
La compra de YPF por Repsol
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LA oferta de compra del 100% del capital de YPF por parte de Repsol probablemente finalizará con una transferencia del control. Las disposiciones estatutarias y legales, así como la posición ya expuesta por el Ministerio de Economía, hacen improbable que la recomendación que eventualmente produzca el directorio de YPF impida la adquisición de la mayoría necesaria. El paso siguiente, ya anunciado por Repsol, sería la fusión con otras empresas del sector adquiridas anteriormente por esta empresa.
Lo acontecido confirma las prevenciones expuestas por La Nación en la oportunidad en que se cambió el criterio de la venta de las acciones de propiedad del Estado Nacional. Se afirmaba entonces que la decisión de realizar la venta en bloque a otra empresa petrolera, en lugar de hacerlo en forma dispersa en los mercados, llevaría probablemente al posterior avance hacia el control. La compra del 14,99% a un precio sustancialmente superior al del mercado no hubiera tenido sentido si de alguna forma no se proyectara llegar al control. El propio gobierno nacional comprometió su apoyo a ese propósito.
Los aspectos provechosos de la venta a Repsol se ubican en un plano distinto delde las connotaciones negativas, que son de mayor profundidad. El precio más alto obtenido por la venta sin duda será bienvenido en un momento difícil de las cuentas públicas. Tanto el gobierno nacional como algunas provincias aún retienen acciones de YPF que venderán a buen precio. Los inversores privados, al igual que las AFJP, también se beneficiarán con ganancias que revertirán al mercado. De hecho el ofrecimiento de Repsol produjo un incremento en las cotizaciones y en los volúmenes transados en la Bolsa local. Pero estos beneficios son por una única vez y pierden dimensión relativa cuando se los incorpora al contexto de las cifras globales de la macroeconomía y del sector público, en espacios mayores de tiempo.
Por lo contrario, se aprecia como un hecho negativo la pérdida de una de las características más valiosas que se había logrado en la privatización de YPF: la dispersión de su capital con el mantenimiento de un gerenciamiento local altamente calificado.
La de YPF fue la única privatización realizada como lo fueron las más importantes ocurridas en Europa. Se alcanzó el objetivo de democratizar el capital introduciendo todos los incentivos y controles característicos de la actividad privada, en la empresa más importante de la Argentina. Esto, más la competencia dentro del país y frente al mundo, está en la esencia del capitalismo bien practicado. La privatización fue exitosa e YPF pasó su examen alcanzando niveles de eficiencia comparables a los de las mejores empresas internacionales. La adquisición de Maxus y su reestructuración posterior demostraron estas capacidades, que analistas independientes colocan hoy por encima de las demostradas por la propia Repsol.
Sin ningún tipo de apelación chauvinista, podría decirse que YPF ha sido un motivo de orgullo para los argentinos, que encontraron que es posible jugar un papel empresarial activo e importante en el campo internacional. Desde ya que YPF no desaparecerá ni dejará de operar sus activos ni de ocupar su personal debido a su venta, pero tal vez no será lo mismo, desde la percepción que el imaginario colectivo tiene de esa empresa.
Por lo demás, es obvio que YPF y las empresas de capital argentino en general tienen una desventaja competitiva por el alto costo del financiamiento que deben enfrentar. Ese alto costo es resultado de la negativa de muchos argentinos a pagar impuestos y de la incapacidad de nuestros líderes políticos para controlar el gasto público. La solución no es violar los derechos de los accionistas de una empresa e impedir que decidan qué hacer con sus acciones. La solución consiste en poner las cuentas fiscales en orden y bajar el costo argentino.
Aún restan algunas privatizaciones por realizar como las del Banco de la Nación o el Banco de la Provincia de Buenos Aires. Son casos que encuentran una fuerte resistencia política. No cabe duda de la conveniencia de proceder a la apertura del capital de estas instituciones como una forma aceptable y gradual de privatización. Ahora bien, con el antecedente de YPF, ¿como podría defenderse esta propuesta contra el argumento del inevitable final de una extranjerización del control? Quienes fueron responsables de las sucesivas decisiones que han llevado a este nuevo capítulo de YPF, debierían meditar sobre la pendularidad histórica de la política y sobre la importancia de ciertos valores para el sostenimiento del consenso y la estabilidad de las grandes transformaciones de esta década.






