
La crueldad como diversión
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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Días pasados, un antropólogo, cuyo nombre no llegué a saber, decía por televisión que el hombre es el único mamífero cruel para con sus hermanos de especie. La historia nos lo ha demostrado ampliamente, pero, sobre todo, aparecieron en nuestra memoria las recientes imágenes de prisioneros iraquíes torturados y muertos por soldados norteamericanos, orgullosos y sonrientes de posar en esas abyectas fotografías.
Esas instantáneas del horror, de la crueldad de hombres y de mujeres psíquicamente masculinizadas, nos llenaron de estupor.
Y la brutalidad continúa. Hace tan sólo días, las torturas a mujeres en Irak fueron noticia de tapa de varios diarios franceses y ahora nos enteramos de que también hay niños abusados y torturados por soldados norteamericanos, según informa la Cruz Roja. ¿En qué mundo estamos viviendo? ¿Qué locura es ésta? ¿Cómo es posible que países poderosos, que se llaman civilizados oficialicen de hecho la tortura?
Sabemos que el sadismo existió antes del Marqués de Sade y que fue siempre asociado al poder: estamos pensando en los tormentos físicos y psíquicos infligidos a los esclavos en la antigüedad; en los galeotes; en los gladiadores que luchaban con los leones en el circo romano; en las crueldades y castigos aberrantes de la Inquisición; en los flagelos de los colonizadores, hasta en las torturas actuales en manos de ideólogos, de fanáticos religiosos o militares. Sin embargo, el impacto de este sadismo fotografiado en Irak y ejercido por supuestos grandes defensores de los derechos humanos nos resulta demoledor.
¡Cuánta hipocresía! ¡Cuánta mentira! ¿El presidente de los Estados Unidos no es un occidental muy cristiano? ¿En qué se diferencia de los terroristas a quienes combate? Monseñor Giovanni Lajolo, ministro de Exteriores del Vaticano, reconoció que las torturas por parte de los soldados norteamericanos a los prisioneros iraquíes eran "el golpe más grave para los Estados Unidos desde los ataques del 11 de septiembre". Y agregó: "Con la particularidad de que el golpe no lo provocaron los terroristas sino los norteamericanos contra sí mismos".
Estamos viendo los resultados de una estrategia, no de un error. Y, además de poner en práctica la estrategia, se goza con ella. El famoso cumplimiento de las órdenes (la obediencia debida) se produce no sólo con eficacia, sino con deleite. Como "diversión". Esta palabra fue dicha en defensa propia por una soldado norteamericana, como si hubiera una defensa posible o una justificación para semejante perversión, para semejante insensibilidad.
Vladimir Nabokov, en su notable texto sobre Dostoievski, hacía una interesante distinción entre las personas sentimentales y las sensibles. "Un sentimental puede ser una perfecta bestia en sus ratos libres. Una persona sensible no será nunca cruel."
¿Cómo se define la crueldad? Cruel es la persona que se deleita en hacer el mal a otros o en los padecimientos ajenos; la que por placer daña a un ser viviente.
Según Nabokov, los sentimentales pueden ser de una crueldad impensada. "El político sentimental puede acordarse del Día de la Madre y aniquilar implacablemente a un rival. A Stalin le encantaban los niños", escribía. Se nos ocurre que, acaso, Hitler se deleitaba con el perfume de una rosa o lloraba en el cine. ¡Quién sabe...!
La persona sensible es incapaz de cometer una crueldad: porque es impresionable; porque es capaz de sentir física o moralmente lo que siente el otro; porque sufre el dolor del otro como si fuese propio; porque conoce la compasión. De eso nos está hablando el escritor ruso cuando distingue entre los sentimentales (propensos a seguir sus impulsos y sentimientos con violencia) y los sensibles (tendientes a dejarse llevar por los afectos y la ternura).
La crueldad que se nos mostró últimamente en las fotos mencionadas nos hizo recordar también algunos pensamientos de Freud acerca del sadomasoquismo. "Los tormentos masoquistas no son nunca tan impresionantes como las crueldades fantaseadas o escenificadas del sadismo." Las fotografías que vimos son instantáneas de una escenificación. Algo realmente paradójico.
"La acentuación del mandamiento de no matar -dice Freud- nos ofrece la seguridad de que descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos que tenían el placer de matar." Para Freud, todas las acciones egoístas y crueles se originan en los impulsos primitivos .
Esa es su explicación, que no es una justificación, claro.
Si nos ponemos a reflexionar sobre este punto, quizá nos demos cuenta de que sí hay en todos nosotros un instinto cruel. Ese que, a veces, nos hace herir psicológicamente al otro, con esa palabra , con ese gesto, con esa actitud que "meten el dedo en la llaga", de una forma sutil y persistente, como en las torturas chinas.
Y quizás ese impulso provenga de una naturaleza si no primitiva, primaria. Pero ¿para qué Dios nos dio el libre albedrío? ¿Qué significa, en sentido profundo, ese libre albedrío?
Significa que en todas las ocasiones estamos en condiciones de elegir entre lo más bajo y lo más elevado; entre lo execrable y lo excelso; entre el sí y el no.
Podemos hacerle daño a un animal, a un niño, a un semejante, y "divertirnos" con esa crueldad. Pero también podemos ser solidarios, trabajar con la Cruz Roja, colaborar con los ecologistas, componer y tocar música, plasmar bellas formas con un lápiz o un pincel, ensamblar palabras e ideas, escribir poemas, construir catedrales.




