
La casa de Virginia Woolf
Laura RamosPara LA NACION
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A Bloomsbury, decía Virginia Woolf, se llega desde el 22 de Hyde Park Gate, el pequeño callejón sin salida de South Kensington donde está la casa en la que nació (Memoir Club, 1922). Blanca, alta y desmesuradamente estrecha, al verla me pareció aún poseída por el pasado, aunque no se distinguen ya las cortinas color púrpura ni el piano sobre el que se colocaban los regalos de Navidad. Tampoco reina en el salón la mesa de té victoriana ni se huelen las tostadas de pan negro untadas con manteca.
Hyde Park Gate reunía a las dos ramas de hijos de Julia Stephen: los tres hermanos Duckworth, hijos de su primer matrimonio, y los cuatro Stephen, entre los cuales estaba Virginia. Cuando Virginia tenía quince años, su hermanastro George, la cabeza de la familia desde la muerte de la madre, mandó reformar para ella la antigua habitación de bebes del tercer piso. Las viejas señoras de Kensington solían decir que los cielos habían sido increíblemente providenciales para aquellas pobres hermanas Stephen: George era padre y madre, hermano y hermana, todo en una pieza. La nueva habitación era larga y muy angosta; la parte de la chimenea era la sala de estar, y la parte del lavamanos, el dormitorio. Encima de su escritorio reposaban su léxico de griego, las obras de Virgilio y numerosos frascos de tinta, plumas y hojas escritas con su letra pequeña y retorcida. Todos sus trances de dicha absoluta con la lectura transcurrían en ese cuarto. Allí se lanzaba George por las noches, para abrazarla y besarla y volverla a abrazar, con el fin de confortarla por la enfermedad del padre. Y allí escuchó por primera vez las voces irreales, "las horribles voces".
Luego de la muerte de sir Leslie Stephen en 1904, mientras Virginia guardaba cama en Welwyn "creyendo que los pájaros cantaban coros griegos" ( Virginia Woolf , Quentin Bell), sus hermanos Stephen decidieron empezar una nueva vida en Gordon Square, la más romántica plaza del mundo. En el 46 de Gordon Square, los terciopelos púrpura fueron reemplazados por paredes blancas y desnudas: todo estaba a prueba; todo eran experimentos y reformas. En Gordon Square se iniciaron las veladas de los jueves con la fraternidad de los "Apóstoles". Thobby había hablado a sus hermanas de sus compañeros de Cambridge como si fueran héroes de Byron. La primera noche -eran muy desaliñados y austeros, sus ojos resplandecían- entraron con una curiosa vacilación. Hubo largos silencios, hasta que alguien habló de Milton, de Wordsworth. No mucho después empezaron a discutir sobre Mario el Epicúreo a los gritos.
Una noche se debatió sobre la sodomía con el mismo frenesí con que habían batallado por la naturaleza del bien. Vanessa, que poseía la belleza prerrafaelita de su madre, propuso la creación de una sociedad que comportara la absoluta libertad sexual. Virginia fue a visitar a los neopaganos de Grantchester, y se bañó desnuda en el río Granta, al claro de luna. Las dos hermanas se presentaron en el Baile Postimpresionista disfrazadas como muchachas de Gauguin, tan despojadas de ropa que varias damas dejaron la fiesta en señal de protesta. Se decía que en Gordon Square Vanessa y Maynard Keynes, el luego célebre economista, copularon en el centro del salón. Y que el amante de Maynard, Duncan Grant, vivía con una mujer de la limpieza alcohólica y que pedía por la calle para tomar el tranvía.
Luego de dejar Gordon Square pasé por el 38 de Brunswick Square, donde Virginia y su hermano Adrian se mudaron en noviembre de 1911 decididos a adoptar un sistema de vida antiburgués. Compartían la casa con ellos Duncan Grant, Leonard Woolf y Maynard Keynes. Fue Maynard quien le dijo a Virginia que lo mejor que había escrito eran sus memorias sobre George. Ese texto tan sardónico y cruel que dice que las viejas damas de Kensington jamás supieron que George Duckworth no sólo era padre y madre, hermano y hermana para aquellas pobres chicas Stephen; era también su amante.



