
La lección de Belgrano
Por María Sáenz Quesada (para La Nación )
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Ciento setenta y ocho años después de la muerte de Manuel Belgrano, ocurrida en Buenos Aires el 20 de junio de 1820, ¿cuál es el vínculo entre los argentinos actuales y este prócer fundador de la nacionalidad, quizás el más admirable de su generación?
Hoy es poco lo que se sabe de Belgrano. Como creador de la bandera sobrevive en las láminas de la escuela primaria y es recordado, con suerte, en la secundaria por sus victorias de Tucumán y Salta. Por otra parte, en los últimos años se ha instalado una sospecha sobre su virilidad, a pesar de los recientes estudios acerca de sus amores y amoríos y de sus hijos naturales.
En vísperas de un nuevo milenio, es oportuno que educadores, historiadores, políticos y argentinos en general nos preguntemos si vale la pena el esfuerzo de mantener vivo el culto de los héroes, tal como se lo entendía en los tiempos de la enseñanza patriótica; si es mejor abandonar la carrera en actitud realista, de cara a una incontenible globalización que reduce nuestras figuras ejemplares a los rostros que se reiteran en los medios, o si más que nunca importa fortalecer la identidad argentina, chauvinismos aparte, y reivindicar una versión actualizada del culto de los héroes, despojada de la inútil hojarasca de bronce, plena de humanidad y capaz de servirse de la vida de un grande como hilo conductor para comprender mejor nuestro presente.
"El amo viejo o ninguno"
Prefiero esta última alternativa, y si se trata de elegir una biografía indispensable para orientarse en el laberinto del pasado, la de Belgrano figura en primer término.
El creador de la bandera fue protagonista de una de las instancias casi mágicas en la historia de los pueblos: la toma de conciencia de su individualidad. En este aspecto, Belgrano parece no haber tenido dudas, a partir de su estada en la Península, hacia 1790, como estudiante de leyes, de que los intereses de la metrópoli no coincidían con los de sus colonias. También se convenció de que, cuando se tratara de aplicar los deslumbrantes postulados políticos del Siglo de las Luces _la racionalidad, la igualdad, la libertad, la propiedad_, cada pueblo debía decidirlo por sí.
De ahí su respuesta tajante cuando, durante la segunda invasión inglesa (1807), se planteó la posibilidad de aceptar la independencia de manos de los invasores: "El amo viejo o ninguno". Por aquello del viejo amo pensó, junto con un reducido grupo de patriotas, en las ventajas de la regencia de Carlota Joaquina de Borbón, cuando España cayó en manos de los franceses.
Hombre de las Luces
Otra actitud firme de Belgrano es la que asumió dentro de la Primera Junta, en el grupo que buscaba la independencia, y que reiteró seis años más tarde en Tucumán ante el Congreso de los Pueblos. Fue asimismo consecuente en la defensa del patrimonio territorial del Virreinato, y aseguró la pertenencia argentina de las actuales provincias del noroeste, al desobedecer la orden de unos triunviros temerosos que le ordenaban replegarse (1812). Exigió a sus soldados disciplina y respeto por los bienes materiales y las creencias de la población civil. Se proponía, dice el general José María Paz en sus Memorias, formar buenos ciudadanos.
Hombre de las Luces, portador de las nuevas ideas a una remota posesión colonial del rey español, liberal convencido, fue monárquico constitucional cuando, en plena reacción legitimista en Europa (1816), propuso entronizar a la dinastía de los incas como una forma de evitar la disgregación del antiguo Virreinato. Despreciaba íntimamente el egoísmo de las elites que sólo se ocupaban de la Revolución en la medida de sus intereses y entendió a partir de su dura experiencia militar, del Paraguay al Alto Perú, que era indispensable integrarse con el paisanaje y los indígenas para darles una idea más amplia de patria que la que implica la defensa exclusiva del suelo.
El ciudadano soldado
Su personalidad incluye la racionalidad y la pasión. La lectura del Epistolario belgraniano, publicado por la Academia Nacional de la Historia, es pródiga en ejemplos de su concepción política, su filosofía de vida, su entrega sin reticencias al servicio público, el sacrificio deliberado de sus gustos: estudioso, hombre de leyes, educador, publicista y a ratos, por qué no, mundano. Las cartas, sobre todo las que le envía a San Martín, entre 1814 y 1819, constituyen una sólida lección de conciencia patriótica, mezcla bien proporcionada de realismo y de idealismo. Belgrano veía en San Martín al jefe militar de la Revolución, el único en condiciones de llevar adelante con éxito la lucha. Por su parte, él encarnaba en cierta medida al pueblo en armas, al ciudadano incorporado al Ejército por un razonamiento apasionado, el sentimiento de patria.
"Nadie me separará de los principios que adopté cuando me decidí a buscar la libertad de la patria amada", afirmó en 1813. Mantuvo su compromiso ético hasta la muerte.
En nuestra sociedad finisecular, devastada por la corrupción y la inseguridad, vale la pena releer las cartas de Manuel Belgrano, escritas cuando la historia todavía era puro presente, y transmitir la alegría del reencuentro, casi dos siglos después, con este argentino de memoria limpia y lozana, digna de fortalecer la identidad nacional con su ejemplo de entrega y de grandeza.





