afirma Alejandro Rondanini, asesor legal de Acnur. "La inserción laboral de los refugiados se maneja a través de la Comisión Católica, pero no hay organismos gubernamentales que se encarguen del tema", asegura.

Intinerario

  • Incesante: durante 1999 llegaron a la Argentina 680 personas de distintos lugares del mundo huyendo de persecuciones políticas, según datos del Acnur. La cifra dobla la registrada durante 1998.
  • Sin datos: el número de asilados podría ser aún mayor, porque el Acnur sólo registra a quienes se acercan voluntariamente a sus oficinas.
  • No todos son refugiados: un 75 por ciento de los extranjeros que llegan a la Argentina no reúne las condiciones y requisitos para ser reconocidos bajo el Estatuto de los Refugiados.
  • Documentos: cuando alcanzan la categoría de refugiados, obtiene un permiso de residencia temporal que les permite acceder a un DNI y a un certificado de viaje extendido por la Policía Federal para trabajar y circular en el país.
  • Ultimo paso: luego de tres años de vivir en el país, el refugiado puede solicitar la ciudadanía argentina.
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