
La felicidad de la desdicha
Por Orlando Barone
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La geografía argentina no es menos propensa a la felicidad que la de Madagascar, Islandia, Tasmania, Tíbet, Mongolia, la Europa occidental, la América del Norte o el spa de Diquecito. No existe ningún aparato de medición espiritual que permita emitir un juicio trazando comparaciones de dicha y desdicha entre un beduino del Sudán, un submarinista de Oslo, un cartero de Ohio, un feriante de Bangladesh y un pescador de ranas de zanja del conurbano bonaerense. Ni siquiera es posible determinar en una misma casa de departamentos la diferencia cualitativa de las respectivas felicidades entre dos vecinos separados pared de por medio y que a lo mejor comparten la misma dama sin saberlo, incluido el portero. Porque aun en una aldea pequeña conviven por igual caras de trasero enojado y caras de trasero satisfecho; y no necesariamente unas y otras tienen relación con sendas desgracias y placeres, sino que a veces suele suceder lo contrario y el trasero enojado es el que debería estar feliz y viceversa.
Los argentinos hemos sido tradicionalmente adscriptos por diversas razones -algunas comprobables, otras vagarosas- a la deprimida corriente de la tensión, el lamento, la insatisfacción y la desdicha. Cualquier acontecimiento propio de la condición humana y del previsible comportamiento terrestre asumen aquí el carácter de escándalo y drama. Por estos días, la agencia Ciberoamérica, de México, para la cual escribo en su servicio de Internet, les encomendó a intelectuales textos alusivos a la crisis política argentina. La periodista encargada de pedirme la colaboración me dijo: "Maestro, trate de ser divertido".
Me divirtió menos la categoría académica a que suele someternos la edad que el estímulo que partía de la voz de una joven incitándome a disminuir el dramatismo argentino. Una noche antes, durante una subasta de arte, un acompañante de mesa evidentemente próspero y experto en geografías, negocios y óleos caros, proclamó sin dudar un instante: "El país nunca estuvo peor que ahora". Ese "nunca" me pareció que pecaba de omisión salteándose épocas, que recordé con la delicadeza del silencio ya que el plato servido no merecía comensales crispados escarbando la historia. Ni siquiera acepto reconocer que éstos sean días argentinamente desdichados.
Sería demasiado adjudicarles a estos diez meses de gobierno el ataúd y el muerto. Todos, los que se van y los que llegan, los que están y los que merodean están vivos, afortunadamente.
Hubo un antiguo filósofo, Hegugesias, que no creía en la existencia de la felicidad porque consideraba efímeros los placeres. Pero, en cambio, Tales de Mileto y Demócrito lo desmintieron. Ambos coincidían en que "la felicidad era la medida del placer y la proporción de la vida. O sea: mantenerse alejado de todo defecto y de todo exceso". No alertaban sobre la televisión porque no existía. Tampoco sobre las marchas de Hugo Moyano, tan desproporcionadas que por su tamaño no entran en ninguna ideología ni en ninguna razón media.
Pero a veces surge el pequeño obstáculo de discernimiento: ¿cómo saber cuál es el defecto y cuál el exceso?, ¿quién lo determina? Un hincha de Boca, con sobradas razones, considera un defecto desdichado ser hincha de River y todavía más: considera un exceso llamarles "fantásticos" a esos cuatro delanteros de la banda, demasiado fresquitos. Por el contrario, hasta podría sentirse insatisfecho de que nada más que la mitad más uno y no todos los hinchas de fútbol sean de Boca. Tampoco vería como exceso la creencia de que un triunfo de Boca sobre River resulte una verdadera purga espiritual y favorecería la situación ambiental argentina.
La felicidad, según sostuvieron con prudencia Tales y Demócrito, vendría a ser algo chirle, algo acuoso entre la sustancia y el gas, y a salvo de este territorio de pasiones humanas en que estamos inmersos. De algún modo, Fernando de la Rúa y Chacho Alvarez integraron una aleación de mutuas desdichas: ninguno era feliz con el otro y sí, en cambio, son capaces de serlo en cualquier otra compañía. De cualquier aleación metálica nace un metal de otro nombre. De esta aleación, extrañamente, no salió nada: sólo un divorcio. Pero resultaron paradójicos los escenarios desde los cuales cada uno trató de exhibir su felicidad pública. De la Rúa, tan familiar y templado, lo hizo desde el programa de Susana Giménez, diva de desconocido apego a la familia y no adscripta a la estabilidad de la pareja.
Chacho lo hizo desde el bar Varela-Varelita: nombre que remite a una orquesta de rubro prehistórico llamado "característica", que las personas mayores negarán recordar para evitar delatar su infortunio cronológico.
Pero Chacho, cuya vocación mediática es tan natural como si hubiera crecido dentro de una emisora o en el piso de un canal, hubiera requerido una transmisión en cadena desde un palco en la 9 de Julio. La otra noche, en el restaurante Oviedo, me encontré con Landrú, ese filoso humorista. En medio de la charla desestimó un antiguo prejuicio mío de que el fin de la saga menemista era el fin del histrionismo y el fin de la caricatura. "Estás es un error -me dijo-, en la Argentina cada gobierno fertiliza al que viene. A medida que uno sucede al otro, más nos vamos a matar de risa. El abono es así interminable."
Es probable que este supuesto destino de tragedia o de frustración que nos brota intermitentemente no sea sino un recurso colectivo para rebajar la intensidad de tantos motivos de risa.
No voy a reiterar la consabida frase de Marx de que si la tragedia se repite acaba en comedia. Porque también hay comedias que acaban en tragedia. Nuestro hijo Florencio Gudiño, que debió mudarse desde Madrid a Ginebra como funcionario de la OIT, tiene dudas acerca de si la alborotada felicidad española no correrá el riesgo de apagarse en la serena prolijidad de Suiza.
Temor imposible en esta Argentina intensa, donde hasta un gobierno que se sobreestimó aburrido es capaz de despertar a los muertos. En estos días los radicales resucitaron a Yrigoyen, y los peronistas a Perón y a Evita.
Es hora de decirlo: nuestra felicidad es la desdicha.




