
La Argentina que puede desaparecer
Detenidos en el camino del desarrollo, unos 430 pueblos de hasta 2000 habitantes involucionan, alejados de rutas asfaltadas, casi sin medios de transporte, deficientes servicios de salud y escasos colegios y, por supuesto, todos castigados por la falta de trabajo. Muchas de estas localidades están hoy a un tris de convertirse en fantasmas, con sus estaciones de tren abandonadas. Esta realidad resulta inexplicable para los más viejos y fatal para los jóvenes. La buena noticia es que ya hay particulares e instituciones que, aun con mínimos recursos, intentan revertir ese proceso.
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En la Argentina están a punto de desaparecer 430 pueblos de menos de 2000 habitantes cada uno (163.006 personas). Dato cruel como lo es el avance nacional de los niveles de desnutrición y los cinco centímetros menos que crecen los chicos jujeños por una dieta pobre en sustancias alimenticias, es tan verdadero que angustia y espanta a los habitantes de la Argentina, un país de más de 3 millones de kilómetros cuadrados de superficie, rico en recursos naturales, personas con deseos de vivir mejor y paisajes de película.
La conclusión no es un ejercicio de futurología. Es el resultado de una tesis doctoral realizada por Marcela Benítez, una mujer de ademanes suaves, geógrafa, socióloga e investigadora del Conicet. No le resultó ni simple ni rápido llegar a esta síntesis que golpea fuerte en la memoria de una sociedad que se fue armando desde el siglo pasado con inmigrantes que venían con empuje, coraje e ilusiones a poblar este amplio espacio del planeta escasamente habitado.
Benítez, tres hijos y un amor profundo por el interior, sentimiento que debe de haber heredado de sus abuelos -uno era de Salta, otro de Catamarca-, pasó siete años trabajando en el tema de la desintegración de comunidades rurales y poblados en vías de desaparición. Lo hizo sola y con un mínimo presupuesto. Para obtener los datos que necesitaba visitó, provista de abundantes dosis de parsimonia detectivesca, 106 de las localidades que había seleccionado en forma no aleatoria para su muestra (no hay datos estadísticos concretos y confiables en el país), pueblos, o lo que queda de ellos, caseríos o coletazos de asentamientos rurales más de una vez perdidos en la generosa geografía local, en muchos casos alejados de las rutas asfaltadas, con pocos medios de transporte, deficientes servicios asistenciales de salud, también escasos colegios y, por supuesto, todos castigados por la falta de trabajo.
"La Argentina que desaparece -dice- no es la que dejará de existir: es la que no fue. Cuando me refiero a problemas de despoblamiento, o a comunidades que ya no son tales, intento revelar que por detrás de los datos hay un sueño que no se hizo realidad: el de un país que crecería pujante y concretaría las esperanzas de todos aquellos que pusieron su esfuerzo en ella."
Benítez se pregunta acerca de cuántos pueblos surgieron entre fines del siglo pasado y principios del actual, cuántos apostaron a que sus pequeños poblados se convertirían en grandes o en polos de atracción. "Para comprobarlo -contesta- es suficiente revisar los diarios de la época, leer sus crónicas para comprender cuánta fe en el futuro existió entre los pioneros. Crónicas que describían con elogios acontecimientos como el mejoramiento de la escuela, el tren que permitía la entrada y salida de productos, el arribo de pasajeros, la inauguración de un club social. Toda una serie de acontecimientos que les permitieron creer que en poco tiempo su pueblo haría palidecer de envidia a Buenos Aires.
"En la Argentina -aclara- conviven dos países diferentes: Buenos Aires y el resto. La otra Argentina no está muy poblada: alberga poco más de la mitad de la población nacional (17.055.151 habitantes) en una superficie dieciocho veces mayor que la del área metropolitana y Gran Buenos Aires."
La difícil hora del interior
René Bonetto, presidente de la Federación Agraria Argentina, coincide con el diagnóstico de Benítez y dice que la sangría poblacional dio sus primeros pasos hace mucho, agravándose en la década de los ochenta.
Agrega además el hecho de que los pueblos desaparecen por falta de oportunidades de trabajo. "Su vida está íntimamente ligada a las crisis del productor agropecuario, porque sus economías están relacionadas con la actividad rural. Cuando al campo le va mal, se siente en el pueblo. A la crisis de los pequeños productores, consecuencia de la disminución de la rentabilidad, se suma el aumento de las grandes empresas con latifundios empujado por la necesidad de la economía en escala. La producción, al concentrarse en pocas manos, es fatal para la gente. Los grandes no demandan nada de estas localidades. Comercializan afuera, trabajan con grandes equipos y escasa mano de obra", aclara Bonetto, actual director del Banco de la Nación Argentina.
A modo de ejemplo, Bonetto cuenta que en la provincia de Santa Fe muchos de los que por su cantidad de habitantes accedieron al rango de ciudad, en la actualidad apenas conservan el título ya que el éxodo ha sido brutal. "Una emigración -dice- que se hace sin destino prometedor, rumbo a las grandes urbes donde la gente vive en los cordones suburbanos, en malas condiciones, sin servicios sanitarios básicos y con pocas posibilidades de crecer. Es decir, peor que donde estaba. Es un proceso perverso y un despropósito que no se pueda conocer mejor porque no hay un censo nacional agropecuario. Tanto es lo que está sucediendo, que las fundaciones internacionales visitan la Argentina y están muy preocupadas por el aumento de la pobreza y por el avance del hambre." Este problema no se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Será largo y complejo revertirlo.
"Es imprescindible hacer planes para reconstruir las economías regionales. Ni la economía ni el mercado se recuperarán sin la intervención del Estado. Hay que volver a valorar las producciones locales y el trabajo de la gente. Es complicado competir en el exterior por los subsidios; en el interior, con las importaciones. Pero es fundamental hacer un estudio profundo para ver hacia dónde debemos avanzar a través de la definición de una estrategia entre los gobiernos y el sector privado, más los involucrados, para que los marginados no queden como clientes del asistencialismo estatal. No es financiando la pobreza como se sale, sino creando condiciones de recuperación", acota Bonetto, mientras explica que la deuda agropecuaria no es chiste: supera los 10. 000 millones de pesos. Sólo en el Banco Nación están hipotecados 13 millones de hectáreas (la superficie apta para producción en el país ronda los 33 millones de hectáreas) y a esto hay que sumarle las hipotecas privadas.
La muerte de los pueblos que denuncia Benítez se relaciona además directamente con la agonía de algunas regiones. El doctor Juan Moravek, de la Fundación Patagonia Sustentable, comenta que en esa zona el problema es regional. Hay crisis con la pesca, no se reinvierte en la actividad petrolera y la ganadería está mal. Tienen inconvenientes para sobrevivir ciudades como Comodoro Rivadavia y Trelew.
"Muchos pueblos de las comarcas andinas están pasando situaciones críticas. Hay tres casos muy marcados: Plaza Huincul, Cutral-Co y Cinco Saltos (cerró una fábrica y la mayoría de las empresas que producían frutas). El problema es qué hacemos con los seres humanos del país", comenta Moravek.
El desempleo explota como una de las grandes causas del éxodo en cada tramo de la investigación. "Los ingresos han disminuido para los habitantes de las ciudades; para los habitantes rurales de las zonas más pobres diminuyó lo inimaginable. Un productor del Sur, por ejemplo, con un rebaño de 30 o 40 ovejas, que no dispone de recursos para vacunar y mantener en condiciones a sus animales, con un suelo que no soporta la sobrecarga y que cada día está más desertizado, a la hora de vender los cueros éstos no valen nada si debe competir con los de la estancia Leleque o Pilcaniyeu, propiedad de la familia Benetton."
Un poblador de La Rioja deja sin recoger en el campo sus membrillos porque el costo de cosecha es mayor a cualquier beneficio futuro, y los habitantes de los pueblos forestales del norte de Santa Fe, que han quedado emplazados en pueblos que una vez fueron modelo, todavía no han podido reconvertir sus economías porque carecen de la capacidad económica, de comprensión e información para hacer el cambio.
Tierras sin sueños
Para conocer la situación actual de las comunidades rurales en proceso de desintegración, Benítez realizó entrevistas personales que le permitieron conocer el estado de la infraestructura de servicios de cada localidad, el nivel de instrucción, la distancia que las separa del pavimento y de las ciudades más cercanas, las redes de transporte y evaluar la situación socioeconómica de sus habitantes. Benítez entrevistó a los habitantes del lugar. Eligió para conversar una persona mayor, un joven y una maestra. Uno contaba la historia del lugar, el otro enumeraba las carencias y la educadora planteaba la realidad. Con calma y respeto, grabó cada tramo de conversación y sacó fotos. "El aspecto de los pueblos era bastante similar a pesar de las variaciones de las diferentes regiones. Predominaban los ranchos y las viviendas precarias de bloque o madera, a veces sin terminar, casas abandonadas, semidestruidas o simplemente terrenos baldíos donde alguna vez hubo una casa."
En los más habitados, en general encontró una capilla chica, un edificio comunal multiple choice que suele funcionar como puesto sanitario y cabina pública, la policía, la escuela y a veces un almacén de ramos generales.
"Los poblados de menos de 80 habitantes son una desolación. Viejos carteles indicaban la otrora presencia de un negocio. Las calles por lo general son de tierra (en los más grandes, a veces, la principal está asfaltada). El edificio mejor mantenido es el del colegio.
"La desintegración de la comunidad es el producto de una serie de circunstancias que se originan a partir de la falta de trabajo y la percepción de decadencia de la localidad -relata la entrevistada-. Algunas de las comunidades son más luchadoras, tal vez las que aún no llegaron al estadio de mayor riesgo, pero donde la situación es comprometida se advierte mayor cantidad de conductas anómicas. El adulto tiene memoria de un pasado mejor. El mundo que percibe en el pequeño pueblito perdido en medio de quebradas, mesetas patagónicas o la selva misionera no es el mismo de sus padres, ni siquiera del de 20 años atrás.
"Nuestro tranquilo hombre de campo -recuerda- se aterroriza frente a la pantalla del televisor ante las olas de robos, secuestros, violaciones, asaltos, homicidios y enfrentamientos. En ese instante da gracias por vivir donde vive, de estar seguro en su casa sin necesidad de echar llave a las puertas. Se siente afortunado por su tranquilidad, complacido de ser conocidos entre sus vecinos y comprobar la solidaridad."
Claro que esos beneficios no borran la crudeza de la realidad diaria. Los destroza el ajuste de las medidas económicas, impositivas y el costo de la canasta familiar.
¿Es irreversible el proceso? "Si no se fijan condiciones de servicio equivalentes a las ciudades de tamaño intermedio, la población se pierde. La gente se va no sólo por falta de empleo. El problema es la falta de vida cultural, de educación, salud y transporte. Las expectativas son importantes. Se mudan a la ciudad para tener mejor vida y para brindarles a sus hijos mejores posibilidades. A veces pierden en el cambio..., pero hay que pensar en alternativas intermedias. Es decir, en un núcleo con todo lo que la gente necesita, alrededor del cual estén las poblaciones más chicas."
Gonzalo Estefanell, representante en la Argentina del Instituto Inteamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), por su parte, comenta que deberían crearse polos de desarrollo y recuerda el ejemplo de Petrolina en el Estado de Pernambuco, Brasil, un sitio semiárido del nordeste brasileño donde desde hace 20 años aproximadamente se impulsa una transformación notable. El ingeniero agrónomo Andrés Arakelian trabaja en la zona con un grupo de estudios de la Facultad de Agronomía de la UBA y comenta que en Petrolina han constituido un centro de producción de frutas (mangos, uvas, bananas y cocos) con destino a la exportación. "Las plantaciones son grandes (suelen tener 600 hectáreas), cuentan con riego por goteo o aspersión y suelen lograr hasta dos cosechas anuales lo cual permite ocupar a los trabajadores la mayor parte del año", acota el joven profesional.
Casos que inspiran
La falta de políticas de desarrollo regional no ha sido excusa en nuestro país para que los pobladores bajaran los brazos.
Muchos son los ejemplos que muestran cómo se las arreglan para no sucumbir ante la calma chicha de los gobiernos, evitar el éxodo y revitalizar la situación económica de donde viven. En Misiones, por ejemplo, con la ayuda del INTA y el Programa Social Agropecuario, más de 2000 familias comenzaron a hacer una minirrevolución productiva. Deseosos de salir del monocultivo del tabaco y liberarse del efecto de los productos químicos que se usan en las plantaciones, comenzaron a cultivar hortalizas en huertas familiares ecológicas, de a poco fueron dando vida a una "canasta" de vegetales y otros productos de granja que comercializan, incluso con valor agregado, en 25 ferias francas en diversas localidades de la provincia. Los misioneros ahora transmiten su modelo a otras regiones del país.
En la desolada puna jujeña se juegan por una vida mejor. Por esos parajes del mundo anda, por caso, Rosario Quispe de Andrade -fundadora de la organización Mujeres Perseverantes-, no sólo trabajando para obtener mayor asistencia médica, sino además probando con la gente la producción de variedades de papa, que maravillarían a los chefs y de fibra de camélidos.
También en las tierras jujeñas está Bárbara Holzer, una bióloga alemana que se enamoró del paisaje puneño unos veinte años atrás y que desde 1989 trabaja con apoyo del Consejo Federal de Inversiones y el gobierno de Jujuy en el desarrollo de hornos, cocinas, calefactores (la gente debe usar los troncos de tola y queñoa, dos especies arbóreas que se extinguen) y demás equipamiento para aprovechar la abundante energía solar de la zona.






