
La familia y las ONG
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EL 8 de diciembre de 1989, cuando se empezaban a visualizar las profundas transformaciones políticas y sociales que se iban a producir en el mundo durante la década del 90, la Organización de las Naciones Unidas proclamó que 1994 sería el AñoInternacional de la Familia.
Lo que la entidad mundial intentaba promover era un gran examen de conciencia acerca del rol que debía necesariamente cumplir la unidad de convivencia humana más antigua y perdurable -la familia- en el acelerado proceso de globalización cultural que ya se insinuaba como una realidad irreversible.
La iniciativa fue recibida en todo el planeta con beneplácito y 1994 fue, efectivamente, un año de valiosas definiciones sobre el rol del núcleo familiar como hábitat insustituible para el pleno desarrollo de la vitalidad potencial de la persona humana. El resultado de la celebración instituida por la ONUfue una revalorización profunda, en las distintas regiones del mundo, del papel de la familia como fuente de energía espiritual y como agente necesario para la articulación responsable y permanente entre cada ser humano y la sociedad en su conjunto.
Paralelamente, se fue acentuando la conciencia universal acerca del rol de las organizaciones no gubernamentales (ONG) como vehículos para el mejoramiento de las condiciones generales de vida y para la superación de muchos de los problemas que afronta la humanidad en el campo social, moral, cívico, ecológico o educativo, por mencionar sólo algunas de las áreas en las que el espíritu de solidaridad y de bien común que alienta en esa clase de entidades ha logrado sustituir con éxito la casi siempre costosa e ineficiente intervención del Estado.
El reconocimiento de la función estratégica de la familia como ámbito de contención de la persona humana y el simultáneo desenvolvimiento de las ONGcomo canales para la instrumentación de acciones solidarias y para la ejecución de tareas asistenciales sobre bases religiosas o filantrópicas son parte de la nueva realidad social que está cobrando vigor en el mundo a medida que se extingue el viejo y anacrónico concepto del Estado paternalista y protector.
Familia y ONG son percibidas hoy como dos modalidades de convivencia e integración social que caminan juntas y que convergen en la búsqueda de nuevos espacios para la cooperación comunitaria y para la realización personal y grupal.
Un hito significativo en la toma de conciencia de ese proceso fue la Conferencia sobre la Familia que se desarrolló en España a partir de 1992, impulsada por cuarenta ONG de ese país. La primera gran conclusión a que se arribó en ese foro fue la verificación de que la familia, contra todas las predicciones negativas que se habían ido formulando respecto de ella a lo largo del siglo XX, seguía siendo la unidad de convivencia preferida de la sociedad moderna y el factor más activo y valioso para la socialización de las personas.
A partir de ese momento se tuvo más en claro que nunca lo que significa la comunidad familiar como el ámbito natural para la transmisión de la vida y para la formación y socialización de las nuevas generaciones. Pero no sólo eso: también se fortaleció la percepción de la familia como el agente articulador de las grandes articulaciones sociales.
Cuando las personas se reúnen en una ONG, lo que están haciendo es trasladar al seno de esa entidad de bien público lo que aprendieron y desarrollaron previamente como integrantes de una familia.
Por eso, defender la familia es defender la sociedad. Y por eso quienes contribuyen a la degradación y la desintegración de la familia son, fundamentalmente, agentes debilitadores de la cohesión social y de los vínculos de convivencia que posibilitan la existencia de una comunidad. Como bien se ha dicho, es más importante lo que el núcleo familiar puede aportar a la dimensión pública de una sociedad que lo que pueden aportar a ese mismo fin las medidas concretas diseñadas y ejecutadas por profesionales de la política.
La familia forma y enriquece a las personas como tales, pero también como sujetos de una sociedad. Entre ONG y familia hay, pues, una congruencia esencial, un lazo oculto y entrañable, un espíritu común. En un mundo que por momentos tiende a la disociación y promueve la exclusión social, ese lazo y ese espíritu llenan una función esencial:encender en las almas de las mujeres y de los hombres la llama de la solidaridad y de la responsabilidad social.





