
La bossa nova, recién florecida, bajo la mirada de Hobsbawm
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El barrio de San Pablo donde la industria de la música pop estableció su cuartel general resulta difícil de distinguir del barrio equivalente en Londres, salvo por los rascacielos. Idénticos personajes vivaces, sentimentales, con un aspecto ligeramente carroñero, se mueven por el mismo tipo de oficinas desbordantes de vinilos y de viejos ejemplares de Billboard y Cashbox. Pareja mezcolanza de letristas, disc-jockeys, periodistas y guitarreros llenan los bares, agarran sándwiches, hacen llamadas por teléfono y hablan del oficio. Enrique Lebendiger, el mandamás de la bossa nova, que ha dejado Brasil atrás en busca de los horizontes más amplios del éxito mundial en la música pop, podría ser transplantado de la Avenida Ipiranga a Londres sin que esto significara introducir en Charing Cross Road una nota que se destaque por latina.
Y en esto consiste el secreto del atractivo internacional del que goza la bossa nova. Es un cruce entre la música urbana brasileña y el jazz; se ha criado en el mundo de los playboys de la juventud dorada del Brasil y el milieu occidentalizado de la industria del entretenimiento de las grandes ciudades, donde los músicos profesionales tienen más chance de rozarse con músicos que llegan de visita desde los Estados Unidos. Lo interesante del asunto es que, en su breve vida de cuatro o cinco años, la bossa nova ya ha cumplido al menos tres, y muy diferentes, funciones.
Los orígenes de la bossa nova se remontan a la guerra, cuando el descubrimiento de las grandes bandas de swing de la década de 1930, reforzado más tarde por el del jazz (en sus versiones progressive y cool), hizo conscientes por primera vez a muchos músicos locales de las limitaciones armónicas e instrumentales de sus propios grupos pop. La bossa nova empezó entonces en Brasil como un intento de dotar de un color más complejo y de mayor armonía a la música local: una de esas rachas de ambición musical que son tan características de la evolución de las comunidades de artesanos de la música que habían aprendido todo solos. En San Pablo, el punto de la bossa nova no está simplemente en que tiene un acento novedoso (un nuevo sincopado y, en las formas comerciales, una sugerencia creciente de un compás nordestino que se impone sobre el ritmo del samba, ventaja que lo hace más aceptable a los oídos gringos), sino en que, además, las progresiones de los acordes en el acompañamiento instrumental son más educadas que antes y precisan de mayor destreza por parte del ejecutante. Requieren estudio.
La nueva amalgama ganó alguna popularidad entre los bohemios de clase alta (una de las cantantes más importantes, Maysa Matarazzo, viene de familia millonaria, y uno de los compositores más importantes, Vinicius de Moraes, es un diplomático-poeta), y también en aquellos círculos donde los músicos brasileños encontraban a sus pares norteamericanos. Dicen que el nombre mismo de bossa nova (significa "el nuevo estilo") había sido inventado por un tal Joe Carioca, que trabajó primero con la difunta Carmen Miranda y después en Los Angeles.
El mundo descubrió la bossa nova gracias a músicos de jazz vanguardistas de Estados Unidos que visitaron Brasil: el primero, Dizzy Gillespie. Es revelador que el jazz de vanguardia haya incursionado en este nuevo estilo pop, algo verdaderamente muy raro.
Los atractivos de un estilo
El superventas Desafinado (un tema sobre el cual Lebendiger sostiene con sobria satisfacción que se grabaron veinticinco versiones) se vende en cifras tan fabulosas como Stan Getz y Charlie Byrd. Para la vanguardia de jazz, los atractivos del nuevo estilo eran dobles.
En primer lugar proveía un notable interés y estímulo rítmico, y en segundo, este mismo interés rítmico le permitía a uno volver atrás, después de años de experimentación armónica cada vez menos remuneradora, a soplar en el instrumento una melodía arrasadoramente agradable sin sentirse por ello un filisteo. Y había sido lo suficientemente modificado por el jazz como para que los jazzistas pudieran usarlo sin problema. De aquí el placer sin afectación con el cual caudillos de la gran marcha hacia adelante del jazz, como Sonny Rollins, han girado hacia la bossa nova. Que esta combinación de un ritmo poco familiar (sin ser por completo inusual) con buenas melodías atraiga al público, es de por sí una consecuencia naturalmente bienvenida.
Y así llegamos a la sede de la industria musical pop en Nueva York y de ahí, al otro lado del Atlántico. Para ellos la bossa nova no significa un método para apretar con mejor técnica los tornillos de la música ni una claraboya en un pozo ciego musical. Aquí la bossa nova es una candidata a suceder al twist. Es la nueva música bailable en esta era del pop en la cual, por primera vez en una generación, el baile es el motor de la música que se pone de moda. Ahora bien, en Brasil la bossa nova no tiene nada que ver con la danza. Es una manera, un estilo de interpretar y de cantar. Cuando les mostré en San Pablo los esquemas de pasos de baile que las emisoras de radio han distribuido para ayudar a los oyentes a aprender el nuevo ritmo, los músicos locales estallaron en carcajadas. Para ellos, como baile, la bossa nova no tiene nada que la diferencie en especial del jazz.
Esto explica por qué la bossa nova en Brasil va a sobrevivir cuando la manía musical pierda todo frenesí en Estados Unidos y Europa, dado que la industria musical está entregada a la tarea habitual de matar a pura sobreexposición cada nueva moda que descubre. No solo va a durar, sino que se va a desarrollar. Y todo estudioso del jazz que esté de visita en Brasil observa el fenómeno con temor reverencial y con un sentido de momento histórico. Porque la bossa nova es la primera conquista importante de nuevos territorios por el jazz. Hasta ahora las regiones con una música popular fuertemente enraizada, poderosamente rítmica, urbanizada y expansionista -y más que cualquier otra, América Latina- habían resultado impermeables al jazz. En todo caso, el jazz había sido influido por ellas. La bossa nova marca la primera marcha atrás del jazz. Quizá sea significativo que esta reversión haya tenido que ocurrir en el único país latinoamericano que parece haber entrado de modo irreversible en la moderna civilización industrial.
Vinicius De Moraes. Uno de los adalides de la bossa nova, al que Hobsbawm considera un compositor clave y define como "poeta-diplomático"João Gilberto. El primer cantante de "Desafinado", uno de los temas insignia de la bossa, junto al tropicalista Caetano VelosoStan Getz. El saxofonista estadounidense fue uno de los principales divulgadores del género en Estados Unidos.






