
La conexión biológica
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La pandemia que recorre el planeta desde hace un año nos ha editado la vida. Nuestras biografías, de pronto, se han visto recortadas, alteradas por un acontecimiento único y poderoso que dejará su huella por los siglos de los siglos. Como en determinados recodos de la historia humana, con otras pestes, guerras mundiales o eventos naturales a escala global. Esta vez un virus microscópico ha modificado en tiempo real el video de la existencia colocando una marca indeleble en la portada de nuestros perfiles: AC o DC. Antes o después del coronavirus.
Ya no seremos los mismos. No estaremos los mismos. No retomaremos las rutinas que nos identificaban de igual modo. Y aunque es prematuro bosquejar el nuevo territorio con sus límites y horizontes vale al menos saber que la foto original que teníamos del mañana, o la que imaginábamos, ha sido retocada inevitablemente. No estamos de repente asomados a un nuevo mundo que sobrevino de manera radical o apocalíptica, pero nos encontramos en medio de una tormenta caótica de alteraciones cuya magnitud se nos escapa. Adivinar la profundidad y alcance de esos cambios es tan difícil como pronosticar con exactitud el fin de la pandemia. ¿Será el final o apenas un intervalo con alguna otra amenaza latente?
El 2020 quedará como el año en que la humanidad experimentó un fugaz regreso colectivo a los orígenes. Un recordatorio de la fragilidad innata del sapiens frente a su entorno. Así revivimos los temores mas primitivos con el encierro en la caverna, las cuarentenas medioevales y el terror a un enemigo microscópico invisible. Las ficciones cinematográficas más alucinantes cobraron realidad global. Fue un tránsito a velocidad inédita: del colapso económico por el freno que detuvo la gran maquinaria capitalista a la reacción histórica de hombres y mujeres de ciencia que produjeron vacunas en apenas diez meses. En el camino, todas las estanterías de certezas acumuladas tambalearon de nuevo. La virtualidad acelerada de nuestras conexiones apenas pudo compensar el vértigo del viaje hacia el pasado ancestral, donde vivíamos a la intemperie, entre el fuego y las bestias.
Mientras escribo estas especulaciones, las noticias en cada rincón del mundo hablan sobre vacunas y profilaxis para lograr la inmunidad o mitigar el contagio. Sobre las demoras en la producción y las dificultades logísticas para su aplicación a escala masiva. Sobre los manejos geopolíticos y económicos de los gobiernos para adjudicarse millones de dosis y credenciales de eficacia sanitaria frente a sus electores. Esa es la coyuntura, el presente provisorio y turbulento que nos describe como una multitud que entró en pánico dentro de un estadio gigantesco buscando alocadamente la puerta de salida. En lo profundo, lo que el virus ha provocado es una aceleración de aquellas transformaciones que ya estaban operando en nuestros sistemas de vidas e introdujo otras que se encuentran en plena gestación y desarrollo. El desenlace está lejos y las consecuencias se verán como ondas expansivas en el tiempo.
¿Después de los sucesivos encierros colectivos, qué ocurrirá con nuestras ideas sobre la libertad, la cooperación, el orden público, la seguridad, la obediencia, la democracia o el lugar del individuo frente al Estado? O aún más profundo: ¿cómo definiremos u ordenaremos nuestras propias vidas entre lo real, presencial o táctil y lo virtual, mediato o simbólico? ¿Resistirá la democracia liberal el embate de las pulsiones totalitarias de control social y tecnológico? ¿La ecuación final del tablero planetario será a favor de los nacionalismos, los muros y las trincheras económicas o una nueva era multilateral asomará como aprendizaje de respuesta común? En el plano individual, ¿Nos miraremos con más recelo unos a otros cuando todo pase? ¿Seremos igual de gregarios, volveremos al placer del rebaño, piel con piel? O el temor a contagios futuros nos convertirá en fríos hologramas de nuestro pasado tribal?
Algunos arriesgan respuestas por antecedentes históricos. Uno de ellos es el sociólogo y médico Nicholas Christakis, investigador de la Universidad de Yale y autor del libro La Flecha de Apolo, el impacto profundo y duradero del coronavirus en la forma en que vivimos. Allí sostiene que si se miramos los últimos 2000 años "cuando las pandemias terminan hay una fiesta. La gente busca más interacción, aumenta la tolerancia al riesgo, al derroche económico y al desenfreno sexual". ¿Será así? ¿Habrá un retorno fácil a la fiesta interrumpida o la lección del espasmo global nos inyectará mayor prudencia y respeto por la casa y los hábitos descuidados?
Ciertamente, la pandemia nos halló entregados a la abulia de nuestras vidas previsibles y mejoradas en buena parte del mundo por el avance tecnológico. Al decir del antropólogo español Juan Luis Arzuaga, "infantilizados" como especie. Hipnotizados por el influjo libertario de las redes sociales y su cuento de hadas posmoderno: cada cual es quien quiere ser con solo un clic en el editor de fotos del celular y comparte su creación con otros que hacen lo mismo con las suyas. Esa autonomía seductora de niños jugando a ser semidioses se alteró con un acontecimiento de las más pura y dura realidad. Con un virus tan real como letal. Tal vez para recordarnos lo imprescindible, lo que nunca debimos olvidar como seres humanos habitando un hogar común: que nuestra interdependencia va mucho más allá de la política, de la economía, del universo de los medios de comunicación y del laberinto seductor de las redes sociales. Quizás fue Bill Gates quien lo definió con simpleza y precisión: "Estamos conectados biológicamente". Y ese vínculo inalterable ha sido, por los siglos de los siglos, el mayor desafío de la vida por venir



