La ley de las turbas
Por Philip Bowring International Herald Tribune
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LONDRES
QUIEN visite nuevamente el Reino Unido notará un marcado aumento de la maldad en la vida pública británica o, al menos, inglesa. La violencia en el fútbol que ha dado fama al país puede que sea obra de una minoría ínfima, pero sus semillas se encuentran por todas partes y, en esto, los medios no ocupan precisamente el último lugar. Actitudes y conductas propias de matones, que en Alemania o Austria serían condenadas como síntomas de un fascismo incipiente, aquí se consideran meras groserías.
Hace poco, Portsmouth fue escenario de algunos de los peores actos multitudinarios de violencia e intimidación que se hayan visto en Europa Occidental en años recientes. Las turbas atacaron los domicilios de supuestos pederastas convictos y obligaron a los residentes a huir para salvar el pellejo; en muchos casos, las suposiciones eran equivocadas.
El apoyo prestado a estos desmanes reflejó, quizá, la preocupación por la inseguridad personal reinante en numerosas áreas urbanas, especialmente en los barrios de viviendas estatales o municipales, donde son comunes las familias disfuncionales y los actos de violencia cometidos al azar. Está bien que el público se preocupe por proteger a los niños de los pederastas reincidentes. El reciente asesinato de un niño -un caso muy divulgado- había enardecido los ánimos. Pero este desborde fue consecuencia directa de una campaña para "identificar y afrentar" a pederastas convictos, lanzada por el nuevo director de News of the World . Resulta particularmente sorprendente que la indignación moral proviniese de un semanario dominical cuya fórmula -sexo y asesinatos- lo situaría en un nivel muy bajo, aun entre los periódicos de Rupert Murdoch.
En pocos días, el gobierno cedió ante News of the World , en vez de seguir los consejos de los profesionales o de un espectro político más amplio. El viceprimer ministro, nada menos, prometió tomar duras medidas contra los pederastas. Las turbas y un diario sensacionalista prevalecieron por sobre la policía, el Parlamento y la opinión pública más reflexiva. Entretanto, la capacidad de la policía de mantener el orden con la menor fuerza y alharaca posibles se ha visto debilitada por sus frecuentes escándalos internos, unos jueces indulgentes y la aparente tolerancia a regañadientes de conductas juveniles groseras en todos los niveles de la sociedad.
No se puede culpar al gobierno de Blair por lo ocurrido en Portsmouth, pero tuvo la reacción típica de una administración carente de principios o ideología, que se deja llevar por su percepción de lo que cree que son actitudes populares. Desea mantener una imagen de "dureza contra el crimen" y, sin embargo, confía tan poco en los sistemas comprobados y los criterios del público, que está limitando un antiguo bastión de las libertades británicas: el juicio por jurados.
Triviales y localistas
A la larga, las pretensiones presidenciales de Blair, su falta de principios y su obsesión petulante por su imagen lo llevarán a la ruina, ya sea en manos del electorado o aun de su propio partido. Pero, ¿qué puede hacer Gran Bretaña para mejorar el nivel de los medios o de la educación, que, hoy por hoy, varias mediciones colocan en los últimos peldaños de la escala europea?
Tres aspectos de los medios impresionan, en particular, al visitante asiduo, especialmente si es periodista:
- El nacionalismo vulgar, y no sólo en los tabloides. Existe desde siempre, pero ha empeorado mucho.
- La descarada crudeza del lenguaje. Tanto los tabloides como los columnistas de diarios serios reemplazan a menudo los argumentos por insultos personales.
- La llamada prensa seria, siguiendo el ejemplo de los tabloides, ha adoptado una agenda informativa de asesinatos, escándalos y primicias exacerbadas. Los tabloides ya no intentan cubrir temas graves. La cobertura de la información mundial, que en otro tiempo dio fama a la prensa seria, es desigual y está dominada por noticias de dramas humanos.
En cuanto a la BBC, sus informativos son tan triviales y localistas que los británicos se avergüenzan al escucharlos o mirarlos en compañía de extranjeros. Las quejas abundan, pero son desoídas. Los seudorradicales de la era Blair consideran "elitista" querer enterarse de cómo van las elecciones en España o Japón, en vez de ver o escuchar relatos melodramáticos, casos locales de asesinato o las andanzas de estrellas cinematográficas y miembros secundarios de la realeza.
La gente se siente insultada si le pedimos que compare, por ejemplo, las calles de Dover con las de Ostende, Manchester con Munich y Glasgow con Génova. Me pregunto si estará dispuesta a comparar su sistema educativo con el de Taiwan; sus medios con los de Alemania; sus índices de maternidad precoz, analfabetismo, ebriedad en la vía pública y crímenes violentos con los de Francia, Suecia o Australia. Las objeciones a la burocracia arrogante y poco democrática de Bruselas, las críticas razonadas del euro, caen rápidamente en un patrioterismo juvenil.
Entretanto, y con frecuencia, Gran Bretaña parece haber tomado en préstamo muchos de los peores rasgos de la cultura popular norteamericana (desde los programas televisivos hasta los restaurantes en serie, pasando por la inclinación a pleitear y cierta propensión a la violencia) pero muy pocos de los mejores: su franqueza, su optimismo, su pericia tecnológica.
Esta es una visión incompleta y agria de un país que, sin embargo, tiene muchos méritos. Podría citar en su favor muchas estadísticas buenas, entre otras las referentes a la integración racial. Pero los tumultos de Portsmouth han puesto de relieve el desgaste cualitativo de instituciones que contribuían a mantener una sociedad civilizada, incluidos los medios, el Parlamento y la policía.
El colapso de la confianza pública en las instituciones induce, con excesiva facilidad, a crear espantajos populistas y exigencias de remedios simplistas, aprobados por las turbas. En otros lugares lo llaman fascismo. © La Nación



