La Argentina y los tres chiflados

Por Carlos Alberto Montaner
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30 de diciembre de 2001  

MADRID

Hace varias décadas, los que entonces éramos niños nos deleitábamos con el humor cinematográfico de Los Tres Chiflados. Se llamaban Moe, Larry y Curley, y eran tres excelentes comediantes de origen judío centroeuropeo, como casi todos los grandes creadores de Hollywood. El trío acuñó unos personajes toscos que cometían toda clase de estupideces, y uno de ellos, el más brusco (Moe), con su flequillo cubriéndole la frente, siempre disciplinaba a los otros dos retorciéndoles las narices y las orejas, o golpeándolos sonoramente en las cabezas huecas. Era el summúm de la comedia de "tortazos y bofetadas". No tenían la sutileza de Buster Keaton ni la poesía de Charlie Chaplin, carecían de la imaginación delirante de los hermanos Marx, pero resultaban enormemente efectivos, especialmente entre los chiquillos, invariablemente crueles, que encontrábamos muy divertida esa sucesión de agresiones y salvajadas.

Este preámbulo es para advertir que el trío ha revivido en América latina, y ahora lo encarnan tres personajes cuyas ideas datan, precisamente, de mediados del siglo pasado, cuando Los Tres Chiflados estaban en el apogeo de su fama. ¿Quiénes son? No es difícil de imaginar: Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula Da Silva. Los tres están felices anunciando el descalabro argentino como una verificación de sus sospechas frente a las libertades económicas, la privatización de las empresas estatales, "las recetas del Fondo Monetario Internacional" o la sujeción de la moneda argentina a un currency board que ataba el valor del peso al del dólar norteamericano. Los tres creen que otra vez el monstruo del neoliberalismo ha demostrado su cruel ineficacia.

Lula Da Silva, en un alarde de imaginación, hasta llegó a decir que su pensamiento es el mismo de Hugo Chávez, algo totalmente inconcebible, pues al coronel venezolano lo han acusado de casi todo, pero jamás de tener o desplegar nada que se parezca a una idea coherente. Eso nunca.

Quienes conocen lo sucedido en la Argentina (y para ello basta leer los análisis del economista Pablo Guido de la Fundación Atlas, los de la Fundación Libertad dirigida por Gerardo Bongiovanni o las múltiples advertencias de Alberto Benegas Lynch ) saben que lo que en ese país fracasó, quizá por centésima vez, fue el polvoriento populismo de siempre. Las finanzas se hundieron por aumentar insensatamente el gasto público mientras por la otra punta crecía, imparable, el déficit fiscal.

Entre 1991, cuando comienza la reforma, y 2000 los gastos corrientes del Estado pasaron de poco más de treinta mil millones a más de ochenta mil. Casi se triplicaron. Simultáneamente, para enjugar esos pagos, el gobierno, que no recaudaba lo suficiente, se fue endeudando de manera galopante hasta alcanzar la cifra de ciento cincuenta mil millones (incluidas las provincias), y, para financiar estas obligaciones, recurrió a dos procedimientos equivocados: el Estado emitió bonos e instrumentos de crédito que se negociaron en el mercado internacional, mientras se utilizaban los fondos provenientes de las privatizaciones en sufragar los gastos regulares del sector público. No se invirtieron esos fondos. No se emplearon en disminuir la deuda: se gastaron alegremente en un ejército de nuevos funcionarios.

Cuando las instituciones financieras internacionales, advertidas por las calificadoras de crédito y de riesgo, comprobaron que se abría cada vez más la zanja entre el servicio de la deuda y la recaudación fiscal, hicieron lo que se supone que se hace cuando se multiplica el peligro de morosidad o de insolvencia: aumentaron las tasas de interés, lo que, a su vez, agravó la situación financiera del país. ¿Estaba la nación en quiebra?

No hace unos meses, cuando el economista Ricardo López Murphy puso sobre la mesa un plan de ajuste entonces perfectamente realizable. Pero la clase política lo liquidó en una semana, y López Murphy, dignamente, renunció a su cargo. Nadie quería oír hablar de ajustes y de sacrificios. Todo el mundo insistía en la metáfora de "apretarse el cinturón", pero invariablemente se referían al cinturón del otro, no al propio.

A principios de los noventa, la Argentina hizo muy bien en privatizar las ruinosas empresas del Estado, focos de corrupción y dispendio que pesaban como una losa del cuello de la sociedad desde hacía muchas décadas. También el país acertó en anclar el peso a una canasta de divisas. Era indispensable poner fin a la hiperinflación y a un desbarajuste económico que en menos de una década había destrozado tres signos monetarios consecutivos. Había que devolver la confianza en el manejo de la cosa pública y eso sólo se podía lograr si se contaba con una moneda fuerte y estable. Asimismo, fue correcta la decisión de bajar los aranceles, abaratar las importaciones y forzar a los productores a competir en los mercados internacionales. Es así como se progresa. No se conoce otro modo. Es así como lo han hecho España y Chile, por citar dos naciones de nuestra estirpe que exhiben unas políticas públicas sensatas.

Lo que estuvo bien, pues, fue lo que se reformó de acuerdo con el sentido común y la ortodoxia económica. Lo que se hizo mal fue lo que se mantuvo de acuerdo con las viejas recetas populistas de siempre. Fue esta rémora lo que ha vuelto a hundir a los argentinos. Es posible que Los Tres Chiflados no lo entiendan, pero ellos están para darse cachetadas y hacer reír, no para comprender los asuntos realmente serios que afectan a la sociedad.

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