
La drástica purga argentina
Por Orlando Barone
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La purificación cristiana con vino y agua ofrece al penitente la limpieza de su alma sin dejarle más consecuencia física que la dulce caricia de esos dos elementos. Más letales y drásticos, los antiguos purificadores rituales de El Agnihotra del Veda pasaban a los impuros por el fuego. No se sabe si se purificaban, pero sí que se transformaban en cenizas. Acaban de recomendarnos una purificación general ni cristiana ni egipcia: drástica.
Por alguna fatalidad la palabra drástica viene de drama, que en griego quería decir "yo actúo o yo obro", y que hoy se emplea para calificar a una purga eficaz, a un revulsivo enérgico; al rigor de un tratamiento económico recetado a la Argentina para que logre limpiarse de una vez por todas. La receta suena brutal: y es coherente con la fuente de origen. Nadie podría esperar nada plácido, nada gozoso, de quienes han dado pruebas de sensibilidad menor que un témpano de hielo sobre un muerto. "Primero hay que saber sufrir/ después amar, después partir/ y al fin andar sin pensamientos": el tango de Expósito anticipa el destino de vacío que nos llega una vez que empezamos a sufrir. Sin pensamientos es una forma de resignación, o de sometimiento. El pensamiento no es un valor que deba pertenecernos por cuanto ya les pertenece a los otros: a quienes nos "pensamientan" porque nos niegan toda probabilidad de usar ese atributo. El rol de la sabiduría les corresponde, como a nosotros el rol del desconocimiento.
Las reformas tienen que ser "drásticas" nos acaban de decir. Y nos muestran otra vez el quirófano, que por curiosa coincidencia nos resulta familiar: se parece al que entramos a operarnos sin anestesia durante todos estos años.Y el consejo del médico de cabecera que emite la receta es el mismo que hasta ayer nos amputaba miembro por miembro y que ha sido reelegido por nosotros por vocación y por debilidad espiritual. Y por la desventaja de nuestras fuerzas. Su dictamen, aparte de que cuenta con algún notable y generoso consenso internacional, cuenta también con el interesado consenso de una reducida parte de los residentes de esta tierra que saben de antemano que poseen suficientes recursos para eludir el efecto de la purga. Y cuenta también con el obligado estoicismo de gran parte de los purgados. De quienes van a ser nuevamente vaciados si es que aún les queda algo para expurgar.
El recipiente con nuestras evacuaciones extraordinarias, a causa del purgante ingerido largamente, contiene ya gran parte del patrimonio, de la salud, de la educación, del empleo, de los ingresos, de las jubilaciones argentinas. Gran parte de la infancia y del futuro. Rebosa de las eyecciones a que nos han obligado con la promesa de que yahechas las deposicionesdel Estado de bienestar y del Estado carnívoro íbamos a empezar a gozar del "estado global trascendental". Y aquí estamos gozándolo, magros, maltrechos y deshidratados. Y enfrentándonos unos a otros, ya pobres, como ratones de laboratorio encerrados en un atolladero con una sola salida a la cual, después de la carnicería, accederán unos pocos supervivientes. Siempre pocos: porque el mensaje actual de la economía nunca derrama más y si lo derrama, siempre lo hace entre los menos.
Las medidas drásticas que debería cumplir la Argentina no contemplan ni el resarcimiento del saqueo reciente, ni la recuperación de los bienes de parte de los damnificados, ni siquiera la condena de nuestros acreedores a los deudores nativos verdaderos, con nombres de personas o de grupos económicos que se apropiaron de los préstamos adjudicados. Y que han logrado este milagro de equidad: cada argentino debe cinco mil dólares de deuda externa. Así que el recién nacido, apenas abandona la placenta,tiene la misma deudaque cada uno de los corsarios que se robaron todo; el jubilado pobre debe igual que el corrupto que en los últimos diez años se empachó hasta hartarse y que jamás fue purgado. Un chico de la calle tiene igual parte de deuda que Zulemita y Antonito.
La deuda externano es de los argentinos, sino de ciertos argentinos y de ciertos sectores. No podemos socializar indiscriminadamente el desacierto de individuos codiciosos. No es justo discriminar selectivamente a quienes reciben las ganancias y en cambio, a la hora del reparto, ser comunistas distribuyendo igualitariamente las pérdidas. Yupanqui podría decir ahora que las deudas son de todos y las ganancias de unos pocos.
No es que el mundo sea un gran casino, como dijo Fidel Castro. Un casino al menos es más democrático: gana el que tiene suerte. Aquí ganan los que armaron a su favor el mecanismo oculto de la ruleta. Y aunque nadie sabe si en el mundo podría llegar a suceder todavía algo no anunciado, que podría purificarlo de toda esta toxina financiera, se sabe al menos cómo evitar el exceso de laxantes. No abriendo la boca como idiotas. No dejándose meter la cuchara en el plato. No dejando que en nombre de nosotros nos condenen a deudas eternas y a sus consiguientes crónicos purgantes.
No se puede estar todo el día yendo y viniendo del baño. Algunos marcan la fecha de hoy, hace 26 años, como el principio del estreñimiento. Desde entonces hubo una purga humana y purga de calidad de vida. Pero organismo tenaz, tozudo, inclaudicable, la Argentina sigue expurgándose hasta cuando ya no parece tener ni un resto de sustancia, ni un resto de materia digestiva. Mientras hay jugo hay esperanza.
La purga nos achica. A lo mejor, también nos agranda.
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