La doctrina del mal menor
Si la inteligencia, definida por Piaget, es la capacidad de adaptación a situaciones nuevas, ¿qué calificación le está reservada a la sobreadaptación a situaciones antiguas?
En nuestra vida política, en particular, sobrevive desde hace años una categoría que obstruye de antemano la posibilidad de cambio, y es indicio tal vez de exceso de adaptación: se trata de la noción de mal menor. Con ella se designa la necesidad de elegir lo menos malo entre dos o más alternativas. Esta visión sería admisible sólo si uno eligiera asépticamente entre opciones y no interviniera en su diseño. Pero, ¿llueven las opciones, malas o buenas, del cielo?
De todos los modos de legitimación retrospectiva de nuestra historia reciente, el mal menor es el preferido. Si hay un desastre económico, por lo menos tenemos democracia. Si somos uno de los portales de la corrupción más visitados del Cono Sur, por lo menos hay reforma económica. Así se tiende a justificar, con la resignación de una necesidad histórica, nuestra experiencia reciente de "democracia-economía-moralidad". Y si es cierto que hemos erradicado muchos males mayores, nos hemos convertido simultáneamente en grandes productores de males menores.
El efecto por la causa
De la doctrina del mal menor nacieron hijos diversos y siniestros, tanto golpes militares como la acuñación de la frase "roban, pero hacen". Funciona como justificación de la realidad que no nos gusta, es un índice de desvitalización y una señal de inmensa tolerancia a la frustración.
Sin embargo, hay una pregunta clave: ¿es el mal menor una lectura posterior que se hace frente a hechos irreversibles, o los hechos provienen precisamente de interpretarnos hace tiempo con ese concepto? En realidad, la doctrina del mal menor es una de las grandes metonimias de la Argentina. Metonimia es la figura retórica que consiste en tomar el efecto por la causa. Cuando uno quiere justificar una conducta, la inversión de la causa y el efecto es un salvavidas tentador.
Un ligero sacrilegio kantiano permitiría agregar la categoría de mal menor como uno de los a priori que en realidad modelan nuestra experiencia política. Cuando se dispone de una categoría fuerte en la construcción de la realidad, cada paso empírico no hace más que confirmarla, simplemente porque, como el rey Midas, nuestras categorías convierten todo lo que tocan en lo que ellas son.
Así, el mal menor no proviene de que tengamos dos o más alternativas malas, sino que fabricamos malas alternativas precisamente porque impera en nosotros esa idea. No elegimos nunca entre lo que tenemos disponible, sino que tornamos disponible para nosotros, como opción, lo que ya hemos elegido. Y el mal menor es una sanguijuela aceptada que chupa la sangre de nuestra concepción del mundo antes de que aparezcan las alternativas.
Nietzsche señalaba que no existen hechos, sino sólo interpretaciones. El modo de interpretarnos a nosotros mismos siempre delineará los hechos. Si decidimos pensar una relación internacional en términos de "relaciones carnales", por ejemplo, estaremos a un paso de que el otro nos exija deberes conyugales, más que cerca de obtener un trato comercial igualitario.
Hay que destronar este concepto impostor, este garfio conceptual que debilita de antemano las iniciativas y tapona cualquier nueva corriente de exigencia hacia nuestra política, señorita que parece no aceptar que se le exija demasiado: si se la acusa de cínica, se dirá que siempre lo fue; si se la acusa de hipócrita, recibiremos sonrisas paternales; si se dice que es maquiavélica, se nos señalará que El príncipe está escrito ya desde hace siglos.
Si leemos esta situación resignada dentro de un contexto más amplio, economía y política parecen estar actualmente atravesadas por dos procesos antitéticos de aceleración: mientras el primero es un monstruo impiadoso que devora todo a su paso, el segundo permanece en una forma de entumecimiento total. La venta de Patagon.com, a un precio muy superior al de otras empresas de inmensos activos físicos, grafica un desplazamiento valorativo: la apreciación de lo que está en potencia y la lenta desvalorización de lo que está en acto. En política, se observa la tendencia inversa: por más que se declare lo contrario, existe en los hechos un gran apego por lo que está en acto y una permanente postergación de lo que está en potencia.
Esta parálisis política no es sólo local: todos sabemos que las financiaciones de las campañas políticas son formas disfrazadas de ofrecimientos iniciales de acciones (IPO) en los que se privatizan las casas de gobierno. La financiación de las campañas es el punto más crucial de cualquier democracia, dado que conlleva la potencial exterminación de su sentido. No lejos de esta sospecha estaba el senador John McCain, digno candidato de las primarias republicanas. Sin embargo, a la gente no pareció interesarle demasiado este punto, tal como lo confirma la elección de los candidatos.
Conocerse o crearse
Este punto no deja de tener su réplica agravada aquí: los senadores del PJ y de la UCR no aceptan incluir en el proyecto de lavado de dinero un mecanismo de control para evitar que los partidos puedan utilizar fondos provenientes del narcotráfico. Sí, hay que leerlo de nuevo. ¿Cómo es posible? Otro indicio de que el viento sopla extenuado sobre nuestra política es que hace años se debate la desaparición de las listas sábana y nada ocurre. ¿Quién compraría una bolsa de productos a ciegas en un supermercado? ¿Qué justifica su permanencia? ¿Qué extraña fatalidad nos gobierna?
La pieza de sabiduría clásica que nos ha dado el mandato de "conócete a ti mismo" es admirable, pero supone cierta aceptación pasiva de una naturaleza preexistente. A la política actual parece ser necesario aplicarle una máxima más rebelde: más importante que conocerse es crearse a símismo. Porque el martillo que se utilice para esculpir su nueva figura será simultáneamente necesario para demoler la anterior.




