
La dignidad humana, el valor esencial
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"LA libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana." Con estas palabras tan ceñidas, y en el fondo tan simples, comienza el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya proclamación por la asamblea general de las Naciones Unidas se cumple hoy, exactamente, medio siglo.
Un puñado de normas simples y escuetas aparece inserto en los 30 artículos de ese texto celebérrimo, cuyo contenido expresó los ideales -y también los legítimos temores- de una generación que había asistido a la mayor de las hecatombes de la historia, que había tocado infamias inimaginables hasta ese momento, que había aprendido la dura lección de que la capacidad portentosa que anida en las mentes humanas puede servir, con entera indiferencia, a la exaltación más sublime o a la crueldad más terrible.
De las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y del oprobio de los totalitarismos resurgía la noble concepción que ya en el siglo XVIII había alumbrado las primeras declaraciones universales de derechos, nacidas al abrigo de la Revolución Francesa y del proceso emancipador que condujo al nacimiento de los Estados Unidos de América.
Recobrada la paz, la humanidad se asomaba, hacia 1948, a un porvenir todavía cargado de incertidumbres. Renovados miedos y severas desconfianzas se entrelazaban con las preocupaciones cotidianas de un mundo que soñaba con garantizar definitivamente la vida, la seguridad y la libertad a todos sus habitantes. Gobernantes y diplomáticos de los cinco continentes potenciaron ese sueño con la humilde lucidez en que se funda la sabiduría. Las discrepancias dieron paso a una conmovedora unanimidad, que dejó como herencia a las generaciones venideras la voz transida de una declaración que está ya incorporada al acervo moral de la humanidad.
Han pasado cincuenta años y el compromiso con la defensa de los derechos esenciales de la persona humana sigue vivo, más allá de las sombras y los retrocesos que registra la historia reciente. Las verdades contenidas en ese texto fundamental han sido, en muchos lugares y en diferentes ocasiones, letra incumplida, pero no letra muerta, porque las mantiene vigentes el anhelo inextingible, que anima a millones, de construir un mundo mejor, más justo y más armónico.
A cada época le cabe una tarea característica; en 1948 era obligación prioritaria enunciar principios que reconociesen la dignidad del hombre, era menester hacerlo en voz alta para que se los oyese por sobre las ruinas que habían sembrado los ideologismos extraviados. Hoy, cuando está a punto de concluir el siglo XX, se dibuja más nítido que nunca el desafío de lograr que esos principios y las garantías que ellos establecen sean no sólo retórica enaltecedora sino vivencia concreta y que a su claro mandato se vayan ajustando, cada vez con mayor rigor, las contradictorias realidades del mundo.
Por fortuna, la Argentina ha hecho su camino en ese sentido y hoy, superados los desencuentros y las frustraciones de un pasado en el que la sociedad se vio sometida a desgarradoras experiencias, atraviesa una etapa de reconstrucción moral e institucional en la que nadie cuestiona el decoro de la condición humana, el respeto al pluralismo de las ideas y el acatamiento al Estado de Derecho. Nuestra Constitución, que ya en su texto histórico de 1853/60 había consagrado de manera inequívoca la inviolabilidad de los derechos individuales, ha hecho suya la declaración de las Naciones Unidas y sus preceptos universales están, por lo tanto, reconocidos como pilares de nuestra organización constitucional. La adhesión a esos principios entraña una definición filosófica: la que concibe a la persona humana -y a su dignidad- como el principio y el fin de todo sistema jurídico, social e institucional.




