
La gloria de don Ramiro
Por Hugo Gambini Para LA NACION
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Comenzó hace cincuenta años –en 1956– y es la vieja historia del poeta frustrado. Es también la fábula del periodista olvidado, que ya pasó, ya fue. De ese extraño personaje que vive su encanto mayor cuando se siente estresado, soñando con una primicia de tapa o con el orgasmo de una nota excelsa. El mismo que un día descubre la desazón que trae la ingratitud profesional.
Así fue la vida de Ramiro de Casasbellas, hijo de gallegos republicanos, a quien obligaron a estudiar lo que no debía, Ciencias Económicas. A pesar de su fastidioso empleo en la Dirección General Impositiva, Ramiro alcanzó a publicar El doble fondo, un breve libro de poemas que recibió elogios de los críticos, algunos celos de su grupo literario y la cálida promesa de una columna bibliográfica en La Razón de los sábados.
Pero alguien cambió las cosas. “Para usted tengo un puesto de reportero policial. Si lo quiere, ocúpelo ahora, porque mañana será de otro...” El mandamás se llamaba Félix Laíño.
Don Ramiro tenía veinte años. Era 1956 y el irascible Laíño lo mandó a recorrer comisarías y cubrir accidentes, hasta que empezó a confiarle los casos complicados. “En La Razón hice una carrera veloz –contaba Ramiro–. En menos de dos años pasé de reportero a cronista y luego a prosecretario de redacción, saltando por encima de las categorías de redactor y editorialista. Empecé a conocer el otro lado del mostrador, el verdadero periodismo.”
En la ardua tarea de pulir crónicas, los relatos de Ramiro desbordaban de información a la vez que deleitaban por la descripción de personajes, lugares y hechos. Estaban escritos con una prosa más elegante de lo normal para un vespertino que se leía muy rápido, en el café, en el tren o sencillamente en la calle.
La siguiente oportunidad del oficio apasionante se le iba a presentar en 1962, cuando Jacobo Timerman fundó la revista Primera Plana y lo convocó a comentar cine y televisión. Al año siguiente se despidió de Laíño e ingresó como jefe de redacción para iniciar una experiencia distinta. Se estaba convirtiendo en un mamut de sabiduría profesional, porque no solamente dominaba con amplitud la técnica del oficio: también sabía administrar talentos ajenos y reconocer nuevos estilos.
Ramiro jamás se conmovió con el fútbol, pero tenía muy claro lo que significaba hacer andar un gran equipo. Esa iba a ser su función principal a partir de 1964, apenas Timerman se fue de la revista. Lo nombraron subdirector, con todos los poderes editoriales y más tarde pasó a ser director, desde 1967 hasta la clausura, perpetrada en 1969.
“Primera Plana fue, y no exagero, una revolución periodística”, decía. La explicaba como “una obra más de la Generación del 56, cuyas grandes novedades fueron el nuevo estilo de escritura, casi literaria; el tratamiento de la política interior, con información analítica sobre las actividades de los partidos y el funcionamiento de los poderes, otorgándole una atención desusada a las provincias; la preocupación por América latina en la sección de política internacional, y el envío de corresponsales al exterior para acontecimientos importantes de la política, la economía, las ciencias, las artes, la vida de los pueblos”. Así lo expresó en una conferencia, el 24 de septiembre de 1998, en el Archivo General de la Nación. Todas esas eran novedades en nuestro periodismo.
Las grandes notas de los enviados especiales de la revista, además de provocar los celos de la competencia y la envidia de los colegas, generaban saludables imitaciones. Estaban redactadas en un estilo que fue imponiendo cambios hasta en los grandes diarios, los que vieron nacer nuevas secciones y toda una forma distinta de encarar las crónicas y los reportajes. Hubo que administrar bien las palabras, economizar valoraciones, suprimir adjetivos. Al protagonista de la historia había que describirlo, no calificarlo.
Ramiro envió a varios cronistas a trabajar sobre un mismo tema. Había que orientarlos en la búsqueda, apoyarlos con material de archivo y, finalmente, componer una pieza bien atractiva para seducir al lector más exigente. El encargado de amasar tanta pasta informativa debía ser un redactor estrella. Que los había, y de primera calidad, como Ernesto Schoo, Tomás Eloy Martínez y Norberto Firpo, entre otros.
Su relación con el periodismo se hizo tan sensual que le costaba vivir fuera de la redacción. “No he conocido otro periodista tan tercamente apegado al detalle, ni tan estoico, a extremos de que casi no abandonaba su puesto de trabajo sino para dormir un poco y, quizás, afeitarse”, atestiguaría Firpo en su necrológica.
Al evocar sus comienzos, Ramiro resaltaba que tras la caída del peronismo toda una ola de nuevos periodistas había llegado a los diarios. “Por eso no es erróneo hablar de la generación del 56, que hizo un periodismo más rico, más experimental.”
Una característica de los cambios impuestos bajo su reconocida autoridad era la introducción de palabras nuevas. El hallazgo más celebrado fue un adjetivo que incorporó Ernesto Schoo, jefe de artes y espectáculos, en una de sus finas críticas, cuando dictaminó que una obra era corruscante. Ramiro lo aprobaría con una carcajada y, desde esa vez, todo lo que merecía un elogio distinguido, fuera una mujer muy hermosa, un diseño de buen gusto o un gol exquisito, sería corruscante. El vocablo se dejó de usar en Primera Plana cuando lo copiaron los imitadores.
Ramiro vivía corrigiendo. La ira se desataba cuando descubría varios datos equivocados. Luego dejaba caer una frase que lo divertía mucho: “Tendemos a la excelencia –recitaba–; es más, ¡somos excelsos!” Una admirable manera de reírse de sí mismo. Portaba un segundo nombre de cónsul romano, Manlio. Sin embargo, el que exhibía aspecto romano era Osiris Troiani, quien solía pontificar envuelto en los gruesos toallones de los baños turcos del sótano del hotel Castelar. Osiris emergía de las tinieblas con su silueta maciza y una sentencia tan reiterativa como infalible: “Si seguimos serruchando la rama del árbol donde estamos sentados, fatalmente nos vamos a caer”, repetía a diario, prenunciando que los injustos y excesivos embates del exitoso semanario contra el presidente Illia, en medio de tanta conspiración sindical y militar como había, conducirían a una dictadura y al cierre de la revista.
La infalibilidad se cumplió, y cuando la policía llegó para clausurar Primera Plana, su director intentó corregir el acta del sumario. “Hay una frase mal redactada...” El subcomisario lo frenó a tiempo: “¡Usted no toque nada!” Ese acto delirante se cerró con una disculpa: “Gajes del oficio, ¿sabe?”, se justificó don Ramiro.
Troiani tenía razón. Tras la debacle, Ramiro reconoció su culpa públicamente: “Creo haber sido el único de los periodistas de Primera Plana que hizo enmienda honorable después de la caída de Illia. Tal vez estaba más obligado que otros: al fin de cuentas, yo era el director. Por hacer enmienda honorable, sin embargo, pasé a ser uno de los derrocadores de Illia. Pero quienes lo depusieron fueron los militares, acicateados por los empresarios y los sindicalistas. También contribuyeron los diarios, las demás revistas, la televisión y las radios, pues ninguno movió un dedo en defensa de la Constitución”. Esta actitud, asumida en la más angustiante soledad, le reportó los sinsabores que muchas veces depara la honestidad profesional. La clausura, por parte del dictador Onganía, lo alejó del periodismo que más le gustaba.
En 1971 recaló en la agencia noticiosa Reuter-Latin, hasta que fue rescatado por Timerman en 1973 para hacerlo subdirector de La Opinión, su segunda novedad editorial. De aspecto similar al tabloide parisino Le Monde, sin fotografías y con información audaz y estilo diferente, La Opinión albergó a un plantel de excelentes profesionales bien remunerados. “Fue, acaso, el diario mejor hecho y más inventivo de este último tercio”, diría Ramiro. Sus cuatro años en La Opinión –de 1973 a 1977– transcurrieron en medio de clausuras, detenciones, interrogatorios y demás temores.
El oficio lo acercó a La Plata, donde publicaría sus columnas firmadas en El Día y en Diario Popular, entre 1980 y 1983, hasta que volvió la democracia y el presidente Alfonsín lo sentó en la Dirección General de Asuntos Culturales de la Cancillería. Cuatro años después le confiaba las subsecretarías de Cultura, primero, y de Comunicación Social, después, desde donde pasó a una efímera presidencia en ATC. En 1987 dirigió El Ciudadano, semanario de información política, social y cultural que duró apenas un año, hasta la llegada de Menem.
También fue miembro de la Comisión Fulbright, del Fondo Nacional de las Artes y vicepresidente de la Comisión Nacional del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos. Además de poesías, publicó el ensayo Pedro Figari, un descubridor de América y fue el compilador de Martín Fierro, un siglo. Escribió historias de Buenos Aires sobre el Retiro, la Plaza de Mayo, el Congreso, la Casa de Gobierno, el Cabildo y la Catedral. Dirigió investigaciones históricas sobre la moneda, el seguro, el cooperativismo, el servicio de gas, las comunicaciones, el correo y hasta sobre el arte de curar. Fue traductor de famosos poetas y ensayistas. En los años noventa, LA NACION y La Gaceta, de Tucumán, le brindaron sus páginas, en las que dejó impresas sus últimas notas sobre episodios políticos de ayer y de hoy.
Quienes trabajaron bajo sus órdenes saben que sacaba lo mejor de cada uno, pues contagiaba una saludable obsesión por el rigor informativo. Procuró siempre la excelencia del oficio, por lo que merece ser recordado como un periodista de estirpe.
Ramiro de Casasbellas nació en Buenos Aires en 1936 y murió en su ciudad 63 años después. Del corazón, naturalmente. Pero como sus discípulos lo llevan adentro, Ramiro suele asomarse a través de ellos en cada párrafo bien redactado. Esa sería su gloria, su mejor poesía. Como la que dejó estampada en su Soneto a la noche: “Escribir es morir y no se sabe/si entonces escribir lo que se pena,/o morir sin penar lo que se sabe”.





