La epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
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5 de mayo de 2020  • 18:44

"No era entonces Buenos Aires lo que es ahora", escribía en 1882 Lucio V. López en La gran aldea, recordando "aquel Buenos Aires de 1862, patriota, sencillo, semitendero, semicurial y semialdea" que ahora era "un pueblo con grandes pretensiones europeas". Entre esas dos fechas de progreso vertiginoso, la ciudad viviría la crisis sanitaria más trágica de la historia argentina.

El crecimiento demográfico de Buenos Aires fue muy lento; hacia mediados del siglo XVIII apenas superaba los 10.000 habitantes. En mayo se 1810 se estimaban 40.000 vecinos. El censo de 1854 estimó una población de aproximadamente 90.000 personas y el primer censo nacional realizado por Sarmiento en 1869 arrojó un total de 187.000 pobladores, la mitad extranjeros. La ciudad se extendía desde el río hasta plaza Miserere y desde el Riachuelo hasta Recoleta. Al momento de estallar la epidemia de fiebre amarilla en enero de 1871, Sarmiento era Presidente y el año anterior habían concluido la guerra del Paraguay y Urquiza había sido asesinado.

Las condiciones de salubridad eran normales para la época pero deplorables. Como no había cloacas, los desperdicios iban a la calle o se utilizaban pozos negros que podían contaminar las napas de las que se extraía el agua. Existían aguateros que la traían del río para quienes podían pagarla; solo las casas más ricas contaban con aljibes para almacenar agua de lluvia. En la zona sur, saladeros y mataderos faenaban miles de vacunos y ovejas por año, cuyos desechos arrojaban al Riachuelo. Residuos de todo tipo se utilizaban también para rellenar terrenos y calles, que en su mayoría eran de tierra y se transforman en lodazales con las fuertes lluvias del verano. Junto con la elevada humedad eran un caldo de cultivo perfecto para el mosquito que trasmite la enfermedad. Los médicos no conocían que un mosquito era la causa de transmisión. Buenos Aires había sufrido pestes anteriores y, debido a ello, la fiebre amarilla atemorizaba.

Según las crónicas de la época, a finales de enero tres personas mueren en un conventillo de San Telmo. Las autoridades porteñas no dan a conocer la noticia para no generar pánico en la población. En febrero se producen 290 casos pero la ciudad permite los festejos del Carnaval, mientras se sigue discutiendo si se trata de una epidemia. A principios de marzo se suspenden las clases y el Consejo de Higiene Pública dicta las primeras instrucciones para la población: desinfectar las letrinas, hervir la leche y el agua, quemar los objetos, las ropas y las camas de personas fallecidas. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Emilio Castro, cierra los saladeros. Comienza el éxodo de los porteños. Se estima que la tercera parte de la población huyó de Buenos Aires. La mayoría de los funcionarios públicos los acompaña. Por consejo de José Roque Pérez, Sarmiento y el vicepresidente Alsina salen de Buenos Aires. El caos comenzaba a adueñarse de la ciudad.

En marzo, el municipio está desbordado con docenas de casos diarios. Sin embargo, en esa dura circunstancia y honrando las tradiciones de la ciudad, la solidaridad de los vecinos viene en ayuda. En una asamblea ciudadana multitudinaria que tiene lugar el día trece en la Plaza de la Victoria se crea la Comisión Popular de Salubridad Pública, que se reuniría a diario. La preside José Roque Pérez (muere durante la epidemia), secundado por el periodista Héctor F. Varela. Como secretarios se nombran a Emilio Onrubia y Matías Behety. La integran figuras destacadas como el ex presidente Bartolomé Mitre, que cae enfermo pero logra salvarse, los hermanos Manuel Gregorio Argerich, jurisconsulto y Adolfo Argerich, médico (ambos fallecen), Carlos Guido y Spano, Evaristo Carriego (padre), Lucio V. Mansilla, el sacerdote irlandés Patricio Dillon, el canónigo José Domingo César, Bernardo de Irigoyen, Florencio Javier Muñiz (fallecido), entre otros. Una figura de destacada actuación es Enrique O´Gorman, jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, sin cuyo concurso no se hubiera conservado el orden indispensable para organizar el socorro de los enfermos.

El 1 de abril se produce el pico de la epidemia con 503 defunciones. Las calles están desiertas. Sin embargo, muchos ocupantes de conventillos se resisten a dejarlos, obligando a que se disponga el desalojo obligatorio. El Cementerio del Sud (actual Parque Florentino Ameghino) ve saturada su capacidad, por lo que la ciudad establece un nuevo cementerio en la Chacarita de los Colegiales, la chacra de recreo de los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires. Por la gran cantidad de cadáveres que se acumulan en todas partes y no pueden ser transportados, el Ferrocarril del Oeste construye en tiempo récord un ramal hasta el nuevo cementerio que será conocido como el "tranvía fúnebre". La Comisión Popular se multiplica con el apoyo de docenas de ciudadanos que arriesgan sus vidas por socorrer a los enfermos. Pero la crisis también muestra su cara tenebrosa y casas abandonadas son saqueadas, crecen los asaltos e individuos inescrupulosos buscan quedarse con propiedades a precio vil. Recién el 10 de abril se decreta feriado nacional hasta fin de mes.

Gracias a las medidas adoptadas, al éxodo de la población y a la abnegada labor de médicos, enfermeras, sacerdotes, policías y voluntarios de todas edades y condición, durante el mes de mayo la epidemia pierde vigor. El último deceso se produce el 29 de junio. Han muerto 13.761 personas, un 7% de la población. Entre ellas, doce médicos, dos estudiantes de medicina, cuatro farmacéuticos y un número de sacerdotes que en algunas publicaciones se elevan hasta sesenta. Un hermoso monumento los recuerda en el parque Ameghino. A fines de 1871, Juan Manuel Blanes pinta un cuadro estremecedor sobre la tragedia, que representa el terrible drama que vivieron los porteños.

¿Cuáles fueron las consecuencias de la epidemia? Buenos Aires implementó una gran cantidad de medidas para el saneamiento de la ciudad. Se inició la construcción de una red de aguas corrientes y de redes cloacales, se centralizó la recolección de residuos, se pavimentaron calles y veredas, se prohibió la actividad de los saladeros en la ciudad, se dictaron normas de higiene para los comercios, entre otras. Este esfuerzo es continuado durante distintas administraciones y culmina con la inauguración del majestuoso Palacio de Aguas Corrientes en 1894. Otra consecuencia fue el traslado de las familias pudientes a la zona norte de la ciudad y a localidades lejanas como Flores y Belgrano.

Mientras los vecinos de Buenos Aires daban un ejemplo de sacrificio y la prensa local llamaba héroes a quienes arriesgaban sus vidas, la política nacional se mantenía al margen de la tragedia. Observando los hechos de la época, se puede concluir que la brutal epidemia no modificó las conductas de los líderes políticos. Las luchas por el poder, sangrientas rebeliones militares, el conflicto entre la propia Buenos Aires y la Nación, siguieron su curso. A pesar de la conmoción que creó la epidemia, no se lograría la unidad nacional por acuerdos entre fuerzas políticas sino por imperio del unicato de Roca. Que trajo décadas de progreso y educación pero nunca logró establecer un sistema político estable y a resguardo de intereses de grupos de presión.

A un siglo y medio de la tragedia, hoy los argentinos enfrentamos una nueva y terrible pandemia. En los primeros días de la crisis se olvidó la grieta política y social que arrastramos y nos paraliza desde hace años. Los argentinos estamos mostrando nuestras mejores virtudes y nuestro sentido de la solidaridad. Hagamos votos para que esa unidad continúe una vez superada la pandemia y que, de ese modo, seamos capaces de abordar un programa común de gobierno para las próximas décadas, el único expediente que nos permitirá salir de la decadencia.

Miembro del Club Político Argentino

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