
La legitimidad y el consenso de la opinión pública
La irrupción de Juan Carlos Blumberg en la escena social, plantea un fenómeno popular, mediático y político que pone al descubierto los déficit del poder político argentino. Un poder que, por haber mostrado más preocupación por satisfacer sus propias necesidades que las de la sociedad a la que debe servir, se parece más a un niño o a un adolescente que a un padre o a un líder.
Blumberg, medido como hombre, es un padre que se niega a sumergirse en la angustia que naturalmente puede despertar la muerte de un hijo y que insiste en convertir su dolor en una gesta, en aras al bien común. Llama la atención que no piense con egoísmo, sino con altruismo, pues trata de que otros padres no pierdan lo que él ya no puede recuperar.
Pero si se mide su actuación desde el plano político, la emergencia de Blumberg adquiere otra dimensión.
El crecimiento de Blumberg se entiende a la sombra de una opinión pública ansiosa por obtener respuestas de un poder político que está cada vez más desorientado, ineficiente y descontrolado (y que pierde paulatinamente legitimidad) a la hora de darlas.
No se lea esto como una crítica al actual presidente, Néstor Kirchner, pues no lo es, sino a las condiciones con que distintos mandatarios, congresos y jueces vienen ejerciendo el poder durante los últimos, digamos, cincuenta años. Todo lo que ocurre hoy tiene raíces en el ayer inmediato y en tiempos pretéritos. Sin perjuicio de que las autoridades actuales concurran con responsabilidad por sus propios errores.
La era mediática
Mencionamos legitimidad y opinión pública. Me animó a formular una hipótesis. En la sociedad contemporánea, compleja y mediática, para ejercer el poder político hay que reunir dos condiciones: gozar de legitimidad y, además, del consenso de la opinión pública. Vayamos por partes.
La legitimidad de un gobierno es el derecho a mandar. ¿Cuándo un gobernante tiene derecho a ser obedecido? Cuando fue elegido por el procedimiento constitucional y gobierna conforme con ciertas reglas formales preestablecidas, dice Max Weber. Me atrevería a agregar dos condiciones más: el gobernante también debe utilizar el poder en forma limitada, respetando los derechos de las minorías, y con sujeción a todos los controles judiciales e institucionales existentes.
Por el contrario, cuando el poder se ejerce al margen de las normas constitucionales y supranacionales o sin sujeción a control alguno, el gobierno pierde legitimidad. ¿No había perdido legitimidad un gobierno corrupto, muchos de cuyos funcionarios cobraban sobresueldos, y que manejaba a su antojo a la Justicia?
En el otro extremo de la ecuación del poder político aparece la opinión pública. Su reconocimiento está tan vinculado con la democracia que se admite, desde el siglo XVIII, que la democracia es un régimen de opinión pública. Por eso, la libertad de prensa, cuyo día celebramos recientemente, es una condición de existencia del sistema político democrático; sin libertad de prensa, no sólo las personas no pueden expresarse, sino que el pueblo no puede formarse una opinión sobre los asuntos de gobierno ni puede supervisar el ejercicio del poder.
La sociedad contemporánea está dominada por las imágenes y por la información. Y los medios tienen una presencia tan ineludible, omnipresente y omnipotente que el poder político necesita encontar formas de representarse visualmente para suscitar aceptación. Acaso, ¿alguien puede olvidar que el día en que los Estados Unidos anunció el fin de la guerra contra Irak -que a diario comprobamos que no finalizó- dio la vuelta al mundo una fotografía del presidente George Bush vestido en uniforme de combate, tomada a bordo del portaaviones Abraham Lincoln?
El germen de un destino
La democracia constitucional actual es muy exigente, porque exige a la autoridad gobernar conforme con reglas constitucionales más o menos prefijadas (legitimidad), hacerlo con eficacia y, además, mantener una buena relación con la opinión pública.
En la actualidad, un presidente ilegítimo (de facto), por más que reciba el aval del público, no gana derecho a ser obedecido y termina siendo aborrecido porque, tarde o temprano, se lo verá como extraño. Es lo que le ocurrió al último gobierno militar argentino. Y, del mismo modo, ¿no visualizan las etnias iraquíes a las autoridades de la ocupación como un fenómeno extraño, ajeno a su sistema de legitmación, por anacrónico que a nosotros nos pueda parecer?
Del mismo modo, un gobierno legítimo, aún cuando conserve esa legitimidad constitucional, puede perder el poder si se queda sin consenso popular. Esto es lo que le sucedió al ex presidente Fernando de la Rúa: en medio de medidas de gobierno muy cuestionadas, los partidos y los políticos, en cuanto olieron que el mandatario había perdido toda aceptación popular, terminaron por dejarlo caer.
En otras palabras, el poder conlleva, en el modo en que es ejercido, el germen de su propio destino.
Desde esta perspectiva institucional, el fenómeno Blumberg cobra un especial interés.
La inapropiada actuación del poder político -repetimos, no nos referimos a Kirchner, sino, en forma general, a las autoridades de las últimas décadas-, que no se preocupó por adoptar medidas constitucionalmente aceptables y eficaces para combatir la corrupción, la inseguridad, el desempleo y otros problemas dio paso a un vacío tal que puede ser cubierto, inesperadamente, por algún emergente social imprevisto.
No quiere decir esto que todo lo que reclama Blumberg sea correcto. Como cualquiera que pretenda ser intérprete libre de la opinión pública, no tiene por qué ser racional ni acertar. Puede pedir, exigir, reclamar, y algunos de sus requerimientos pueden ser errados. No se le puede demandar ni a Blumberg ni a la opinión pública racionalidad en los reclamos. Es al poder político al que se le debe exigir racionalidad en las respuestas.
Poder autorreferencial
Lo que la irrupción de Blumberg pone de manifiesto es que la opinión pública está desilusionada con sucesivos gobiernos que encarnaron el poder mirándose a sí mismos. Autoridades que no supieron atender los reclamos del pueblo, ni satisfacer sus necesidades más acuciantes, ni buscar soluciones adecuadas a los problemas esenciales. Quienes encarnaron las instituciones estuvieron mucho más preocupados, en términos generales, por satisfacer sus propias apetencias, que por velar por el bien común.
El poder, entonces, se volvió ciego, sordo y mudo, autorreferente y encerrado en una realidad virtual muy separada y distante de la realidad que se vive en la calle. Y la gente se volvió apática y desconfiada del poder. Por eso, Blumberg, inesperadamente para los políticos, fue visto por la gente como la persona que puede llenar un vacío y canalizar las exigencias de respuestas. Y, por eso también, un desliz del poder político, por mínimo que fuere, puede cambiar la temperatura de la opinión pública en apenas pocas horas o días.






