
La decepción de mi padre
Su mirada desaprobadora fue muy formativa. Cargué con ella mucho tiempo
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A propósito del Día del Padre
El día que murió Néstor Kirchner soñé con mi padre. Fue al final de un calvario de diecisiete horas en la redacción y de una solitaria trasnoche de whisky. Al llegar a casa me preparé un vaso con hielo, me derrumbé en el sofá, apagué las luces, bajé el volumen del televisor y estuve mirando una y otra vez las afligidas imágenes de aquel velorio interminable. Luego me arrastré hasta la cama y me dormí de inmediato. Soñé con Marcial Fernández. Un largo sueño vívido y resplandeciente.
Marcial estaba sentado en un banco del Rosedal y contemplaba la fauna que giraba y sudaba alrededor del lago. Yo venía corriendo y, al descubrirlo en la mañana primaveral, todo vestido de blanco, recordé que estaba enterrado en Chacarita y me di cuenta de que era un fantasma.
En vida, y como el padre de Paul Auster, el mío también se había inventado su propia soledad: Marcial huía hacia refugios de ausencia que durante décadas yo confundía con el abandono
En vida, y como el padre de Paul Auster, el mío también se había inventado su propia soledad: Marcial huía hacia refugios de ausencia que durante décadas yo confundía con el abandono. Tardé años en darme cuenta de que a veces nos apartamos de lo que más amamos porque no podemos lidiar con su fulgor y su incertidumbre. Me quería tanto que le resultaba insoportable la idea de perderme o de verme derrotado por la vida. Se sentía tan indefenso y vulnerable ante mi destino, se imaginaba una y otra vez perdiéndome por accidente o fatalidad, le parecían tan demoledoras todas esas alternativas, que inconscientemente tomaba distancia para no tener que convivir con ese miedo hondo e inconfesable. Como si una vocecita susurrara en su interior: "Si no lo veo mucho, no dependeré tanto de su vida, y entonces seré más libre".
Mi padre era extremadamente sensible y le entraban todas las balas. Era hipocondríaco pero comía fritos y consumía colesterol como si fuese inmortal. Tenía los pulmones arruinados por una silicosis adquirida en los túneles de Asturias, donde había sido dinamitero sin mascarilla. Todos sus camaradas de entonces habían muerto de silicosis diez años antes. Pero él se mantenía entero. Hasta que el corazón comenzó a fallarle. Fue entonces que tuvo que internarse y someterse a un triple by pass.
Cuando desperté de esa ensoñación literaria tenía que rendir nueve materias entre diciembre y marzo. No pude hacerlo, y le rompí el corazón a mi padre
Marcial sabía que iba morirse. La última noche vimos juntos un partido en la televisión. Los dos en silencio: él acostado en la cama y con suero; yo a su lado, cosido de pena. La operación fue exitosa pero nunca pudieron destetarlo: los pulmones no tomaban el control y así fue deshaciéndose durante treinta y tres días de coma, atado a un respirador mecánico que no lo soltaba. Mi madre, sentada en la sala de espera, dijo un día gritando de furia asturiana: "Nunca se cuidó. Si llega a sobrevivir lo mato. ¡Te juro que lo mato!".
Ella fue al Regimiento de Patricios y a veinte pesos por cabeza capturó dadores de sangre. Al final mi padre era un esqueleto desconocido. Murió una tarde y yo tuve que ir a reconocerlo. Y me vi dentro de pocos años, en ese mismo lugar: mi hijo reconociéndome a mí y yo definitivamente dormido sobre la camilla. Ese día decidí cambiarlo todo.
"¿Todavía te duele?", me preguntó su fantasma poniéndose una mano en la frente para protegerse de la resolana. En mi sueño yo hacía algo muy curioso: no me acercaba a darle un beso ni me sentaba a su lado. No dejaba de correr ni me detenía, de pronto flotaba en un recuerdo. Me recordaba a los doce años leyendo "Los hijos del capitán Grant". Un libro de tapas duras con una portada inolvidable: un águila de los Andes levantaba vuelo y se llevaba, agarrado por los hombros, a un niño asustado.
Descubrir que hacía una revista subversiva durante el Proceso y más tarde que votaba al peronismo, no hizo más que confirmarle las más negras presunciones
Hacía muy poco que había decidido ser escritor, y quería saber qué significaba exactamente eso. En la solapa se decía que Julio Verne había escrito más de cincuenta novelas. De modo que si aspiraba a ser un novelista tenía que poner manos a la obra y no podía perder un minuto. Desde ese momento, siempre estuve en falta con la literatura y en crisis con el tiempo. La vida estuvo llena de libros pero también de distracciones: estudios, amores, aventuras, política, trabajo, periodismo. Maravillosas distracciones que me apartaban de mi misión personal: escribir. Todavía mi ansiedad, que los médicos advierten en sus historias clínicas, deriva de esa promesa imposible de cumplir que me hice a los doce años. Y que me metió en graves dificultades. Cursé una parte de la secundaria en el Colegio Carlos Pellegrini, bajo régimen militar, con preceptores que parecían policías y que nos esperaban armados, y me dediqué todo el año a escribir, a leer y a ver películas. Cuando desperté de esa ensoñación literaria tenía que rendir nueve materias entre diciembre y marzo. No pude hacerlo, y le rompí el corazón a mi padre. Para un emigrante que venía de la posguerra civil española y que vivía en Palermo Pobre, un mal estudiante era poco menos que un delincuente precoz. Me mandó a un colegio de San Cristóbal y me dio por perdido. Y aunque nunca más tuve problemas escolares, Marcial no me levantó la veda: la literatura pasó a ser una maldición, y luego el periodismo, una forma de la vagancia. Descubrir que hacía una revista subversiva durante el Proceso y más tarde que votaba al peronismo, no hizo más que confirmarle las más negras presunciones.
Tuvimos quince años de decepción y guerra fría, y al final una larga y cariñosa reconciliación basada en mutuos armisticios. Pero la mirada desaprobadora de mi padre fue muy formativa. Cargué con ella mucho tiempo, dudando si no tendría algo de razón. Eso me enseñó a nadar contra la corriente y me obligó a redoblar esfuerzos. "No, ya no me duele; de verdad que ya no me duele, papá", le respondí por fin en aquel sueño. Y no esperé a ver su cara: me desperté llorando.





