
La impensable gesta del Almirante Brown
Hace 190 años, el legendario marino irlandés comandaba la primera escuadra argentina que derrotaría en violentos combates a los realistas y permitiría la toma de Montevideo, dando un impulso definitivo a los planes para liberar a toda Sudamérica
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A raíz del agravamiento de la situación en todos los frentes, la Asamblea General Constituyente reunida en 1813 decidió adoptar medidas contundentes para modificarla. Belgrano había sido derrotado en Vilcapugio y Ayohuma; Rondeau realizaba un sitio "formal" a Montevideo, pues carecía de hombres y recursos y contaba con la oposición de Artigas; los revolucionarios chilenos estaban a punto de perder el dominio de su patria.
La Asamblea había demostrado su determinación de romper toda atadura formal con España y a la vez entendido que era indispensable poner fin al Triunvirato para concentrar en una persona la conducción de los negocios públicos. Detrás del primer director supremo, Gervasio Antonio Posadas, estaba su sobrino Carlos de Alvear, por entonces principal ejecutor de las decisiones de la Logia Lautaro, quien sabía que para poner fin a la presencia realista en Montevideo era indispensable formar una escuadra para cerrar el círculo por el Río de la Plata. A pesar de ello, no todos apoyaban esas ideas. Posadas vacilaba, y fue necesario todo el ascendiente de sus consejeros para convencerlo de que serían vanos los esfuerzos de la Revolución mientras la flanqueara el baluarte de Montevideo, cada vez más poderoso.
Cuando se decidió la creación de la escuadra hubo que adquirirlo todo. Pero gracias al empeño del antiguo vocal de la Primera Junta, Juan Larrea, y del norteamericano White, en pocas horas se decidió la compra de algunos de los contados buques mercantes anclados en la rada, a los que carpinteros les practicaron troneras para colocar los cañones. Pese a todo, en menos de dos meses los bajeles argentinos estuvieron listos para operar contra la escuadra española.
Resultaba necesario acertar en la designación del comandante de la flota y después de algunas discusiones el gobierno decidió nombrar a Guillermo Brown. Este irlandés de 36 años, nacido en Foxford, había navegado como marino mercante por el Atlántico y el mar de las Antillas antes de ser tomado como "botín de leva" por los ingleses y puesto a trabajar en un buque que fue abordado por una nave francesa. Brown fue conducido como prisionero de guerra a Francia, de donde logró fugar. Continuó su carrera mercante en Gran Bretaña. Al parecer llegó al Plata en 1809 y reunió algunos recursos como propietario y capitán de naves de cabotaje.
Con indomable energía puso orden en su flota: la fragata Hércules, donde afirmó su insignia; cuatro corbetas, un bergantín y varias embarcaciones menores. Además del mal estado de las naves debió lidiar con oficiales y tripulantes de distintos países, sin que faltaran forajidos sacados de las prisiones. Había criollos, aunque en ínfima proporción.
Brown se sobrepuso a las circunstancias y actuó como un verdadero veterano en materia de organización y disciplina. A su extraordinario temple unía una inteligencia natural y un don innato para apreciar las situaciones tácticas más favorables. Esas cualidades, que se conjugaron con el arrojo de sus subordinados, le permitirían culminar con éxito la campaña para la que había sido convocado.
Enterado el jefe irlandés de que el capitán de navío Jacinto Romarate, al mando de una escuadrilla, se dirigía a Martín García para protegerla de eventuales ataques, ordenó el alistamiento general. El 8 de marzo de 1814 mandó izar su insignia en la Hércules y levó anclas con varios de sus buques. Su valiente adversario estaba decidido a dar batalla para vencer. Esperó las naves argentinas en el canal de Martín García, al sudoeste de la isla; acoderó sus buques principales y mandó colocar un cañón en tierra.
Luego de un sangriento combate naval, Brown dispuso el desembarco a los marciales sones de la Marcha de San Patricio, y logró una contundente victoria. Era necesario consolidarla, y para ello envió una expedición sobre Arroyo de la China. Enfrentadas las naves patriotas y realistas, se produjo un combate a quemarropa. Si bien la escuadra argentina sufrió grandes pérdidas, se había cumplido el propósito de aislar a Romarate, que no pudo franquear la salida del Uruguay.
Brown, multiplicándose en su puesto, se aprestaba a bloquear Montevideo. Carecía prácticamente de todo y se resentía de la falta de suficientes jefes capaces de pelear con los españoles, decididos a mantener el último bastión de Fernando VII en el Plata.
Concluidas las reparaciones de los buques, pasó a la Ensenada de Barragán y desde allí zarpó el 14 de abril hacia Montevideo, enarbolando la bandera de tres franjas, celeste blanca y celeste. El 19, desde lo alto de las murallas, el catalejo de Vigodet le mostró las insignias y también los rápidos movimientos de los barcos argentinos.
A medida que transcurrían los días, se tornaba más difícil la situación de la plaza oriental. Vigodet le ordenó al jefe del Apostadero que algunas naves salieran a combatir. Pero no pudieron hacerlo por las falencias de la artillería.
En los primeros días de mayo, Brown tuvo la percepción del triunfo, pues poco a poco logró que sus buques, encabezados por la Hércules, completaran el cerco. El comandante argentino, dispuesto a combatir fuera del puerto para cortar una posible retirada, se alejó hacia la isla de Flores. Los españoles recogieron el señuelo y siguieron la persecución. A media mañana, en la punta del Buceo, Brown mandó disminuir velas y seguir la estela de la capitana. Viró y se enfrentó con la realista Mercurio, con la que mantuvo un tremendo duelo de artillería.
El día terminó sin una definición clara, y en la siguiente jornada no fue posible realizar operaciones por la falta de viento. El 16, por la tarde, la Hércules y la Belfast se acercaron a la retaguardia realista. Brown decidió trasladar su insignia a la sumaca Itatí y desde allí cañoneó al enemigo, hasta que sufrió una fractura en una pierna. Fue devuelto a la Hércules y mandó las operaciones de persecución que se completaron el 17 de mayo de 1814 con la prisión o huida de la mayoría de los buques españoles.
El 23 de mayo, al llegar a Buenos Aires para curar su herida, con varios prisioneros, fue recibido como un héroe. Mientras tanto, continuaba el bloqueo. El 10 de junio Brown se puso al frente de la escuadra y por la noche ordenó bombardear Montevideo. Once días después cesaron las hostilidades, y el 23 la plaza capituló por tierra y por el río. Mandaba ahora las tropas sitiadoras Carlos de Alvear, que recogía junto con Brown los laureles de la victoria. Al acabar con la presencia naval española en el Plata, éste había asegurado la viabilidad del plan de liberación de América del Sur que preparaba San Martín.
Como ocurrió otras veces en nuestra historia, los buques argentinos fueron rápidamente desmantelados, con lo que el país naciente quedó sin fuerzas navales. La inexistencia de una escuadra organizada dio lugar a la actividad corsaria. Sin vacilar, Brown alistó su golpeado buque insignia para iniciar junto con Hipólito Bouchard una fantástica campaña destinada a dañar el comercio y el poder militar español en el Pacífico.
El autor es presidente de la Academia Nacional de la Historia.






