
La globalización, chivo emisario
Por Federico Pinedo Para LA NACION
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La desaparición del comunismo a manos del poder espiritual del Papa, del funcionamiento exitoso del neoliberalismo y de los cohetes nucleares de los conservadores norteamericanos e ingleses liderados por Reagan había dejado a los colectivistas en una gran desazón y desconcierto. Hoy parecen respirar con alivio por haber vuelto a encontrar al dueño de todos los males: la globalización.
La mentalidad infantil necesita un enemigo claro y sencillo para poder orientar su acción en contra de él; siempre es más fácil oponerse que construir. Los dictadores han conocido esa debilidad humana, y por eso eligieron o inventaron alguno de esos enemigos omnipresentes, de modo de agrupar las fuerzas sociales tras de sí y en contra del malvado de turno. Así se entronizaron los tiranos combatiendo a los demonios de la nobleza, los capitalistas, los terratenientes, los burgueses, los imperialistas, los banqueros, los comunistas, los judíos o los yanquis. La acción de los seguidores del tirano "justo" era simple, pues el enemigo elegido era el culpable de todos los males.
La elección de un enemigo causante de cuanta penuria existe tiene para los que la adoptan un encanto adicional: como el dueño de todas las culpas es el malvado, entonces quien se opone a él no tiene culpa de nada. Los niños siempre tratan de poner la culpa fuera de ellos. Esta cualidad adicional o valor agregado del enemigo único, demuestra la vinculación evidente que existe entre las dictaduras y la disolución de la responsabilidad personal. Esa responsabilidad se transfiere al malvado de turno, en un rincón, y al dictador, dueño de vidas y haciendas en la lucha ciclópea, en el otro. Por eso los dictadores pueden hacer lo que quieren con sus súbditos: porque son los responsables; por eso los derechos individuales nada valen en esos sistemas.
Esta mentalidad tiene una vuelta de tuerca adicional que consiste en sostener que el hombre y la sociedad funcionan como una máquina. Si el universo es mecánico y el individuo no es libre ni responsable, entonces basta con apretar un botón o mover una palanca o poner en marcha un aparato (por ejemplo, el "aparato productivo") para que la felicidad desplace a la insatisfacción. De acuerdo con ello, cada uno de nosotros no sería responsable de su destino personal, ni podría hacer nada individualmente para mejorar su situación. Sin embargo, hay gente a la que le va bien. ¿Cómo explicar esta anomalía? La respuesta es sencilla: los exitosos individuales son ladrones de lo que es de todos, de modo que es justo quitarles lo que han creado y distribuirlo entre toda la comunidad. Esta situación se ve claramente cuando pensadores y comunicadores se interrogan frente a los micrófonos: ¿cómo hacer para acabar con la exclusión social que genera la globalización y redistribuir la riqueza de una manera más justa?
La riqueza y cómo lograrla
La vida social y política es siempre una disputa entre el idealismo y el realismo, el progresismo y el conservadurismo. Ello está bien en tanto y en cuanto el realismo no degenere en la inmovilidad de creer que lo único que puede ser es lo que es y en tanto y en cuanto el idealismo no decida ignorar la lógica, los límites del medio y la condición humana libre y responsable. Es curioso que los distribucionistas de lo ajeno no se hagan nunca la pregunta de cómo se produce la riqueza que quieren repartir. Stuart Mill ya dijo que se puede distribuir una vez, pero no dos, porque después de la primera ¿quién producirá para que otros repartan? Si los distribucionistas se hicieran la pregunta de la generación de riqueza, encontrarían la respuesta clara y evidente en la libertad individual creadora y responsable, preocupada por satisfacer a los semejantes para obtener un rédito -no necesariamente económico- a cambio.
Su error en las preguntas, más que en las respuestas, les juega a los distribucionistas una mala pasada, pues los saca del campo de los progresistas reales. Los mecanismos distribucionistas del Estado son fundamentalmente dos: el impuesto y los privilegios que hacen ricos a ciertos sujetos que sin esa acción estatal no lo serían. Por eso hemos visto tantas veces a gente que se cree progresista luchando por los privilegios de beneficiarios prebendarios de permisos especiales, créditos blandos, barreras aduaneras o anticompetitivas, monopolios legales, etc. Curiosamente una tradición liberal conservadora ha defendido otras banderas más progresistas, poniendo el énfasis en la responsabilidad personal, en la educación popular como gran igualador de oportunidades, en la movilidad social. Creo que es este enfoque realista el que permitiría que se fortalezcan las aptitudes individuales, el espíritu y el poder nacionales para afrontar la globalización exitosamente, desde lo nuestro, con hechos y no con palabras.





