
La estupidez es siempre de los otros
Por Orlando Barone
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No deberíamos decir que los participantes de Gran Hermano son unos idiotas. Al menos sin antes verificar nuestro propio comportamiento y el de nuestra propia familia en nuestras casas. Tampoco hay prueba de que a la edad de los protagonistas de Gran Hermano los de las generaciones anteriores hubiéramos sido menos idiotas. Ni siquiera los que se criaron sin televisor podrían desentenderse de la posibilidad de padecer esa patología humana casi tan natural como la lucidez, aunque más abundante.
No es que la radio no aporte la suya. El otro día un taxista joven que escuchaba como fondo la radio, se fastidiaba del intenso tránsito. Cada vez hay más autos, protestaba. Está bien, pensé en silencio, hubo una época en que muchos no tenían ni para la nafta ni el estacionamiento. Y que pasajeros de taxi había pocos. Pero en ese instante el taxista dijo: "Esto va a explotar. No cierra. Va a saltar la inflación". Me miraba de soslayo con símil inteligencia. Hablaba como hablan en la radio en su mayor parte. En contra. Me acordé de Karl Krauss en su libro Contra los periodistas y otros contras . Dice: " El secreto del agitador es volverse tan estúpido como sus oyentes, de forma que estos se crean tan inteligentes como él".
La televisión no le va en saga. Nos tiene agarrados de la cabeza y de los pies, por eso no se entiende por qué cuando la comentamos con los demás decimos que es una porquería. Y por qué siempre que hablamos de un programa de televisión grasa decimos que sólo lo vimos de pasada haciendo zapping. Para ver tanto como decimos que vemos, el "zapping" debería tener la duración de varios programas. Hay un tema con la estupidez: siempre es ajena, como la culpa. Para reconocerla en uno deberíamos abandonarla un instante para pensar un instante. Pero no se puede si seguimos mirando la pantalla.
Lo contradictorio es que quienes consideran estúpida a la televisión están considerando también estúpido al televidente. Pero sin incluirse.
Como tampoco se incluyen entre los conductores inhábiles los automovilistas que se la pasan despotricando por lo mal que manejan los argentinos. El alto rating de un programa de televisión es como cuando en una elección un candidato gana en forma aplastante. ¿Que querés con esta gente? Se la pasa mirando Gran Hermano y cuando vota elige a los mismos. ¿Entonces millones de televidentes y millones de votantes qué son, millones de estúpidos? ¿Y si son una fuerza histórica? "Cuanto menos inteligente es el blanco más estúpido le parece el negro", escribía Gide.
Se podría hacer un acertijo de la estupidez. ¿Quién es menos estúpido, el que mira televisión, el que no la mira, el que nunca tuvo, el que sale por televisión, o el que todavía insiste en que la televisión es basura? Indro Montanelli decía: "Si de la televisión sacaran a los tontos y a los locos, ¿qué quedaría? Bueno Indro: quedaríamos nosotros y sería igual.
Lo verdaderamente fantástico es que debe de haber un momento del día en que Bill Gates y el último subsahariano hambriento estén mirando el mismo programa sólo separados por el océano.
Es cierto que los de Gran Hermano lucen algo estúpidos, pero, ¿cómo lucen los que desde fuera de la casa de Gran Hermano se trepan a helicópteros, entablan debates filosóficos y epistemológicos, o como aquí, se malgasta una crónica para tratar vanamente de no lucir estúpido?
Nadie está exento de ese atributo. Los más sobresalientes son los que creen no poseerlo. Flaubert (creo que fue él aunque lo copió algún filósofo) decía: "Una mollera vacía no está realmente vacía; está llena de basura. De ahí la dificultad de meter algo en una mollera vacía".
La más contundente prueba de la preeminencia de la estupidez es que, en las veinte mil lenguas que se hablan en el mundo, no debe de haber ninguna que prescinda de la palabra estúpido.






