
La hora de la dignidad republicana
Por Jesús María Silveyra Para LA NACION
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EL resultado de las recientes elecciones en Brasil, que ha obligado al presidente Lula a tener que competir en una segunda vuelta electoral, debería llenarnos, a todos los que creemos en la democracia republicana, de enorme satisfacción y esperanza.
¿Por qué? Simplemente, porque el pueblo brasileño, rompiendo con la tendencia latinoamericana de los últimos tiempos, no se ha dejado vencer por el conformismo ni por el bolsillo, optando por defender su dignidad. Esto es, frente a los escándalos de corrupción que rodean al Poder Ejecutivo, y a pesar del buen desempeño del presidente Lula en algunos aspectos de su gobierno, ha preferido castigar su comportamiento ético. Esperemos que esta actitud cívica, con el paso de los días, se profundice y la corrupción pública reciba la correspondiente sanción moral de los ciudadanos, dando un ejemplo al resto de América latina.
El mapa electoral parece haber dejado un Brasil casi dividido en mitades, entre el voto de los que siguen influenciados por un discurso paternalista, demagógico y populista, que ofrece dádivas, planes de ayuda e ilusiones de bienestar, a cambio de no pensar en las situaciones de corrupción material o intelectual perpetradas desde el poder, y un voto más racional y democrático, que quiere de una vez por todas gobiernos eficientes y honestos a la vez, capaces de construir repúblicas que funcionen con seriedad (como podría ser el caso chileno).
Sabido es que arrastramos años de frustración latinoamericana en medio de esta encrucijada, como si la opción estuviese siempre planteada entre gobiernos honestos pero ineficientes o eficientes pero corruptos. "Roban, pero hacen", se suele escuchar en nuestro país refiriéndose a un sector político. "Son unos inútiles, pero honestos", se solía decir de otro sector que terminó contagiándose del primero y parece haber perdido su ética original.
El caso de Brasil es alentador, teniendo en cuenta que ya removieron a un presidente por causa de la corrupción. Si esto contagiase al resto de América latina sería un gran triunfo para la república.
Si la gente se olvidara del aspecto mítico de Fidel Castro y lo juzgara por sus actos reales de privación de las libertades y de condena a su país a tener que vivir un lustro en la pobreza; si analizase correctamente el comportamiento histriónico del ex golpista Chávez, quien pese a sus humoradas y a la bonanza del petróleo ha puesto a la querida Venezuela al borde de una guerra civil, con un pésimo manejo de las cuentas públicas (a tal punto que prefiere comprar armas a luchar contra la pobreza); si, por último, tomara conciencia de que el exótico Evo Morales, cuya única novedad es la de no usar trajes, está siguiendo los pasos de su financista bolivariano pero en forma más acelerada, lo que coloca a nuestro país hermano al borde del abismo, entonces recuperaríamos la dignidad cívica necesaria para forjar un destino de grandeza para nuestra América.
Creo que en el caso de nuestro país el presidente Kirchner debiera tomar conciencia de lo que puede ocurrirle en el corto plazo y corregir su comportamiento, caso contrario, la permanente distorsión intelectual de los hechos montada en la matriz ideológica del rencor y el resentimiento, sumada a la falta de explicaciones concretas acerca del destino del capital y los intereses del dinero de Santa Cruz, podrían terminar modificando los resultados de las dudosas encuestas que alimentan su discurso.





