
La imprevisibilidad en la política argentina
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Cuando han transcurrido apenas cuatro meses desde la victoria electoral de la alianza UCR-Frepaso, el país tiene la sensación de que el horizonte político está hoy abierto como nunca a las más audaces combinaciones. Nada parece estar atado, en la Argentina de hoy, a esquemas rígidos o de fácil predeterminación.
Es cierto que en otros tiempos se vivieron, también, situaciones políticas caracterizadas por un alto grado de imprevisibilidad y dinamismo. Durante la semana que acaba de concluir se conmemoró -a 40 años de distancia- el triunfo electoral que llevó a la presidencia a Arturo Frondizi, un acontecimiento que en su momento fue vivido, justamente, como el resultado de un vuelco espectacular de las circunstancias políticas de esa hora.
Frondizi -probablemente el estadista de mayor estatura intelectual que gobernó al país en el siglo XX- era en 1955, al producirse la caída de Perón, el presidente de la Unión Cívica Radical, el partido que había liderado la oposición contra el gobierno depuesto y que había generado el clima de euforia antiperonista al abrigo del cual había prosperado, en buena medida, la Revolución Libertadora. Sin embargo, dos años y medio después llegaba a la Casa Rosada con el apoyo del electorado peronista.
La excepcional creatividad de Frondizi y la aptitud del escenario político para absorber las mutaciones más imprevisibles hicieron posible el dramático vuelco consagrado por las urnas el 24 de febrero de 1958.
Pero no es necesario ir tan lejos. En 1993, cuando parecía difícil que Carlos Menem concretase su aspiración de reformar la Constitución para posibilitar su reelección, el Pacto de Olivos vino en su ayuda y le permitió -inesperadamente- alcanzar su objetivo.
¿Se puede llegar a registrar, de aquí a 1999, un cambio en el sistema de alianzas -expresas o tácitas- tan espectacular como los que se produjeron con miras a las elecciones de 1958 y de 1995?
Es difícil dar una respuesta categórica a ese interrogante, pero -en todo caso- parece flotar en este momento en el ambiente político argentino la sospecha de que, en materia política, todo puede pasar y de que el futuro inmediato podría deparar infinitas sorpresas.
Que sí, que no
Un factor que ha contribuido en importante medida a crear esa sensación es el comportamiento errático del presidente Carlos Menem, que por un lado admite que no puede ser candidato en 1999 y por el otro permite -y sin duda alienta- que sus seguidores muevan cielo y tierra para eliminar la cláusula que impide su reelección.
En esferas cercanas al oficialismo se admite, en voz baja, que con esa táctica el Presidente apunta a consolidarse como jefe del justicialismo y que su objetivo principal, en ese sentido, es impedir que se afiance cualquier otra candidatura que no sea la de él.
"Menem -se asegura- sabe perfectamente que con ese juego dilatorio se corre el peligro de que el justicialismo llegue a 1999 sin ningún candidato razonablemente instalado, ya que no parece probable, a esta altura, que las condiciones políticas generales del país hagan viable su reelección. Pero el objetivo de asegurarse el control del PJ es, para él, prioritario."
Si el Presidente mantuviese inalterable esa línea zigzagueante de conducta durante todo el año, podrían producirse dos consecuencias importantes:
- El justicialismo podría perder las elecciones de 1999 frente a la Alianza.En tal caso, Menem abandonaría la Casa Rosada convertido en jefe indiscutido de un justicialismo homogeneizado en torno de su figura.
- La perspectiva de una derrota cierta del justicialismo podría llegar a tensar al máximo, hacia fin de año, las relaciones en el seno de la Alianza y la disyuntiva Fernández Meijide-De la Rúa podría llegar a crecer dramáticamente hasta ser percibida por la sociedad no como una disputa interna sino como la virtual opción de los argentinos para los comicios de 1999.
A partir de esas especulaciones se abre un abanico de posibilidades. Si la realidad política se sujetase, en los meses venideros, a criterios rigurosos de previsibilidad, en las próximas elecciones se reeditaría, inevitablemente, la opción Alianza versus PJ. El país de 1999 demostraría, así, un sólido nexo de unión con el de 1997.
Pero si la inestabilidad y el efecto sorpresa volviesen a reclamar un lugar en la vida argentina, las cosas podrían ser diferentes. Hay quien arriesga el vaticinio de que en 1999 el sistema de alianzas electorales no será el mismo del 26 de octubre último. Y hasta se dice, en tren de hacer futurología, que el justicialismo -o su tronco principal- podría aparecer encolumnado detrás de uno de los dos candidatos de la Alianza.
En la lógica rigurosa de hoy, esa posibilidad parece cercana a la ciencia-ficción. Pero también pareció ciencia-ficción, en algún momento, que el peronismo pudiese llegar a votar a Frondizi o el radicalismo a facilitar la reelección de Menem.
No debe olvidarse que la Constitución vigente prevé un cargo en la estructura del Estado que podría ser un elemento clave para un eventual gobierno de coalición entre partidos: la jefatura de gabinete. No debe olvidarse trampoco que la dinámica de la vida política hace posible, muchas veces, lo imposible.




