
La educación patriótica
Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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En los casi 200 años de historia argentina hay logros y fracasos, penas y satisfacciones que cada cual evalúa según simpatías e ideologías. Sin embargo, existe cierto consenso en cuanto a reconocer que la construcción de un sistema educativo con gran capacidad de inclusión social resultó un acierto, más allá de las limitaciones propias de la tarea humana.
Crear un marco nacional para reunir las dispersas jurisdicciones del imperio español devenidas en repúblicas fue la obra política del siglo XIX. Después, para poblar la Argentina se convocó a "todos los hombres del mundo" (1853). La amplitud del territorio y la escasez de habitantes justificaban el llamado. Sin embargo, cuando esos inmigrantes acudieron en forma masiva, el grupo dirigente del país criollo se inquietó. ¿La descendencia de esa mezcla de elementos heterogéneos se vincularía emocionalmente con el suelo en el que había nacido o se identificaría con el de sus padres y ancestros?
El temor de que un cosmopolitismo excesivo convirtiera el proyecto de nación en una factoría orientó la tarea educativa en vísperas del primer centenario de Mayo. La solución que encontraron para asimilar al extraño y evitar las doctrinas extremistas (anarquistas, maximalistas) fue la "enseñanza patriótica", aplicada sistemáticamente en la escuela primaria pública y privada a partir de mayo de 1908, hace exactamente cien años.
Dicha enseñanza consistía en recordar a los próceres fundadores en actos escolares y en actividades pedagógicas controladas por el Consejo Nacional de Educación.
En 1908, presidía aquel organismo el doctor José María Ramos Mejía, principal responsable de la iniciativa. Médico fundador de la Asistencia Pública, historiador, autor de Rosas y su tiempo , Ramos Mejía llevaba la historia en la sangre. Era hijo de uno de los hacendados que en 1839 se habían sublevado contra Rosas y habían acompañado la cabalgata póstuma de Lavalle, y nieto de don Pancho Ramos, que en el pago de Kaquel Huincul inauguró una modalidad civilizada de tratar al indígena de la frontera sur.
El problema de argentinizar al hijo del inmigrante se había planteado desde la década de 1880, cuando, en medio de las dificultades para establecer la enseñanza primaria en todo el país, se advirtió la influencia negativa de las escuelas de las colectividades, que enseñaban la historia, la geografía y el idioma dándoles prioridad a sus respectivas patrias de origen. Sarmiento había intervenido en el debate y había propuesto la escuela pública como el mejor lugar para aprender, porque daba oportunidades similares a todos los niños y se inspiraba en principios universales.
Hacia 1900, el tema se centró en la enseñanza de la historia nacional. Se habían escrito ya las obras clásicas de nuestra historiografía y los textos escolares pioneros, pero no se trataba de incorporar a la escuela la historia aséptica y rigurosa, sino de lograr un relato simplificado que impresionara la imaginación infantil y resultara creíble. En esto la Argentina acompañaba la tendencia general de las naciones que narraban la historia a los jóvenes con la intención de promover el patriotismo (y que en muchos casos caían en un peligroso chovinismo).
"El maestro debe despertar en los niños el estimar más la calidad de americano que de extranjero", postuló Manuel Belgrano en el reglamento de las escuelas que había donado a la Patria. Por su parte, los nietos de la Generación de Mayo descartaron la tradición española colonial y se limitaron a exaltar la gesta de la Independencia, hasta el punto de sacralizarla.
A los observadores extranjeros les parecía casi grotesco que los maestros se refirieran a las glorias militares argentinas poniéndolas a la par de las grandes campañas de la historia europea. Pero entre los docentes argentinos la enseñanza patriótica tuvo rápida aceptación.
En 1908, frecuentaba la escuela el 50% de la población escolar potencial. Como en 1895 la proporción había sido del 30%, podía hablarse de un progreso firme, aunque persistiera la deserción y la diferencia entre el número de analfabetos en la Capital Federal (11%) y las provincias más pobres (58%) fuera profunda. Para acortar distancias se sancionó, en 1905, la ley Láinez, que exigió duplicar el presupuesto nacional de las escuelas dependientes del Consejo. Asimismo, con motivo del Centenario se proyectaba crear mil escuelas más (Adolfo Posada. La República Argentina , 1912).
Con sus ingenuidades y simplificaciones, la enseñanza patriótica empezó a funcionar y obtuvo rápidos resultados. "Tal vez no exista ningún país donde la prensa, la universidad, la escuela trabajen tan de acuerdo para preservar el recuerdo de las glorias nacionales. Esta propaganda ha dado sus frutos. No se encontrará un muchacho o una niña que no recuerde el nombre de San Martín", anota Pierre Denis ( La valorización del país. La República Argentina , 1920 ).
Desde un punto de vista argentinista, Ricardo Rojas reconoció dificultades evidentes en la narración de la historia: "Se trata de un pasado de tradiciones contradictorias, con indios, conquistadores, gauchos, inmigrantes y criollos no refundidos aún en una síntesis superior de cultura. Esta civilización incipiente ha trabajado poco sobre las propias ideas y vive del préstamo o del trasplante europeo".
Por su parte, Juan Alvarez reflexionó en tono más crítico: "Como los niños de hoy producirán con su voto las leyes de mañana, parece indicado enseñar a cada generación, además de las ventajas, los defectos del país; además de lo que se hizo, lo mucho que queda por hacer. Y para esto lo más sencillo es ajustarse pura y simplemente a la verdad. El presente y el futuro son lo principal; el pasado, lo accesorio, y es inadmisible que un país de amplísimos horizontes como el nuestro concluya por recomendar en sus escuelas el quietismo a fuerza de admirar el pasado" ( La escuela argentina y el nacionalismo , 1916).
La educación patriótica, que comenzó hace un siglo, pudo trasmitirse en épocas de prosperidad y crecimiento, de estancamiento y de crisis, en democracia y en dictadura, luego de dos guerras mundiales en las que el mundo cambió y en medio de los conflictos de la Guerra Fría; en ese largo siglo en que la Argentina pasó de ser la nación más promisoria de América del Sur a la de la crisis de 2002, en la que no faltaron quienes negaran la existencia de la República. "Los argentinos existen, la Argentina no", conjeturó el intelectual francés Alain Touraine. Poco después, ese país así negado se recuperó y tiene hoy la vitalidad suficiente para discutir los temas relativos a producción e impuestos, federalismo y representación.
También lo que respecta a la educación del ciudadano merece debatirse. En vísperas del Bicentenario hay quienes, a la usanza del 900, se deleitan en recordar viejas glorias, y los que desde un neorrevisionismo sólo ven las culpas del pasado. En la búsqueda de ese equilibrio, la propuesta de Juan Alvarez y su apelación a la construcción del futuro resultan un inteligente punto de apoyo para este nuevo milenio en el que las naciones, pese a todo, persisten en ofrecer un refugio a la medida de lo humano ante las incógnitas del porvenir.





