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OPINIÓN

La carrera a la Luna entre Estados Unidos y China enfrenta dos concepciones del futuro de la humanidad

La rivalidad sino-norteamericana se agudiza debido a las posibilidades que ofrece el mercado de la órbita cislunar, convertido en nueva versión de la corrida del oro

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Esta combinación de fotografías de archivo de 2019 y 2016 muestra a Jeff Bezos (a la izquierda) con un modelo del módulo lunar Blue Moon, de Blue Origin, en Washington, y a Richard Branson, con un cohete SpaceShipTwo, de Virgin Galactic, en Mojave, California. (AP Foto/Patrick Semansky, Mark J. Terrill)
Esta combinación de fotografías de archivo de 2019 y 2016 muestra a Jeff Bezos (a la izquierda) con un modelo del módulo lunar Blue Moon, de Blue Origin, en Washington, y a Richard Branson, con un cohete SpaceShipTwo, de Virgin Galactic, en Mojave, California. (AP Foto/Patrick Semansky, Mark J. Terrill)
Carlos A. Mutto
Por Carlos A. MuttoPARA LA NACION
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No transcurre un solo día sin que un alto funcionario del gobierno norteamericano repita la consigna como un mantra: “Venceremos a los chinos en la carrera a la Luna”. Cuando pronuncian esa frase, todos saben –es un hábito del gobierno de Donald Trump– que se trata de una fake news desvergonzada. De todos modos, incluso si fuera verdad, habría que ponerse de acuerdo sobre el significado de la palabra “vencer”, el contenido de la frase “carrera a la Luna” y, sobre todo, el calendario de esa competencia científica y política. Esos tres detalles no son insignificantes en el marco de un paisaje geopolítico en plena transformación, que responde a las nuevas necesidades impuestas por las tecnologías críticas y emergentes (CET) y la rivalidad para consolidarse como potencia espacial dominante. Como ocurrió con las grandes potencias marítimas de los siglos XV y XVI, forzadas por las ambiciones de imperios en gestación, ahora también están en juego perspectivas comerciales y de expansión literalmente inimaginables: las inversiones colosales de Elon Musk con su proyecto SpaceX no son –en el fondo– diferentes de las aventuras oceánicas lanzadas por las compañías de las Indias Orientales u Occidentales, que financiaron la expansión comercial de Gran Bretaña y Holanda en la India, Indonesia y el sur de Asia; así como los reyes de León y Castilla alentaron la colonización española de América, mientras que el rey Manuel I fue el principal promotor de los viajes de Vasco da Gama que permitieron a Portugal implantarse en todo el litoral marítimo africano, doblar el Cabo de Hornos y seguir por el Índico hasta llegar a la India.

Repetir esa aventura asombrosa a escala espacial es precisamente la ambición del líder chino Xi Jinping, que espera hacer alunizar su cohete Larga Marcha 10 en 2027. Será un test de fiabilidad para verificar la capacidad de recuperación ensayada en 2025: la astronave Mengzhou realizó un test de alunizaje y despegue, y completó otro para posicionar el módulo lunar Lanyue sobre un terreno inclinado irregular, capaz de operar en forma autónoma sobre la superficie lunar. En 2021, poco después de que la NASA posara su rover Perseverance sobre Marte, China respondió con el mismo lenguaje técnico a ese desafío esencial: hizo rodar su propio rover Zhurong sobre el planeta rojo.

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ARCHIVO - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a la derecha, estrecha la mano del presidente de China, Xi Jinping, el viernes 15 de mayo  de 2026. (Evan Vucci/Pool Foto via AP, archivo)
ARCHIVO - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a la derecha, estrecha la mano del presidente de China, Xi Jinping, el viernes 15 de mayo de 2026. (Evan Vucci/Pool Foto via AP, archivo)Evan Vucci - Pool Reuters

El momento es propicio porque, a cuatro años de la “hora señalada”, la NASA continúa paralizada por el menosprecio de Donald Trump, que demoró más de 12 meses en confirmar a Jared Isaacman como administrador, y limitó el presupuesto para 2026 casi al mismo nivel del año anterior (24.438 millones de dólares). Víctimas del favoritismo acordado a los inversores privados como SpaceX, de Elon Musk, y Blue Origin, de Jeff Bezos, la agencia espacial aún no tiene presupuesto para 2027 ni decidió cómo descenderán sus astronautas después del alunizaje. La comparación entre ambos países es difícil porque en China las cifras son virtuales. Las últimas estimaciones de los analistas espaciales norteamericanos Casey Dreier y Girish Linganna, por ejemplo, sitúan la inversión espacial china entre 12.000 y 18.000 millones de dólares anuales. Con la mitad del dinero que dispone la NASA, financian ciertas actividades de defensa y pueden lanzar cohetes casi cada semana, y operan una estación espacial plenamente funcional llamada Tiangong (Palacio Celestial), ubicada en una órbita terrestre baja –entre 340 y 450 km de altitud–, donde se entrenan las futuras tripulaciones. Esa masa de dinero también le permite construir una constelación gigante de satélites, conocida como SpaceSail, para competir con Starlink.

Elon Musk, fundador y director ejecutivo de SpaceX, interviene por videoconferencia en el Nasdaq Marketsite de Times Square durante el lanzamiento de la oferta pública inicial (OPI) de SpaceX en el Nasdaq el 12 de junio de 2026 en la ciudad de Nueva York. SpaceX, empresa fabricante de cohetes, comenzó a cotizar el viernes bajo el símbolo SPCX tras la mayor OPI de la historia
Elon Musk, fundador y director ejecutivo de SpaceX, interviene por videoconferencia en el Nasdaq Marketsite de Times Square durante el lanzamiento de la oferta pública inicial (OPI) de SpaceX en el Nasdaq el 12 de junio de 2026 en la ciudad de Nueva York. SpaceX, empresa fabricante de cohetes, comenzó a cotizar el viernes bajo el símbolo SPCX tras la mayor OPI de la historiaSPENCER PLATT - GETTY IMAGES NORTH AMERICA

Lin Xiqiang, vicedirector de la agencia china CNSA, sigue pensando hacer despegar el primer vuelo de una nave tripulada “antes de 2030, probablemente en 2029”. En secreto, los chinos ansían anticipar el calendario a 2028 para lanzar esa “bomba de prestigio” en plena campaña presidencial que debe decidir la sucesión de Trump.

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Xi Jinping necesita un gran triunfo político para consolidarse en el frente interno después de las purgas aplicadas contra 9 miembros de la Comisión Militar Central (CMC), cúpula del Ejército Popular de Liberación (EPL), y más de 176 generales tres estrellas o almirantes. La depuración, presentada como respuesta a la corrupción reinante en la casta militar, le permite disimular la impreparación de las fuerzas armadas detrás de una púdica postergación de la codicia territorial sobre Taiwán, y concentrar los esfuerzos económicos colosales que requiere el programa espacial como principal escenario de competición geopolítica. En compensación, semejante despliegue abre enormes oportunidades científicas e industriales que tienen un fuerte impacto económico y político en una sociedad ávida de compensaciones y recompensas postergadas. Xi cosecha el prestigio que le acuerdan los progresos logrados en materia de robótica, inteligencia artificial, aeronáutica espacial y otras tecnologías críticas y emergentes (CET). En forma paralela, desarrolló una clase altamente especializada en todas las tecnologías afines a las futuras exploraciones espaciales que, como es obvio, también servirán en la industria civil y militar. Cada año salen de las universidades chinas 1,5 millones de estudiantes con un diploma de ingeniería bajo el brazo. Esa cifra representa el 25% del total mundial.

A fin de 2022, China terminó de construir la estación espacial Tiangong

En China, la política espacial se inscribe en una lógica que asocia ciencia y búsqueda de poder, pero que a la vez constituye un instrumento de innovación tecnológica y es vector de proyección estratégica.

Las informaciones y elementos recogidos por el rover Zhurong reafirmaron la convicción china de considerar a Marte terreno de prueba para “ambiciones más amplias”, frase que insinúa el interés de explorar el “espacio lejano”, profundizar el estudio de la ciencia planetaria como medio de propulsión para concretar el acceso a nuevos recursos. No se trata de sueños teóricos porque, a fin de 2022, China terminó de construir la estación espacial Tiangong, que será usada como plataforma para experimentar nuevas tecnologías necesarias para las futuras exploraciones y mejorar la comprensión de los efectos de los vuelos de larga duración sobre los organismos humanos.

China no corre ni especula, planifica

La rivalidad sino-norteamericana se agudiza debido a las posibilidades que ofrece el mercado de la órbita cislunar, convertido en nueva versión de la corrida del oro. Ese espacio esférico comprendido entre la Tierra y la Luna excita la codicia de los grandes inversores, como Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel, Ken Howery y Luke Nosek –exaliados de Musk y Thiel en PayPal–, así como Steve Jurvetson, Chamath Palihapitiya, varios grandes family offices norteamericanos y fondos de inversión especializados como Space Capital, SpaceFund o Seraphim.

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Algunos expertos calculan que las inversiones en proyectos lunares previstas en la space economy pasarán vertiginosamente de 100.000 millones de dólares en 2030 a un billón de dólares en 2040.

Para Xi, que no piensa en términos de rentabilidad financiera, la ecuación es –en el fondo– mucho más simple: China no corre ni especula, planifica. Eso explica por qué la rivalidad espacial con Estados Unidos nunca fue para Pekín solo una cuestión de rocket science (ciencia espacial), sino algo mucho más esencial: una competición geopolítica que, además de la supremacía sobre la Tierra, le acuerda el derecho de mostrarle a la humanidad horizontes ilimitados.

Carlos A. Mutto
Por Carlos A. MuttoPARA LA NACION

Especialista en inteligencia económica y periodista

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