
La generación instantánea
El diario El País publicó en estos días un artículo llamado "La generación instantánea", que alude a que la cultura de la urgencia y del aquí y ahora nos ha convertido en la generación Nespresso. La cultura de la impaciencia, sostiene el texto, se empezó a gestar con la revolución industrial y ha llegado a su cénit en esta última década. El artículo recuerda una línea de Nikos Kazantzakis: "Las grandes leyes de la naturaleza son: no corras, no seas impaciente y confía en el ritmo eterno". Nuestras sociedades contemporáneas padecen una ansiedad generalizada, cosa que no tiene origen en una búsqueda concreta, dado que una vez que se obtiene una cosa, se salta con la misma impaciencia a la otra. Pero, ¿qué significa que estemos en esta cultura de la movilidad absoluta? Sabemos, por de pronto, que la velocidad en la forma de vivir puede ser una forma de simulación, una forma de neutralizar la conciencia del paso del tiempo y de dejar atrás la certeza de la muerte. Sin embargo, la velocidad, como objetivo puro, puede estar también revelando una situación estática de fondo, que simplemente ya no sabemos cómo transformar.
La cultura de la precipitación supone acelerar la química de los procesos para decantarlos de inmediato y extraerles su fruto, aun antes de que estén maduros. Estamos en una cultura de la eyaculación precoz, en que el transcurrir mismo de las cosas es abortado anticipadamente, y en el que el camino que se hace carece de tiempo para convertirse, en sí mismo, en una meta. ¿Hay algún placer en la espera, un placer que se ha perdido? Hay en la inminencia un gozo que no existe en ninguna revelación, en ninguna verificación del mundo. Y es esa noción de inminencia lo que ya no soportamos. Una vez que la realización pasa a ser la medida de todas las cosas, nos movemos frenéticamente, pero permanecemos estáticos en el único campo en el que la movilidad expresa toda su riqueza, que es en la del sentido. En esta línea, tal vez sea oportuno recordar la noción de Nietzsche: ser rápidos sin moverse del lugar.
Puede que esta línea signifique desarrollar un alerta específico para percibir la multiplicidad de sentido que habita en todas las cosas. Recordando al antiguo Ernst Schumacher, ¿es igual un tomate comprado que uno plantado en una huerta, cuidado y cosechado? Su forma exterior es la misma, pero uno tiene valor de cambio económico, mientras que el otro está transfigurado por un cuidado propio. El sentido es lo que desplaza a las cosas sin moverlas de su lugar. Y cada cosa se encuentra apta para ser transfigurada, para ser movida súbitamente sin necesidad de ser desplazada. Nosotros operamos de manera inversa: el desplazamiento es brutal, en términos espaciales y temporales, pero lo que permanece inmóvil es el sentido. Puede ser, entonces, que esta generación de urgencia y ansiedad no sea otra cosa que una confesión de impotencia, la forma en la que intentamos en vano modificar el sentido de las cosas, la forma que nos resta ante algo que hemos perdido.





