La espiral de las revoluciones inconclusas

Liliana De Riz
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29 de junio de 2014  

El fantasma de la gran crisis de 2001-2002 se agita en el horizonte. La amenaza de colapso de la economía en medio de una recesión combinada con inflación creciente y déficit fiscal regresa con la deuda reclamada por los fondos buitre y largamente ignorada por el Gobierno. Los escándalos de corrupción proliferan y crece el poder del narcotráfico. En el sistema político, la fragmentación y proliferación de partidos y el personalismo rampante conspiran contra el fortalecimiento de organizaciones representativas y de alianzas duraderas.

A pesar de los esfuerzos en curso, se prologan los efectos de la crisis. El Estado en ruinas heredado de 2001 no dio paso a un Estado moderno de funcionarios sometidos al imperio de la ley. Éste es un Estado empresario y gestor que convierte los recursos públicos en botín para premiar y castigar y en negocio que sigue licuando la riqueza de todos. Carente de controles, la corrupción es sistémica, va más allá del clientelismo. Hoy hay tanta pobreza como en la década del 90. No hay un programa de futuro ni hemos encontrado un lugar en el mundo cuando más necesitamos evitar otro default que, sin alcanzar la dimensión del de 2002, tendría efectos devastadores sobre los sectores más vulnerables en momentos en que más necesitamos de inversiones extranjeras.

La Argentina navega en un barco sin brújula. La política aparece encarnada en los designios de la Presidenta y la sociedad queda condenada a la absoluta primacía de la interpretación.

Sin embargo, una mirada con perspectiva amplia revela el carácter cíclico de la política argentina. Cada movimiento hacia adelante parece inexorablemente contrarrestado por un regreso al punto de partida. A los ciclos de ilusión les suceden los del desencanto. Una historia caracterizada por la recurrencia de movimientos de restauración y de revoluciones inconclusas muestra que no es suficiente contar con la voluntad y la audacia de un líder para volver a fundar el país. Los reiterados intentos de refundarlo lo han fundido. Se precisan cambios en el funcionamiento del sistema político para que el Estado no fracase en el desempeño de su misión, y cambios en la cultura política de los argentinos para que el diálogo y la experimentación pavimenten un acuerdo de prioridades.

En la década trascurrida no hubo revolución ni reformas, apenas reparaciones sostenidas en una bonanza que se pensó duradera y en una utopía regresiva que operó como barricada simbólica contra el clima de compromiso, prudencia y necesaria visión estratégica. Ésta es una gestión que contribuyó a los cimbronazos de la economía e hizo de esas coyunturas críticas el fundamento para no reconocer sus propios límites; una forma de exorcismo mediante la cual se renuncia tanto a la comprensión de los hechos como a la responsabilidad por los mismos.

La historia no se repite como eterno retorno al punto de partida, sino como una espiral en que nada es igual a lo que ha quedado atrás.

La utopía regresiva de los Kirchner pertenece a un ciclo político que llega a su fin. Se necesitan mensajes claros sobre las reformas que deberán hacerse para evitar la recurrencia de la crisis. Precisamos dejar atrás la impericia de funcionarios poco idóneos y desarrollar una acción estatal previsora, razonada, transparente y eficaz que encuentre en el Congreso el ámbito de los acuerdos para transformar en leyes un programa de gobierno. Mientras tanto, sólo cabe esperar que la sensatez predomine y el próximo gobierno tenga margen de maniobra para armar el rompecabezas heredado del kirchnerismo.

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