
La herida que no sana: el uso político del golpe del 76
La noche más oscura no empezó con el golpe del 76, sino mucho antes. Esta fue una frase, una idea repetida hasta el cansancio, que circuló por las redes sociales, alimentada probablemente por la batalla cultural que llevó a Javier Milei al poder. La idea de la memoria completa. En una palabra, hacer visibles a los muertos que el peronismo quiso esconder, por el accionar tenebroso de la Triple A, y a los de la guerrilla, romantizados por el kirchnerismo.
Ese razonamiento, una bandera que, sobre todo, enarboló Victoria Villarruel en su propia batalla cultural, es real y se puede medir. Entre 1973 y 1976, Montoneros, el ERP y otros grupos terroristas asesinaron a 1094 personas, secuestraron a 756 y detonaron 4380 bombas. Un cuadro aterrador que explica el 76, pero que de ningún modo lo justifica. Habría que subrayarlo mil veces: explica, no justifica. Ninguna atrocidad previa puede justificar al terrorismo de Estado: una idea que parece orbitar, sin decirla del todo, al mundo cultural mileísta.
Un párrafo aparte para la herida económica que le asestó el accionar guerrillero a la Argentina. En los 70, teníamos un 6% de pobreza, un país integrado, una escuela pública que era ejemplo en América Latina y una clase media pujante que, si se ajustaba un poco el cinturón, podía comprar el primer auto en un año. A partir del 76, ese país se rompió.
Para tener una idea de lo que hemos perdido, digamos que la imponente Dubái, la Miami opulenta de Medio Oriente, hoy asediada por la guerra, fue construida en apenas 30 años. Los mismos años en los que nosotros nos dedicamos a destruir a un país que hoy tiene la mitad de su gente sobreviviendo en la pobreza. Las guerrillas, y luego la dictadura, fueron criminales en todos los sentidos imaginables. Mirada así, la Argentina duele.
Tiempo atrás, Fernando Vaca Narvaja, uno de los popes de la cúpula montonera, fue consultado por esta contradicción en una entrevista muy complaciente. ¿Iniciar una guerrilla en un país con un 6% de pobreza y pujante? Lejos de arrepentirse, Vaca Narvaja no solo la canchereó, sino que se vanaglorió de los asesinatos. No queríamos la democracia burguesa, sino la revolución socialista, afirmó entonces. El modelo era Cuba, una dictadura que ya lleva 67 años, con presos políticos, cercenamiento de la prensa, expulsión de la disidencia y que hoy vive una emergencia humanitaria.
No es una novedad hacer política con la historia. Volvió a suceder con La Cámpora y Cristina Kirchner el último 24 de marzo. La consigna de los hijos políticos de la expresidenta condenada –grandecitos, ya, bordeando los 50– fue “Cristina libre”. El kirchnerismo, como fuerza política psicopática, se ha dedicado siempre a confundir y a enfrentar a unos con otros. Un truco desgastado, pero vigente.
Mayra Mendoza, alter ego de la jefa, llegó a decir que la expresidenta había sido “secuestrada y torturada” por la Justicia, aludiendo a su condena. En una palabra, comparó el encierro domiciliario con la picana. Más que un fenómeno político, La Cámpora es y ha sido un fenómeno psiquiátrico.
El último 24 de marzo, un grupo de intelectuales y artistas kirchneristas comparó a Milei con la dictadura, lo mismo que habían hecho con Macri. Hablamos de intelectuales argentinos que, se supone, deberían dedicarse a reflexionar sobre el país. A ser profundos, a ir más allá de la hiperideologización. Milei ganó las últimas elecciones con el 40% de los votos.
Incluso, a pesar de los escándalos y la malaria económica, está mejor ponderado que Macri y Cristina en el mismo período. ¿Deberíamos llamar fascistas al 40% de los argentinos que lo votaron? Y, más aún, ¿por qué lo votaron? A pesar de todas las hipótesis, esa respuesta sigue siendo un misterio. Pero un misterio que vale la pena explorar seriamente, antes de hacer comparaciones forzadas y banales en las que ya nadie cree.
Las palabras tampoco son inocentes y forman parte de la batalla cultural. Con mucha lucidez, María Eugenia Estenssoro escribió una nota conmovedora sobre Ignacio Montoya Carlotto, el nieto recuperado de la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo. Nada menos.
En la pared de estudio donde trabaja, Ignacio colocó las fotos de sus dos abuelas, Estela Carlotto y Hortensia Ardura. Y la de sus padres del corazón, una pareja de peones de campo, ajena a los avatares de aquellos años, y a quienes él llama “mis viejos”. Otros los siguen llamando “apropiadores”.
Cuando la Argentina pueda integrar todas sus partes, en lugar de dividirlas, tal vez entonces puedan empezar a sanar tantas heridas. Heridas que, a 50 años del golpe, aún no tienen sosiego.



