
La larga sombra del Unicato
En 1886 el presidente Roca logró que su sucesor fuera Miguel Juárez Celman, quien no sólo era su concuñado, sino también su ahijado político. Pero éste, como tantas veces pasa con los ahijados políticos, se rebeló contra su padrino no bien llegó a la presidencia. Juárez Celman impuso entonces lo que la calle bautizó como el Unicato . La presidencia del "Unico" terminó cuatro años después con la Revolución del Noventa, a consecuencia de la cual ascendería a la primera magistratura el vicepresidente Carlos Pellegrini.
Véase cómo Juan Balestra, en su clásica obra El Noventa , definió el Unicato: "Juárez Celman no veía el país sino a través de su partido, ni su partido sino a través de sus íntimos. Pero el Unicato era más poderoso que el Unico, porque formaba un ambiente colectivo y un sistema al que nadie escapaba, como no se escapa a las estaciones ni a las modas".
Si la Argentina hubiese experimentado el Unicato de Juárez Celman como una excepción dentro de una trayectoria predominantemente republicana, el período turbulento de nuestra historia que a él le tocó presidir merecería sólo la atención que merecen las anécdotas, pero el hecho es que lo que describían los contemporáneos de Juárez Celman tenía de nuevo sólo el nombre, ya que la pretensión de concentrar el poder en un solo hombre ha sido una constante en la historia argentina. Personajes como Rosas antes de él y como Perón después de él, y no pocos gobiernos militares y civiles que procuraron con suerte diversa unificar el poder a pesar de la división de los poderes que consagra nuestra Constitución, jalonan la empecinada presencia de esa constante a través del tiempo a un punto tal que cabe preguntarse si nuestra cultura política es, en definitiva, republicana o autoritaria.
"Unico", como "unicato", deriva del latín unus , "uno", y apunta agresivamente al corazón de la república que nuestros próceres fundaron. Pero esa república que ellos imaginaron y que nuestra generación alaba todavía aunque a veces sea de la boca para afuera no consiste en la unidad sino en la división del poder. En el "unicato", la palabra "poder" se dice en singular. En la república, se dice en plural: los poderes. Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Hoy vivimos perturbados, todavía, por la misma dualidad de conceptos que nos visitó antes y después de Juárez Celman. En el plano de la constitución escrita, decimos "los poderes". En el plano de la constitución real, hay quienes se comportan como si hubiera un solo poder: el Ejecutivo. El Unicato. Entre los que actuaron y aún actúan así, ¿no habría que incluir al presidente Kirchner? Si se lo incluye, habrá que concluir que, antes y después del Noventa, los argentinos hemos vivido bajo la larga sombra del Unicato.
Mesura y desmesura
Pero, al igual que en los tiempos de Rosas y de Juárez Celman, quedan muchos argentinos que aún adhieren al principio pluralista de la república. Hoy mismo, en medio de la larga sombra que sigue proyectando el Unicato, la Corte Suprema que el propio Presidente designó ha salido en defensa de las instituciones al advertirle, cuando lo vio empeñado en desplazar a grandes voces al camarista Alfredo Bisordi, que debe guardar "mesura". Esta actitud de firmeza llevó a la diputada Diana Conti, la nueva jacobina del kirchnerismo, a emprenderla contra los propios miembros de la Corte, una actitud a la que suponemos que Kirchner no acompañará.
Lo más notable en este nuevo incidente que ha provocado el Presidente en su marcha hacia el Unicato fue la manera como éste respondió al consejo que le ofrecían los supremos magistrados. Era razonable esperar que Kirchner, al defenderse contra la crítica no velada de la Corte, dijera que no estaba actuando con desmesura. Pero el Presidente fue más allá cuando, en vez de exculparse de la acusación implícita de "desmesura" que lo afectaba, en lugar de decir que no había sido desmesurado -lo cual habría implicado al menos que, al igual que la Corte, desaprueba la desmesura- optó por defender el concepto mismo de la desmesura. Era como si, después de admitir que había sido desmesurado, hubiera pasado a defender la desmesura como un comportamiento digno de ser elogiado.
La palabra "mesura" proviene de la voz indoeuropea me , que significa "medir". De ella derivan el griego metron , "metro", como unidad de medida, y el latín mensis , ligado a "mes" que aludió en su origen a la palabra "luna", puesto que los meses reflejan los ciclos lunares. Estas palabras convergentes tienen que ver con la antigua creencia de que la naturaleza gobierna con medida, con "mesura", a los mortales. Por eso, el pecado mayor para los griegos, esos grandes admiradores de la naturaleza, era la hybris o "exceso".
La hybris era condenable para los griegos porque aquel que cae en ella se cree, en definitiva, más que humano, se "pasa" en su pretensión de igualar ya no a los hombres sino a los dioses. El argumento central de las tragedias griegas, de Esquilo a Eurípides, consiste justamente en que el héroe que "se la cree", que cae en la hybris , y ya se llame Sísifo o Prometeo, es puesto al fin en su lugar por la vara niveladora de los dioses.
De Menem a Kirchner
La desmesura es un defecto frecuente entre los políticos poseídos por la ambición de poder. Recuerdo que, cuando el presidente Menem incurrió en su propia hybris al promover el cambio de la Constitución para ser reelegido en 1995, me pregunté en esta misma columna si, al perder trágicamente a su hijo Carlitos Junior, no había sufrido de algún modo la tragedia que acecha en el Olimpo a todos aquellos que no se resignan a ser simplemente humanos. El hecho es que Menem, después de llorar a Carlitos mientras todos lo acompañábamos en su inconsolable dolor, ya nunca fue el mismo.
¿Qué más querríamos los que acompañamos hoy a la Corte en su defensa de las instituciones, sino que el presidente Kirchner moderara de ahora en más su embestida contra todos aquellos que lo limitan, en busca de una auténtica convivencia republicana? Si supo rectificarse al menos en parte después del sacudón de Misiones, ¿no podría extender ahora el alcance de esa autocrítica, aunque fuera en silencio, en el seno de su círculo íntimo? ¿No se da cuenta el Presidente de que su búsqueda de un poder total está crispando la convivencia política de los argentinos? Porque, si bien el Unicato ha proyectado su larga sombra sobre nuestro país, también es verdad que aquellos que se alinean detrás del ideal republicano no han abandonado sus convicciones.
Esta pregunta debería dirigirse, asimismo, a todos aquellos que, como el círculo áulico que rodeaba a Juárez Celman, se empeñan hoy en ser más kirchneristas que el propio Kirchner. Ellos no deben olvidar que, en una terrible cláusula que fue redactada al día siguiente del ocaso del Unicato de Rosas, nuestra Constitución pronunció en su artículo 29, que todavía nos rige, la siguiente condena: "El Congreso no puede conceder al Ejecutivo nacional, ni las legislaturas provinciales a los gobernadores de provincia, facultades extraordinarias ni la suma del poder público. Actos de esta naturaleza llevan consigo una nulidad insanable y sujetarán a los que los formulen, consientan o firmen a la responsabilidad y pena de los infames traidores a la patria".




