La cultura resiste

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31 de enero de 2002  

Las consecuencias de la crisis económica se viven, inevitablemente, en el ámbito de la cultura. Las ventas de las librerías o de las casas de música, por citar nada más que dos ejemplos, muestran caídas que, en general, no bajan de dos dígitos. Sin embargo, aparecen saludables señales de resistencia y estrategias por parte de productores artísticos y consumidores para hacer frente a las duras circunstancias. La elevada cantidad de visitantes que registraron recientemente algunas muestras de arte constituye un dato estimulante de la realidad.

La concurrencia a cines y teatros ha padecido, por supuesto, los avatares de todo lo que nos limita. No obstante, se multiplicaron las ofertas especiales, con rebajas en los valores de las entradas cinematográficas para ciertos horarios o en determinadas salas, y lo mismo ocurre con los teatros, incluyendo los lugares de veraneo.

El problema del acceso a los bienes culturales en tiempos de crisis se agrava por el hecho de que buena parte de la oferta está constituida por productos importados, sometidos al cambio generado en la relación entre el peso y el dólar. En esta materia no se resiente solamente quien pretende gozar de un libro, de un video o de una grabación musical, sino también quienes desarrollan actividades que, inevitablemente, los ponen en la necesidad de proveerse en el exterior de lo que requieren para su tarea. Son muchos los profesionales y los investigadores que deben hacer frente a ese tremendo cimbronazo, casi siempre con muy pocos recursos.

La Argentina vive una situación incierta y su rumbo futuro no puede ser previsto sino con un exceso de imaginación. No faltan los que suponen calamidades cada vez mayores y perspectivas de agravamiento de la bancarrota económica.

No se trata, obviamente, de negar una realidad que tiene mucho de inquietante ni de manifestar actitudes de optimismo no ancladas en la realidad. Pero no deja de ser un signo alentador que la cultura resista a pesar de la crisis, que nutridas legiones de personas demuestren, en medio de los cacerolazos o las manifestaciones de protesta, que no han perdido contacto con muchas de las realidades que hacen valiosa la vida, individual y colectiva.

Leer un libro, ver una película o visitar una galería de arte son formas de probar que la crisis puede ponernos en jaque, pero no abatirnos del todo. Y que la proyección del espíritu como fuente de belleza o como camino para posibilitar el acceso a revelaciones humanas cada vez más hondas constituye una reserva de inestimable valor cuando arrecian las crisis y la adversidad se pasea por las calles.

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