La fábula del niño interior
Habrán oído esta sugerencia a menudo. Tenemos que encontrar a nuestro niño interior. En serio. Se supone que todos llevamos, en alguna parte no del todo bien definida, el niño que alguna vez fuimos. Suena lindísimo, la verdad. Por eso siempre me inspiró bastante sospecha. Entiendo que se trata de una experiencia muy personal, pero por mucho que busco y rebusco no encuentro aquí dentro ningún niño. O es que no lo hay o es que en realidad no hay aquí ningún adulto.
Lo dudo. Desde pequeño tuve que asumir algunas responsabilidades de personas grandes. No tanto como mi abuelo, que a principio del siglo XX, con seis años, ya segaba el trigo desde el amanecer en la chacra donde sobrevivía con mi bisabuela Manuela y sus varios hermanos. Su padre, es decir mi bisabuelo, un día se tomó un barco y se fue a regentear una plantación de ananás en Cuba. O eso dijo. Solo regresaba cada siete años, y un día no volvió más.
En todo caso, la adultez me llegó temprano. Eso hizo, paradójicamente, que el proverbial niño interior se quedara siempre ahí, como esperando en el umbral. Por ejemplo, en las reuniones de amigos, tiendo a pasar más tiempo con los chicos que con mis contemporáneos. La razón es prístina: recuerdo muy bien, porque tuve que preservar mi infancia como un tesoro diminuto y eterno, qué se siente ser niño. ¿Y saben qué? ¡Uno no se siente niño! Uno, de chico, se toma tan en serio como los adultos. Tal vez incluso más, porque un chico no puede darse el lujo de encontrar su niño interior, y en él toda experiencia dejará marcas indelebles. No existe nada más vulnerable que la infancia, porque no tiene escapatoria.
Esa imaginación y esa creatividad solo se redescubren al hablar con los chicos. El brillo de sus mentes es incomparable y atemporal, y en estos intercambios aprendí algo que solo después de mucho tiempo me hizo abrir los ojos; sí, la infancia es más sabia que la madurez, y al hombre grande puede llevarle años entender la lección que los niños nos ofrecen con solo estar ahí, sin proponerse enseñarnos nada.
La lección es que si siguen buscando al niño interior, como es frecuente que nos aconsejen, nunca lo van a encontrar. Es al revés. Hay algo que puede convertirnos de nuevo en niños. Eso es lo que hay que identificar y atesorar, porque va a hacer que volvamos a sentir el presente como solo los niños pueden sentirlo, como un tesoro diminuto y eterno.
Lo mismo ocurre con esa otra recomendación delirante, la de detenerse a sentir el perfume de las flores. Entonces uno va, se detiene, siente el perfume de una rosa, y ya. ¿Qué cambió? Nada. ¿Por qué? Porque nada tenía que cambiar. Como enseñan los maestros del zen, la cuestión es que cuando perciban el perfume de esa rosa no hagan ninguna otra cosa ni esperen nada más. Que nada interfiera con el perfume. Si lo consiguen, advertirán que ese instante dura para siempre, pero solo si no tratan de que dure para siempre. Habrán, como aconsejaba Horacio, capturado el presente.
Preparaba pizza el otro día. Como siempre, listé en voz alta los ingredientes: tomate, queso, cebolla, anchoas, aceitunas y brócoli. Una persona que ronda los 40, y que nadie podría tachar de pueril, terció con entusiasmo dichoso y reclamó con insistencia que también le agregara huevo duro. Me quedé mirándola y me vinieron a la memoria mis charlas con los chicos. Idéntico entusiasmo indisimulado, el poder único de concentrarse por unos instantes solo en el perfume de la rosa, y nada más. O en las estampillas, el autito de juguete, la pizza con huevo, la chocolatada fría en verano, las grandes tormentas (es mi caso), el fútbol. He visto cientos de veces cómo los adultos se transforman en niños cuando su equipo arriesga un campeonato. La misma abstracción y la emoción inquebrantable del niño que juega en el patio y a quien solo Dios podría distraer. Cosa que, por respeto, no hace.








