
La enseñanza de los premios Nobel
Cómo EE.UU. logró convertirse en la gran potencia mundial
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El mundo tal como hoy lo vivimos es en gran parte una consecuencia del resultado de la última gran guerra. ¿Cómo sería nuestro presente si la Alemania de Adolfo Hitler hubiera contado con la bomba atómica, con el radar y con una contraparte aliada sin estos instrumentos bélicos? Aunque éste sea un ejercicio mental cuya fecundidad estaría por verse, podemos intentarlo.
Si se puede medir el nivel científico de un país por el número de sus investigadores que recibieron premios Nobel, no es vano recordar que Alemania, desde que comenzaron a otorgarse dichos premios, en 1901, y hasta el comienzo de la guerra, en 1939, fue por mucha ventaja el país cuyos científicos fueron más premiados. Si el tema se circunscribe, además, a los premios Nobel de física, su ventaja es aun mayor.
Desde fines del siglo XIX hasta principios de la década del 30, la mayoría de los físicos que, con sus descubrimientos, iniciaron la física moderna, eran alemanes. Baste citar en tal sentido, entre otros, a Max Plank, Albert Einstein, Max Born, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg y Erwin Schroedinger. Para cualquier científico que buscara saber o formarse en la física más adelantada, La Meca era la Universidad de Berlín, o bien la de Goettingen u otras universidades alemanas.
Fue importante que los investigadores alemanes Otto Hahn, Fritz Strassmann y Lise Meitner obtuvieran la primera fisión nuclear de uranio en 1938. Los trabajos de Otto Hahn y de Lise Maitner fueron publicados a principios de 1939 en la revista especializada Naturwissenchaften y, por ese descubrimiento, Otto Hahn recibió el premio Nobel de Química en 1944.
Supongo que ese hecho alertó en primer lugar al físico húngaro emigrado Leo Szilard que, al avizorar la posibilidad de que Alemania llegara a desarrollar una bomba atómica, se puso en comunicación con Albert Einstein, también emigrado de Alemania, que ya se había establecido como profesor de Física Teórica en el Centro de Estudios Avanzados de Princeton, en los Estados Unidos. Ambos discutieron esa posibilidad y, dado el prestigio científico y público de Einstein, Szilard le sugirió que le escribiera al presidente Roosevelt para alerlatarlo sobre la posibilidad de que Hitler llegara a poseer un arma como ésa y sobre la necesidad de adelantarse a esa posibilidad.
Esa carta fue la chispa que inició el Proyecto Manhattan, cuyo resultado fueron las bombas atómicas que en 1945 se arrojaron sobre Hiroshima y Nagasaki. ¿Qué fue lo que permitió que los Estados Unidos se adelantaran a Alemania en una especialidad de la Física y en cierta medida de la Química, disciplinas científicas en las cuales Alemania estaba mucho más adelantada?
En primer lugar, la índole del régimen de Hitler, represor de las libertades en general y de la libertad de opinión, junto con las hipótesis y las leyes antisemitas, a las que se adhirió el régimen fascista de la Italia de Musolini años después. Todo ello produjo la emigración de muchos de sus físicos más destacados. Así, Albert Einstein, premio Nobel de Física en 1921, dejó Alemania en 1933. Y James Franck, que obtuvo ese galardón en 1925, fue desde el principio uno de los primeros en oponerse a las leyes racistas dictadas por el nazismo y emigró de Alemania para radicarse en los Estados Unidos, donde dirigió la división química del Laboratorio de Metalurgia de la Universidad de Chicago, que fue el centro del Proyecto Manhattan. También la física Lise Maitner, que había trabajado en dupla con Otto Hahn durante 30 años y huyó de la Alemania nazi en 1938, fue invitada a incorporarse al Proyecto Manhattan.
Un caso similar fue el de Hans Bethe, galardonado con el premio Nobel en Física en 1967, que había sido profesor en la Universidad de Tubinga en Alemania, perdió su puesto al ascender Hitler en 1933 y emigró entonces a los Estados Unidos. Allí trabajó, durante la guerra, en el Laboratorio de Radiación del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT); también lo hizo en el Laboratorio científico de Los Alamos, donde se ocupó del radar de microondas y luego del ensamblado de la primera bomba atómica. Relacionados con estos casos están los de los investigadores de países que sufrieron el mismo tipo de medidas, como fue el caso de los italianos Enrico Fermi, premio Nobel de Física en 1939, y de su discípulo Emilio Segre, que lo recibió en 1959.
En su mayoría, quienes serían galardonados con el premio Nobel en física eran emigrados de Alemania y de otros países ocupados por los nazis. También lo eran quienes recibirían esa distinción en otras dos disciplinas científicas: tales fueron los casos, en Química, de Richard WillstŠter (premiado en 1915) y Roald Hoffman (en 1981), y, en Medicina, de Hans Adolf Krebs (galardonado en 1953), Konrad Bloch (en 1964), Max Delbrück (en 1969), Otto Loewi (en 1936) y Albert Szent Gyšrggi (en 1937).
Es innegable la influencia de estos premios Nobel, así como la de muchos otros investigadores científicos de gran valía que no llegaron a recibir estos premios -pero cuyo nivel científico era similar- en los adelantos científicos que se lograron en Estados Unidos, el país que los acogió y que se convirtió, hoy por hoy, en el más poderoso del planeta.
La importancia que tuvo la influencia de la ciencia, y también la de la tecnología, en ese crecimiento, se hace evidente si se tiene en cuenta el paralelismo entre el crecimiento económico de los Estados Unidos -al que se liga su poder político- y el crecimiento del número de premios Nobel ganados por los investigadores estadounidenses.
Hasta 1940, los Estados Unidos recibieron muchos menos premios Nobel que Alemania, Inglaterra o Francia, pero a partir de ese año se produce un incremento muy fuerte en los premios Nobel de origen estadounidense, a tal punto que, en el año 2002, el número del total de Premios Nobel de esa nación supera el total sumado por Alemania, Inglaterra y Francia.
Es interesante señalar que, en el conjunto de los Nobel estadounidenses de los primeros años después del 40, una buena parte de los que figuran son ciudadanos estadounidenses nacidos en el extranjero. Eso implica que el país que pierde un buen investigador no pierde solamente los resultados de sus investigaciones sino también la formación de buenos investigadores. En contrapartida, el país que gana un buen investigador gana también, además de sus descubrimientos, la pléyade de buenos discípulos que ese investigador extranjero es capaz de formar. Son extremadamente raros los buenos investigadores que se forman sin maestros, como es el caso de nuestro Bernardo Houssay.
En este sentido, podemos considerar el número de premios Nobel que algunos de los premiados que emigraron a los Estados Unidos han capacitado. Por ejemplo, Niels Bohr influyó con sus enseñanzas en la vida científica de diez premios Nobel. A su vez, algunos de estos últimos formaron a otros diecinueve premios Nobel. Directa o indirectamente, un total de 29 galardonados resultan de la obra del primero.
Los dirigentes de los países que se han desarrollado han tomado conciencia de que, para crecer, la ciencia y la tecnología son más importantes que las riquezas naturales, que el capital o incluso la mano de obra barata. Qué decir entonces de una Argentina que sistemáticamente ha expulsado a los investigadores que tanto cuesta formar en tiempo y dinero. Trabajan fuera de la Argentina más investigadores de los que lo hacen en el país. Para salir de la difícil situación en que vivimos, si bien ciencia y tecnología no son suficientes, son imprescindibles.





