
La intimidad de un piano a cuatro manos
Es imposible saber si esos gestos con los que Natasha muestra su fastidio son nada más que el malhumor adolescente o una rebelión germinal, atemperada todavía por el encantamiento de la música. Mamá Karin Lechner, ex niña prodigio, acompaña y entrena a su hija Natasha, otra niña prodigio del piano, como antes Lyl, su propia madre, hoy la abuela Babasha, modeló el talento y el temperamento de su hija para que pudiera llegar a ser la excepcional concertista que es.
Natasha Binder tiene 14 años, es hija de la pianista Karin Lechner, sobrina de Sergio Tiempo y nieta de Lyl, que a su vez era hija de Antonio de Raco y Elizabeth Westerkamp, maestros de pianistas. La huella profunda de una dinastía que se renueva en cada generación. En el hermoso documental de Mariano Nante, La calle de los pianistas, estrella del último Bafici que todavía puede verse en algunas (pocas) salas, esa condición excepcional es simple cotidianidad: en la calle Bosquet de Bruselas vive la familia Lyl-Tiempo y, al lado, medianera de por medio, la célebre Martha Argerich. Algún piano siempre está sonando. Entre cena y almuerzo, entre conversaciones, aparecen las alegrías, el cansancio, el trabajo intenso con las partituras, la pasión compartida, las dudas.
"¿Cuando ibas al colegio ya sabías que querías definitivamente ser pianista?", le pregunta a su tío, Sergio Tiempo, una Natasha que indaga a su alrededor en busca de sí misma.
En un viaje en tren, en el auto, en un momento de descanso doméstico, rodeadas de pianos -la dulce maldición de la familia -, mamá Karin le lee a su hija fragmentos del diario personal que escribió durante su adolescencia. Como si fuera un cuaderno de bitácora, sigue el registro manuscrito que fue dejando de su propia experiencia como música, como hija de músicos, como adolescente que se debatía entre aceptar la herencia maravillosa que se le ofrecía o rechazar lo que esa herencia podía tener de insoportable: el rigor, la disciplina, el sacrificio, el peso de un mandato.
"Música que me ayudas a reflexionar mejor que nada ni nadie -lee Karin en su viejo cuaderno mientras acaricia la cabeza de Natasha adormilada en el auto-, porque yo no elegí esta vida y ahora me obligan a seguir las reglas del juego, las horribles reglas que no quiero aprender." La mirada de Karin se escapa por la ventanilla del auto, parece sorprendida, momentos de dudas y de enojo que tenía olvidados. Karin deja de leer, tal vez le parece inconveniente compartirlo ahora con Natasha.
El documental de Nante produce el milagro de la intimidad en una pantalla gigante. La luz, los tonos, la cámara que saber estar y desaparecer al mismo tiempo, retiene gestos mínimos, el disparo de una mirada, un labio apenas elevado, una media sonrisa. Pura discreción para regalarnos delicias de esa complicidad que se teje entre madre e hija hecha también de amores y disputas. En los detalles, el ojo de Nante registra pequeños momentos de tensión, chispas de fastidio entre la madre que marca una corrección sobre el piano y la hija que reclama, con cordialidad de hielo: "¿Me dejás que toque?". El suave tironeo entre las dos es parte del relato. No se trata sólo de la música, del lugar que Natasha le concederá al piano en su vida. Hay ahí una verdad en juego, más universal, que la película también ilumina con delicadeza. Natasha empieza a crecer y marca diferencias, pone distancia; su madre se da cuenta de que empezó la zona de turbulencias de ese vuelo común. Con piano o sin él, la hija amorosa que es Natasha -"Te extraño, mamá, extraño tus abrazos", le dice desde la pantalla del Ipad, vía Skype, cuando su madre está de gira- es la misma que un segundo después la deja hablando sola en el teléfono: "Me cortó -dice Karin, incrédula- me cortó".
Natasha ya no es la nena dócil que madre e hija ven embobadas en un video familiar, tiradas en el sillón del living. "Cuando estaba en la barriga de mamá -dice enfática a la cámara una payasita irresistible de poco más de cinco años- yo sabía que iba a tener una abuela como Babasha y sabía mismo que iba a aprenderme el piano."
La Natasha de hoy revisa esa certeza infantil. Mamá Karin la sigue de cerca y parece saber cuándo alejarse. El precioso legado de su familia tal vez se continúe en su hija, pero eso sólo sucederá si, en el texto de la novela familiar, Natasha logra encontrar la letra de su propio deseo. Mientras las dudas vienen y van, como el estudio y los conciertos, Natasha se sienta al piano con la pequeña Mila Tiempo, su primita de cuatro años. La rueda de la transmisión empieza de nuevo.




