
La escalera que lleva al Paraíso
El drama de los marroquíes que día tras día tratan de cruzar la valla fronteriza que los separa del territorio español de Melilla, valiéndose de una escalera, es la metáfora del intento de ascender a un Cielo idealizado
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Todos los hombres sueñan con llegar al Paraíso. Pero no todos los paraísos son técnicamente iguales. Se asegura que los terroristas que volaron las Torres Gemelas tenían en su fuero íntimo la certeza de que pocas horas después de la tragedia entrarían alegremente en el Paraíso. Pero, ¿a qué Paraíso querían ingresar? ¿A un paraíso abstracto, desencarnado y celestial? ¿O a un paraíso que diera satisfacción a sus necesidades terrenas y viscerales?
Para un chico hambriento, habitante de la más pobre aldea subsahariana, el Paraíso puede estar representado por un enorme mostrador en el que se expenden gratuitamente toda clase de sandwiches y bebidas. Para los habitantes de una opulenta ciudad del Primer Mundo, hastiada de sus altos niveles de consumo, el Paraíso puede consistir en una playa desierta suavemente iluminada por el sol y en la que no exista el menor atisbo de civilización.
"Para subir al Cielo, se necesita una escalera grande y otra chiquita", decía una antigua estrofa popular que se cantó en distintas épocas y con diferentes melodías. La idea de utilizar una escalera para subir al Cielo ha sido usada infinidad de veces por el refranero popular en casi todos los idiomas y en casi todas las culturas. Pero a veces, como suele decirse, la realidad termina por superar a la metáfora. En estos días, en el norte de Africa, más específicamente en Maruecos, hombres de diversas edades, valiéndose de escaleras de diferentes tamaños, tratan de tomar altura para pasar por encima de la valla fronteriza de Melilla, la tradicional ciudad española, con la esperanza de ingresar técnicamente en la Unión Europea. Para muchos africanos -y muy especialmente para los subsaharianos- Europa es hoy lo más parecido al Paraíso que puede concebir la imaginación fatigada del Tercer Mundo.
Cuando leemos en la prensa europea -concretamente, en El País de Madrid- la conmovedora crónica de la experiencia vivida por Boucabar Baldé, uno de los tantos jóvenes que lograron saltar la valla fronteriza que separa a Marruecos de la estratégica Melilla, sentimos que la historia se repite absurdamente: hace apenas dos décadas nos estremecíamos con el relato de los alemanes que intentaban cruzar el Muro de Berlín. También ellos soñaban con llegar a un Paraíso, real o supuesto. Cuando se viene de padecimientos muy duros -de la opresión, de la pobreza extrema, de la falta absoluta de horizontes abiertos a una vida mejor-, se tiende a identificar el Paraíso con cualquier realidad mínimamente promisoria. Para los alemanes del Este, el Paraíso era la prosperidad occidental. En el imaginario de los africanos del norte, Melilla es hoy la antesala codiciada de la Unión Europea. ¿Cómo no soñar con ella?
El gran salto
Boucabar Baldé es un joven de 24 años que se acostumbró a mirar la valla fronteriza desde el lado marroquí. Sabía que detrás de esa valla se ocultaba la posibilidad de una vida diferente a la que siempre conoció. El martes último se decidió y pegó el gran salto. Hoy mira la valla desde el otro lado -es decir, desde Melilla, desde suelo español- y siente nostalgia por los que no pudieron trasponerla, por los que se quedaron en Marruecos.
Porque no todos los participantes de las avalanchas masivas que se registran periódicamente en la frontera cumplen su sueño de pasar a Melilla. Muchos fracasan en el intento porque la escalera les quedó corta o porque son repelidos por los guardias que tienen la misión de impedirles el paso a los migrantes. Pero en cada avalancha hay una crecida cantidad de jóvenes que logran su cometido. Boucabar Baldé es uno de ellos.
Los privilegiados que consiguen trasponer la valla son recibidos y alojados en las tiendas de campaña que el ejército español ha levantado en Melilla para dar respuesta a las sucesivas oleadas humanas que llegan desde Marruecos. Boubacar Baldé es uno de los tantos afortunados que han logrado poner un pie en el imaginado camino hacia la Europa mitológica del Primer Mundo. Instalado en las tiendas de campaña de Melilla, recibe zumos y refrescos de las organizaciones humanitarias, dialoga con el periodismo y hasta logra acceder a un teléfono móvil para hablar con su familia y contarle lo que está viviendo. Es que saltar la valla fronteriza es algo más que llegar a la antesala de la Unión Europea: es convertirse un poco en un fugaz héroe moderno y hasta sentir que los ojos del mundo están fijados en él.
Boubacar Baldé atravesó media Africa antes de llegar a Melilla. Salió de su país, Guinea Bissau, en marzo de 2004. Con incontables sacrificios, pasó sucesivamente por Senegal, Malí, Argelia y, finalmente, Marruecos. Algunos trayectos los hizo en unos pequeños automóviles, ya bastante añejos, en los que viajaban hasta treinta personas.
Quienes han logrado trasponer la valla y llegar a Melilla están en una ambigua situación. Pesa sobre ellos una orden de expulsión, pero esa orden no se puede cumplir, pues los países de origen no los admiten. El sueño de Boubacar es llegar a Barcelona, donde espera conseguir trabajo para enviarle dinero a sus padres, que quedaron en Guinea. No le va a ser fácil, seguramente, cumplir esa segunda parte del sueño, pero él está convencido de que ya tiene un pie en el Paraíso y que lo más duro de su plan ya pasó.
Entretanto, las sociedades europeas del Primer Mundo deberían emitir, a esta altura, señales un poco más claras sobre esta realidad social y cultural que las golpea a la distancia. Es comprensible que se resistan a aceptar la etiqueta de "paraíso" que se les pretende endilgar. Pero no hay demasiadas opciones. En algún momento tendrán que diseñar políticas migratorias efectivas y mínimamente generosas. El mundo confía en que, más tarde o más temprano, sabrán estar a la altura de la pesada responsabilidad que les asigna la historia. De lo contrario, terminarían entrando en contradicción con la gran tradición espiritual y humanitaria que está en la base de la cultura y la identidad de Europa. Por otra parte, como ha escrito Silvia Pisani, la corresponsal de LA NACION en España, los tabúes y los silencios en que muchos gobiernos pretenden encerrarse terminan siempre por desmoronarse cuando los desafíos a los que hay que hacer frente están motorizados -como en Melilla- por la desesperación y el hambre.





