La guerra de las galaxias no terminó
Por Alan Brinkley The New York Times
1 minuto de lectura'
NUEVA YORK
ENTRE 1983, año en que Ronald Reagan propuso la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), y 1999, fecha de la partida más reciente asignada por el Congreso, los Estados Unidos llevan gastados más de 60.000 millones de dólares en la investigación y ensayos preliminares de un sistema de defensa nacional contra misiles estratégicos. Es el proyecto de investigación más costoso en la historia del gobierno federal. Los resultados obtenidos hasta ahora son casi nulos: se lograron algunos avances técnicos importantes, pero todavía no hay ningún sistema viable ni la menor perspectiva realista de tenerlo en un futuro cercano.
Probablemente, la mayoría de los norteamericanos presumen que la IDE o "guerra de las galaxias", como dieron en llamarla, es una reliquia reaganiana abandonada tiempo ha. Que aún sobreviva es sólo una de las tantas sorpresas que se llevarán, quizás, algunos lectores de Way Out There in the Blue ("Allá lejos, en el cielo", Simon & Schuster), el exhaustivo estudio de Frances FitzGerald, eminente escritora e historiadora no académica, ganadora de un Premio Pulitzer por su libro Fire in the Lake ("Fuego en el lago"), sobre la guerra de Vietnam. El que ahora nos ocupa se aparta significativamente de los anteriores. Es una excursión por los intrincados entretelones de las políticas públicas y, en particular, por los arcanos políticos y tecnológicos de la diplomacia nuclear.
Quienes hayan seguido de cerca las vicisitudes de la IDE encontrarán pocas novedades: casi todo el material proviene de fuentes publicadas. Con atrapante destreza, FitzGerald enlaza el tema de la IDE con la historia de esos años. Su libro es una de las mejores crónicas de las intimidades del gobierno de Reagan.
La IDE nació de la convergencia de una crisis política y la soberbia de los científicos. En los primeros dos años de mandato de Reagan, los Estados Unidos redefinieron sus relaciones con la Unión Soviética. Esto no sólo intensificó la hostilidad entre las dos superpotencias: también paralizó por completo el lento avance de las negociaciones sobre control de armamentos, entabladas más de una década atrás. La mayoría de los altos funcionarios militares y del Departamento de Estado recelaban de las negociaciones con el Kremlin. Preferían enfrentarlo con una escalada en la carrera armamentista, confiando en ganarla.
Dos acontecimientos políticos imprevistos hicieron peligrar esta agenda. Uno fue la grave recesión iniciada en 1982, que aumentó considerablemente los déficit, nada pequeños, que la economía ofertista de Reagan había ayudado a generar. El otro fue la aparición, en Europa y América, del movimiento en favor de la congelación de las armas nucleares, que rápidamente se convirtió en una fuerza política importante. Temerosos de que las restricciones presupuestarias y los miedos populares descarriaran la política militar y exterior, varios colaboradores de Reagan empezaron a interesarse por lo que hasta entonces había sido una propuesta relativamente abstrusa de un grupo reducido de científicos importantes, pero un tanto excéntricos: desarrollar un sistema defensivo contra misiles balísticos, guiado por rayos láser, que operara desde bases espaciales. Su promotor principal era Edward Teller, un físico de renombre, conocido por su entusiasmo exagerado por proyectos visionarios que, en gran parte, sólo existían en su imaginación.
Teller, y quienes pensaban como él, se extasiaban describiendo las nuevas tecnologías ya disponibles (según ellos) que permitirían crear semejante sistema, y persuadieron a muchos funcionarios de que su despliegue efectivo sería cosa fácil. Era una presunción quimérica totalmente equivocada. Los hacedores de políticas, que intentaban sofocar la oposición popular a la carrera armamentista, recibieron la idea como un don del cielo y la promovieron con fervorosa audacia, sobre todo proponiendo una nueva interpretación más "amplia" del Tratado sobre Misiles Antibalísticos de 1972 que le diera cabida.
Un viejo sueño norteamericano
FitzGerald dice que la IDE atrajo a Reagan por otras razones. En esencia, era un camino hacia el logro de un viejo sueño norteamericano: aislarse de los peligros del mundo exterior. Antes, los Estados Unidos habían procurado mantenerse desconectados de otras naciones, una idea evidentemente obsoleta en los años 80. Ahora, una nueva tecnología milagrosa prometía hacer lo que la diplomacia no había conseguido. Reagan siempre presentó la IDE como una barrera impenetrable que protegería al pueblo norteamericano, aunque casi todos los científicos comprendieron muy pronto que, cuando mucho, sólo podría proteger sus bases misilísticas terrestres. Muchos creyeron en la retórica de Reagan, y la creciente popularidad de la IDE ayudó a debilitar el movimiento por la congelación de las armas nucleares en los Estados Unidos (pero no en Europa). De este modo, al gobierno le fue más fácil financiar su programa militar y mantener estancadas las negociaciones sobre control de armamentos.
En el relato de FitzGerald hay tres figuras centrales. Una es George Shultz, que en 1982 sucedió a Alexander Haig como secretario de Estado y se abocó a imprimir un rumbo más conciliador a las relaciones con la Unión Soviética. Siempre se mostró escéptico respecto a la IDE y más dispuesto que otros a tratarla como una carta más en las negociaciones con Moscú, pero no intentó echarla a pique. En cambio, libró batalla contra los funcionarios que se oponían al control de armamentos y descreían de cualquier negociación efectiva con los soviéticos.
Su principal antagonista fue Caspar Weinberger, el combativo secretario de Defensa. A poco de haber asumido el cargo, decidió que su misión era la defensa incondicional e implacable del rearme. No era un idealista, sino un devoto servidor de los intereses burocráticos, y el interés primordial de los burócratas del Pentágono era defender los aumentos del presupuesto militar dispuestos por Reagan. Weinberger se puso de parte de quienes se oponían a las negociaciones no tanto por sus convicciones sobre el comunismo y el régimen soviético, sino más bien porque tal oposición cuadraba con su propia meta de expansión militar. FitzGerald dice que apoyó la IDE por la misma razón.
Weinberger y Shultz libraron una guerra desde el comienzo de la gestión de Shultz (1982) hasta el final de la de Weinberger (1987). Las consiguientes intrigas políticas y burocráticas son un tema recurrente y fascinante. Pero su enardecimiento se debió al carácter del hombre cuyo apoyo se disputaban: Ronald Reagan.
Se ha escrito mucho sobre su liderazgo indiferente, su ignorancia legendaria de los pormenores de sus propias políticas y su renuencia a apoyar con firmeza cualquier cosa, excepto unos pocos principios generales. FitzGerald no corrige sustancialmente el retrato aceptado de Reagan, pero describe con trazos insólitamente vívidos hasta qué extremo vivía en un mundo aparte; cómo se aferraba a mitos y fantasías, pese a las evidencias en contrario; cómo reinterpretaba su conducta para amoldarla a su visión de sí mismo.
Cálculos políticos
FitzGerald deja en claro que Reagan siempre antepuso a todo su fortuna política. Aunque pasaba por ser un hombre de principios que perseguía sus metas haciendo caso omiso de la política, fue tan político, al menos, como cualquier otro ocupante de la Casa Blanca. Por supuesto, adhirió a la IDE porque ésta armonizaba con sus ideas románticas, pero sobre todo, según FitzGerald, porque vio en ella una salida de sus contratiempos políticos de 1983. Apoyó a los funcionarios contrarios a las negociaciones con los soviéticos (o, al menos, se negó a repudiarlos) mientras esa oposición no fue políticamente costosa. No bien Gorbachov movilizó a la opinión mundial en favor de sus reformas y, más aún, cuando el escándalo de Irán y los "contras" arruinó su reputación local, Reagan se adhirió a la diplomacia de las cumbres y hasta al control de armamentos, como un medio eficaz de restaurar su popularidad. Nunca tomó partido con firmeza en la batalla entre Weinberger y Shultz, hasta que comprendió que apoyando a este último tendría más probabilidades de beneficiarse políticamente.
En las postrimerías del gobierno de Reagan no quedaba casi nada de aquella postura militante frente a la Unión Soviética. El gran rearme de 1981-1983 había concluido. Las negociaciones sobre control de armamentos avanzaban en forma acelerada. El mismo Reagan casi había dado por terminada la Guerra Fría. Al final, sólo quedó la IDE, no como un programa políticamente valioso (hacía tiempo que el público se había desinteresado de él y muchos casi lo daban por muerto), sino como un proyecto con numerosos adherentes en la burocracia, en unos pocos rincones de la comunidad científica y en algunas industrias bélicas. Todos ellos pugnaban por mantener las pródigas partidas para gastos.
Después de 1994, se les unieron los nuevos líderes republicanos del Congreso, cuya agenda era, en muchos sentidos, bastante más derechista que la de Reagan. FitzGerald sostiene que la IDE los atrajo porque, igual que Reagan, seguían imaginando un mundo en que los Estados Unidos podrían vivir aislados, sordos a los intereses o necesidades de otras naciones. En 1999, con un amplio apoyo bipartidario, casi sin debate ni difusión, el Congreso autorizó una partida adicional de 6600 millones de dólares para desplegar un sistema defensivo antimisiles. Estamos casi seguros de que el extraño y seductor sueño de Reagan lo sobrevivirá.
Traducción de Zoraida J. Valcárcel



