
La Iglesia y la falacia de la decadencia
Cuanto más amplio y sólido sea el fundamento científico de las enseñanzas pontificias en el campo social, mayor será su relevancia y autoridad como referencia ética en esta nueva etapa de la humanidad

La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas (MH) constituye un meritorio esfuerzo por volver a proponer la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) como una referencia ineludible para el mundo en la nueva época que se abre a partir de la inteligencia artificial, con todas sus promesas y desafíos. Eso no significa, sin embargo, que deban pasarse por alto ciertos aspectos específicos que reflejan problemas históricos de la enseñanza social católica.
En particular, MH se inscribe en la línea de la mayoría de los documentos sociales precedentes que –sobre todo desde Populorum progressio (1967)– hablan de un continuo agravamiento de la pobreza y la desigualdad en el mundo. Repitiendo ideas ya expresadas por León XIV con anterioridad, este texto considera que nuestra época se caracteriza por desigualdades, brechas o disparidades “crecientes” y “persistentes” entre clases sociales y países. “La riqueza mundial ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado”. De este modo, el mundo marcha hacia una concentración cada vez mayor de la riqueza y el poder en manos de unos pocos.
Este diagnóstico no debería darse por supuesto. Que existan muchas desigualdades injustas es innegable, pero cabe preguntarse si bastan para caracterizar el presente, atendiendo adecuadamente a la complejidad de los datos disponibles. Es cierto que existen prestigiosas instituciones especializadas que avalan la idea de una desigualdad y pauperización crecientes; pero existen también otras, igualmente respetables, que relativizan tales diagnósticos. Cuál de estas dos visiones refleja más fielmente la realidad es un debate para especialistas. Pero no cabe duda de que, más allá de las cuestiones técnicas, la metodología que emplean unos y otros responde a diferentes posiciones filosóficas. Unos ven la desigualdad como la principal causa de la pobreza y se focalizan en la evolución económica del 1% más rico del planeta, abogando por una decidida redistribución a través de medidas como los impuestos progresivos al patrimonio. Otros, en cambio, sostienen que la pobreza no se corrige solo, ni principalmente, con mecanismos de redistribución –cuyos resultados son marginales en el mejor de los casos–, sino a través del “crecimiento sostenido” (sustained growth, Banco Mundial, 2008), es decir, un crecimiento elevado durante décadas, sin sufrir reversiones prolongadas ni estancamientos, con tal que sea, al mismo tiempo, “inclusivo” (shared prosperity, Banco Mundial, 2013).
Aun teniendo en cuenta el crecimiento poblacional y la inequitativa distribución, ha habido éxitos notables en la reducción de la pobreza extrema
El hecho de que el magisterio social asuma sistemáticamente las conclusiones del primer grupo y desoiga las del segundo no se debe tanto a los méritos de sus respectivos contenidos como a su coincidencia o discordancia con ideas preconcebidas e impresiones espontáneas, que atribuyen la pobreza a la mala distribución de los bienes (que ya existirían en cantidad suficiente) y que postulan su solución a través de una “distribución equitativa” o una justa “redistribución” por parte del Estado, facilitada por la llamada “función social” de la propiedad, cuyo contenido y límites se mantienen deliberadamente difusos. Solo la determinación de excluir de antemano cualquier dato que ponga en duda estas convicciones puede explicar el hecho de que las afirmaciones de los documentos sociales sobre la creciente pobreza y desigualdad se hayan venido repitiendo con monotonía durante tantas décadas sin variantes significativas.
En efecto, según informes ampliamente disponibles, desde los años 60 la riqueza del mundo se ha multiplicado varias veces. Aun teniendo en cuenta el crecimiento poblacional y la inequitativa distribución, ha habido éxitos notables en la reducción de la pobreza extrema, el aumento de la esperanza de vida, la expansión de la educación, el mayor acceso a electricidad, agua potable, medicamentos y tecnología. Cientos de millones de personas, principalmente en China y en la India, han escapado de la pobreza ancestral. Sin embargo, en los documentos sociales encontramos pocos ecos de estos logros, y solo referencias marginales al crecimiento económico que los ha hecho posibles.
Probablemente, la razón última de esta resistencia a reconocer los aspectos más positivos de esta evolución sea la dificultad para renunciar al discurso decadentista. Es cierto que este posee una particular fuerza retórica: si el mundo va camino al abismo, el mensaje sobre cómo rescatarlo tendrá mayor autoridad e impacto dramático. Lamentablemente, el decadentismo –como todo intento de simplificar la realidad– tiene sus problemas. Si toda la vida social, desde la primera revolución industrial, ha ido siempre de mal en peor, ¿dónde se ubica el punto histórico de partida, sin pobreza ni desigualdad, que precedió semejante decadencia? Y si esta no ha podido detenerse por ningún medio desde fines del siglo XVIII, ¿qué esperanza nos queda a nosotros de que podamos revertirla? Corremos el riesgo de quedar prisioneros del mito de la Edad de Oro, situado en el origen y el fin de la historia, entre un pasado legendario (donde todo estuvo bien) y un futuro utópico (donde todo lo estará nuevamente).
Una orientación indispensable para no caer en esta trampa está formulada en la misma MH, cuando dice que la DSI “reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones”. Cuanto más amplio y sólido sea el fundamento científico de las enseñanzas pontificias en el campo social, mayor será su relevancia y autoridad como referencia ética en esta nueva etapa de la humanidad.




