
La estrategia del caracol
Por José Luis Castiñeira de Dios Para LA NACION
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En la película La estrategia del caracol, del colombiano Sergio Cabrera, los okupas de una vieja casona en un barrio modesto de Bogotá se mudan dentro de la misma manzana para escapar de un embargo judicial. Como el caracol, su estrategia consiste en transportar la casa a cuestas.
A diferencia de estos habitantes de las zonas pobres de Bogotá, quienes están vinculados con la vida cultural porteña no pueden planear mudarse a Montevideo o emigrar a La Plata para encontrar climas más propicios. Su destino está atado al desarrollo de la actividad del sector en la capital argentina, bastante alejada de otros centros culturales similares en América y realmente lejos de Europa y Estados Unidos.
Por ese motivo fue recibida con tanto entusiasmo la noticia de que se planificaba una acción de largo plazo para el campo de la cultura, un proyecto que terminaría con las acciones coyunturales, la improvisación y el amiguismo: un plan estratégico cultural. La idea, promocionada por el ex secretario de Cultura de la Ciudad Jorge Telerman, incluía una política de Estado en materia cultural que, mediante la planificación, venciera al tiempo y a los cambios de gobierno. Un consenso para diez años que debía fijar metas y objetivos, coronados por una fecha significativa: el bicentenario de la Revolución de Mayo, en 2010.
La idea no era absolutamente original. Barcelona, Río, Toronto, se habían dotado de planes parecidos, con resultados positivos. Pero sí lo era para la Argentina, la imprevisible tierra de la inspiración momentánea.
Para cumplir con ese ambicioso proyecto fueron convocados especialistas internacionales y nacionales (entre quienes me conté, junto con Eduardo Rovner) y se formó un equipo para procesar la información que se iba elaborando, contrastándola con la opinión de artistas, pensadores y gestores culturales reunidos en foros y paneles, conferencias y jornadas, hasta lograr un diagnóstico afinado de la situación de la vida cultural de Buenos Aires que sirviera de base para el trazado de las líneas estratégicas por seguir para llegar a la visión deseada.
En esos meses de trabajo apasionante surgieron polémicas, se analizaron con crudeza carencias y debilidades, se estudiaron la evolución de los presupuestos de inversión en cultura y los hábitos de consumo cultural de los porteños y se logró, con la ayuda de varios centenares de colaboradores generosos, elaborar un documento, el Plan Estratégico, para trazar una política cultural sostenida durante una década.
Durante esos años (de 2000 a 2003) se atravesaron crisis de todo tipo y una decisiva, la institucional que puso a la Argentina al borde del caos en el verano de 2002, que obligó a replantear gran cantidad de los objetivos que inicialmente se habían establecido como prioritarios. Aun así, el plan continuó. En 2003 se presentó el documento final, que implicaba su puesta en marcha oficial. Allí comenzaron los verdaderos problemas. Lo que la crisis no había logrado lo lograron el año electoral y, mucho más aún, el cambio de gestión, que bajo la apariencia de una transición ordenada significó un corte abrupto con las políticas consensuadas por buena parte del medio cultural.
La inactividad total comenzó a mediados de 2003 y se cristalizó en la nada en lo que va de este año. Las recientes renuncias de sus actuales directores, Eduardo Rovner y Luis Brandoni, cierran el ciclo iniciado con mi partida, a fin del año último. Cabe preguntarse: ¿se puede tirar todo a la basura, después de haber empleado recursos, esfuerzos y todo tipo de energías? ¿Es posible faltar a la confianza de los centenares de artistas, pensadores y gestores que acompañaron el proyecto con fe, le dieron su tiempo y renovaron un voto de confianza para un plan que se imaginaba participativo y superador?
El Plan Estratégico puso en evidencia las múltiples fallas de un sistema: el del ámbito de cultura del gobierno porteño, el más poderoso de todas las estructuras de gestión del país, con cerca de 60 millones de dólares anuales de presupuesto, pero inconstante en sus políticas. En el diagnóstico, surgieron problemas que no se han resuelto y que ahora van presentándose en el tiempo, con un despilfarro de recursos y energías imperdonable: la crisis interminable del Teatro Colón, la injusta crónica del sistema de premios otorgados por la Ciudad, la concentración omnímoda del poder en funcionarios que dominan la suma de los espacios porteños y se eternizan en sus funciones, despreciando el principio republicano de la rotación... Son muchos los problemas estructurales y es poca la voluntad de solucionarlos.
La inercia burocrática y la generosidad de los contribuyentes, que, junto con los legisladores de la Ciudad, no piden cuentas ni controlan ni reclaman, hacen que nuevos y abultados presupuestos se incrementen año tras año -hecho muy positivo-, pero que carezcan de destino y queden sometidos, como siempre, a la voluntad del príncipe.
Lamentablemente, el área de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires emplea la otra estrategia del caracol, la de la lentitud, para demorar todo lo posible la llegada de esa racionalidad que parece estar enmarcando una nueva Argentina que renace. ¿Será por mucho tiempo más?





