La epidemia silenciosa de los problemas de conducta en la infancia
En los últimos años, los problemas de conducta en niños y adolescentes dejaron de ser una situación excepcional para convertirse en una constante en consultorios, escuelas y hogares. Lo que antes se explicaba como casos individuales hoy muestra un patrón claro y sostenido: estamos frente a una epidemia silenciosa, de alcance global, que interpela a los sistemas de salud, educación y protección social.
Las cifras internacionales lo respaldan. Meta-análisis que reúnen estudios realizados en más de 30 países estiman que entre el 3% y el 8% de los niños y adolescentes presentan trastornos de conducta diagnosticables, según los criterios utilizados. Cuando se amplía la mirada a conductas disruptivas persistentes -aunque no siempre formalizadas en un diagnóstico-, distintos trabajos elevan la prevalencia a entre el 10% y el 20% de la población infantil.
La Organización Mundial de la Salud ubica a los trastornos del comportamiento entre las principales causas de discapacidad en la infancia, junto con la ansiedad y la depresión. No se trata únicamente de dificultades transitorias: se trata de cuadros que impactan de manera directa en la escolaridad, los vínculos sociales y el desarrollo a largo plazo.
Un estudio publicado en The Lancet Psychiatry mostró que la prevalencia de problemas conductuales aumentó de forma sostenida en las últimas dos décadas, incluso antes de la pandemia. Tras el Covid-19, diversos trabajos internacionales informaron un incremento de entre 20% y 30% en las consultas por desregulación emocional, irritabilidad y conductas disruptivas en niños y adolescentes.
Este fenómeno no reconoce fronteras. Investigaciones realizadas en Europa, Estados Unidos, América Latina y Asia describen tendencias similares: aumento de diagnósticos vinculados a la conducta, aparición cada vez más temprana de los síntomas y mayor impacto en el ámbito escolar. En varones, la prevalencia es hasta dos veces mayor, aunque en niñas las manifestaciones suelen ser menos visibles y, por lo tanto, subdiagnosticadas.
Uno de los aspectos más preocupantes de esta epidemia es la forma en que está siendo abordada. En muchos casos, la conducta dejó de ser interpretada como un síntoma para transformarse en el diagnóstico en sí mismo. El niño “es” el problema, sin una investigación exhaustiva de las causas que subyacen a ese comportamiento. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en los últimos años muestra que detrás de muchas conductas alteradas existen factores orgánicos, neurológicos y ambientales que no siempre se evalúan de manera sistemática. Distintos estudios internacionales han encontrado asociaciones consistentes entre problemas de conducta y trastornos del sueño, deficiencias nutricionales (hierro, zinc, vitamina D), alteraciones metabólicas, epilepsias no convulsivas, dolor crónico no diagnosticado, trastornos gastrointestinales y exposición temprana y excesiva a pantallas.
A esto se suma un fenómeno creciente: el aumento de diagnósticos basados casi exclusivamente en la observación conductual, con evaluaciones breves y sin estudios complementarios. La literatura advierte que este enfoque incrementa el riesgo de sobrediagnóstico, medicalización innecesaria y cronificación de los síntomas, sin mejorar el pronóstico a largo plazo.
Se trata de un problema de salud pública: el impacto de esta epidemia excede al niño y a su familia. Estudios realizados en países de la OCDE estiman que los trastornos de conducta generan costos sanitarios, educativos y sociales significativamente mayores que otras condiciones pediátricas crónicas. Las familias se ven sometidas a altos niveles de estrés, las escuelas enfrentan crecientes dificultades para sostener la inclusión y los sistemas de salud reciben una demanda que no siempre pueden abordar con respuestas integrales. Pese a ello, el problema continúa siendo tratado de manera fragmentada, como si se tratara de situaciones individuales y no de un fenómeno poblacional. Nombrarlo como epidemia no implica alarmismo, sino reconocer su magnitud y la necesidad de políticas públicas acordes.
Hay que repensar el enfoque. La conducta infantil no puede seguir siendo leída únicamente como un problema disciplinario o como una patología aislada. En muchos casos, es el primer indicador de un desequilibrio más profundo. Ignorar ese mensaje no solo posterga el diagnóstico correcto, sino que compromete el desarrollo futuro del niño.
La epidemia de los problemas de conducta en la infancia plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos observando más conductas o estamos dejando de buscar las causas? La respuesta a ese interrogante definirá, en gran medida, la salud mental de las próximas generaciones.
Médica especialista en neurodesarrollo para niños y adolescentes





