
La dolarización es sinónimo de costos ciertos y beneficios difusos
Por Adalberto Rodríguez Giavarini
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La iniciativa de reemplazar el peso por el dólar sigue ocupando un lugar central en la atención de la sociedad desde dos ópticas bien definidas. Por un lado, es materia de un creciente debate profesional que no debe ser subestimado, ya que las decisiones adoptadas sin un adecuado sustento técnico pueden ser altamente costosas para la sociedad.
Al mismo tiempo, se advierte en algunos sectores del Gobierno la intención de avanzar en la polémica iniciativa con hechos concretos, aunque en otras áreas de la administración predomina un enfoque más gradualista con cronogramas más amplios; en todo caso, la Reserva Federal de los Estados Unidos mira sin ningún entusiasmo la idea, tal como lo destacó claramente su titular Alan Greenspan Conviene recordar que se han definido en principio cuatro caminos a través de los cuales podría transcurrir un proceso de dolarización: Que ésta sea de "facto" en un contexto de hiperinflación, luego convalidada en el plano jurídico. La historia tiene varios ejemplos de hiperinflaciones en los que transitoriamente tuvo lugar una sustitución en favor de una moneda fuerte. Pero, producida la hiperestabilización y consolidadas en el tiempo instituciones fiscales y financieras confiables, la moneda nacional siempre resurgió. En la Argentina actual, pese al régimen bimonetario existente, el peso cumple más funciones que a fines de 1990.
Una dolarización gradual unilateral dentro de normas jurídicas preestablecidas. Este esquema podría inicialmente ser optativo, como lo es para las transacciones financieras. No debe pasar inadvertido que algunos funcionarios han anunciado que se estudia la implementación del pago de impuestos y salarios optativamente en una u otra moneda, de manera de ampliar la utilización del dólar como medio de pago.
Un acuerdo de asociación monetaria bilateral con Estados Unidos.
La creación de una Unión Monetaria Regional que adopte el dólar como moneda común.
La experiencia internacional ofrece una variada gama de países o territorios que han adoptado como propia una moneda ajena, aun cuando observan una característica común: se trata de naciones en general muy pequeñas desde el punto de vista de extensión geográfica, población y PBI; en otras palabras, el nivel global de transacciones realizado dentro de sus límites tiende a ser, en términos relativos, bajo.
Andorra, San Marino y Mónaco, en Europa, utilizan la moneda de algunos de los países que la rodean. Las islas Marshall y Palau, en el Pacífico, y Panamá, en América Central, en las cuales la impronta de Estados Unidos ha sido fuerte, utilizan en dólar. No hay antecedentes de economías "medianas" -como la argentina- en que se haya dado ese paso. En cambio, en el caso de la convertibilidad existían muchos antecedentes históricos para confrontar, aunque los sistemas basados sobre cajas de conversión eran poco aplicados cuando la Argentina lo adoptó.
El propósito de la dolarización -según las palabras del Gobierno- sería consolidar la estabilidad y propender a una reducción de la tasa de interés, objetivos fuera de discusión.
Sin embargo, ¿es la dolarización la vía para alcanzarlos?
La necesidad de que la moneda que circule en la Argentina sea la norteamericana es francamente controvertible: hay países que gozan de estabilidad de precios y que mantienen un tipo de cambio fijo y otros que lo hacen con tipo de cambio flotante "anclando" la cantidad de dinero o adoptando -y sosteniendo- metas de precios. La clave de la estabilidad radica más en la sensatez del diseño de la política macroeconómica -particularmente en el plano monetario y fiscal- que exclusivamente en la cuestión del tipo de cambio.
La reputación y credibilidad de nuestro país se incrementará en la medida en que se transite el sendero de la prudencia, de tal forma se reducirá el factor de incertidumbre.
La aptitud de la dolarización para reducir la tasa de interés también es relativa. Por ejemplo, en el caso del costo del financiamiento para el Estado, el elemento predominante es su solvencia, que explica en buena medida la prima de riesgo país que actualmente se eleva a 700 puntos básicos. Existe un diferencial explicable por el riesgo cambiario, pero la evolución del diferencial entre el rendimiento de los Bocon en pesos y en dólares muestra que no es demasiado relevante: a fines de 1998 osciló debajo de los 50 puntos básicos.
Son diversos los trabajos realizados con respecto a las razones por las cuales la tasa de interés en la Argentina es elevada y los márgenes de intermediación significativos. En general, el diagnóstico es coincidente: 1) el todavía bajo nivel de monetización que limita la capacidad de los bancos de absorber costos fijos de estructuras probablemente aún sobredimensionadas; 2) el "costo" del seguro que es necesario pagar para mantener un sistema financiero con mayor liquidez (mayores encajes) y con menor leverage que en otros países con mayor tradición de estabilidad; 3) elevados costos administrativos y de captación de información sobre riesgo de crédito; 4) gravitación de las carteras pesadas. Si bien los márgenes se han reducido, las turbulencias implican retrocesos a partir de los cuales es necesario redoblar los esfuerzos. La dolarización apenas mitigaría estos cuatro factores.
Desventajas
La opinión pública ha considerado tres cuestiones acerca de los costos de la dolarización: la ausencia del prestamista de última instancia (parafraseando a Greenspan), la pérdida del señoreaje; y la adaptación de dos economías cuya productividad crecería en el largo plazo a distinto ritmo -presumiblemente mayor en la Argentina que en Estados Unidos-, a un esquema de divisa común, con monedas "independientes" el peso se revaluaría gradualmente.
Con respecto a la falta del prestamista de última instancia, la dolarización no modificará el hecho que los bancos deberán seguir manteniendo alta liquidez para enfrentar eventuales corridas sistémicas de origen no cambiario. De tener superávit fiscales acumulados, el Estado podría ejercer alguna acción mediante operaciones de rescate de las carteras de títulos públicos de los bancos.
La pérdida de señoreaje no es baladí. El circulante en poder del público en pesos asciende 13,0 miles de millones y el Banco Central deberá canjearlos por dólares que hoy tiene colocados en el exterior -inicialmente, para ello deberá desprenderse de estos activos, lo que requería un proceso de ingeniería financiera- dejando de percibir intereses. No se advierte forma de evitar pagar ese costo cada año.
En el mediano plazo, en el contexto de un proceso de integración regional amplio, con intenso intercambio comercial entre los países socios, con instituciones comunes consolidadas y políticas económicas armonizadas, se originarán las condiciones para una moneda común que bien puede ser el dólar, o cualquier otra por crearse.




