
La conciencia representativa de una época
El escritor eligió ocupar el lugar del intelectual que toma partido sobre las grandes cuestiones. Invención, fantasía aventurera, peripecia desaforada, proliferación de relatos y deseo de realidad se imbrican en la trama de su obra Beatriz Sarlo Para LA NACION
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Novelas iniciáticas para varias generaciones: Pedro Páramo , La muerte de Artemio Cruz , La ciudad y los perros , Rayuela y Cien años de soledad . No menciono a Borges, el inclasificable, el que ordena toda la literatura a partir de sus textos breves, marginales. No menciono a Onetti, escritor inconmensurable, oscuro, sobre quien Vargas Llosa escribió hace poco. En cambio, esas novelas, o su efecto combinado, anticiparon lo que, una década después, sería el triunfo de la literatura de la periferia. Anticiparon lo que escribirían en inglés o en turco Salman Rushdie u Oran Pamuk.
Creo que fue José Donoso quien dijo que así como Vargas Llosa había llegado a la victoria muy tempranamente cuando ganó, en Barcelona, el premio Biblioteca Breve, ese premio y esa editorial se convirtieron en emblemáticas de "lo nuevo" por la fuerza icónica de la novela ganadora. Vargas Llosa tenía 27 años; dos años antes, en 1961, Borges y Beckett habían ganado el Formentor. En ese momento Borges tenía más de 60. Dos ritmos de la consagración, dos épocas del mercado literario, dos tipos de escritor y de sus relaciones con la política, que tuvo un eje clavado en La Habana, para apoyar primero a la revolución y, luego, a excepción de García Márquez, para criticarla.
¿Por qué Vargas Llosa? No hoy, cuando ha llegado al podio del Nobel, sino desde mucho antes. Presento algunas hipótesis. Vargas Llosa eligió ocupar el lugar del intelectual como conciencia representativa, "eco sonoro" de su época, que toma partido abiertamente sobre las grandes cuestiones. Las peripecias gloriosas o desdichadas de esta figura recorren el siglo XX. Vargas Llosa pasó de la izquierda latinoamericana antiimperialista al liberalismo económico y político (no separados sino juntos). Ni Borges, ni Onetti, ni Lezama Lima, ni Rulfo ocuparon nunca ese lugar que no les resultaba afín. En ese lugar, Vargas Llosa es fuerte y débil. Es atacado porque sus opiniones políticas nunca podrían pasar por un recurso escéptico o ingenioso. Son en serio, si es que el adjetivo conserva algún sentido en la primera década del siglo XXI. Llevó lejos esta opción. Quiso ser presidente de Perú, se presentó a elecciones, hizo campaña, fue derrotado por Fujimori.
Con este gesto descomunal, se parece más a los intelectuales del siglo XIX que a los del XX. No abandona nunca ese lugar. Hace poco escribió una carta dirigida al presidente del Perú, renunciando a la comisión de memoria histórica a cuya cabeza había sido nombrado, porque sospechó o concluyó que estaba en marcha el encubrimiento de crímenes, torturas y muertes perpetrados por las fuerzas armadas.
Deseo de realidad, otra hipótesis: Vargas Llosa escribió largos ensayos eruditos y barrocos sobre novelas de caballería, sobre Victor Hugo, sobre García Márquez, sobre Flaubert. Experimentó, como el grupo de novelistas latinoamericanos de los años sesenta, con una escritura que fuera a la vez legible pero innovadora, una escritura que presuponía a Faulkner, para dar un nombre. No es el lugar de hacer un balance. Cada cual sabrá si se queda con La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral .
Yo, más bien, quisiera señalar la voracidad lanzada a representar sucesos reales. Justamente cuando una línea de la ficción (que inauguró Kafka y en la que se inscriben Borges o Beckett) desconfía radicalmente de la representación, Vargas Llosa, que sin duda conoce esas desconfianzas, no puede controlar algo que es del orden del deseo, del impulso, del instinto.
Su obra periodística es una culminación de este deseo de realidad. Como algunos grandes escritores del XIX (Martí, por ejemplo), sus notas en la prensa son la materia caliente de la actualidad. Su viaje a Irak merecería no ser juzgado superficialmente; merecería que se lo leyera como gran reportaje, incluso si se disiente con sus ideas. Vargas Llosa tiene la percepción de lo concreto, de la individualidad significativa, de lo original que capta en paisajes sociales desconocidos.
Invención, fantasía aventurera, peripecia desaforada, proliferación de relatos y deseo de realidad no se contradicen en Vargas Llosa. En esto, aunque sólo en esto, es un optimista.



