La libertad

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Se han creado, en los últimos 50 años, espacios de tiempo y lugar donde los adultos no intervienen
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29 de julio de 2014  • 02:55

Casos que nos estremecen. Una chica de 19 años concurre a bailar a un boliche y allí, en medio de la música ensordecedora y las luces estroboscópicas (o como se llamen) cuatro muchachos la violan en equipo. La chica pide auxilio, pero nadie la oye ni la ve. Está muy oscuro en aquel rincón. Se trata de un gran local de tres pisos, con tres pistas diferentes. Hay guardias de seguridad, e incluso policías en la puerta. Todos con sueño: son las 3:30 de la madrugada, pero...¡Estamos entre profesionales de la noche!

Este episodio se conoce mediáticamente como el caso Camila.

Y luego viene el otro asunto. Una chica de 12 años, perteneciente a una familia de clase media de San Isidro (papá abogado) desaparece un día sin que se pueda entender el motivo. Al día siguiente reaparece la niña y detienen a un joven de 24 años, quien reconoce que había pasado un buen rato con ella en su vivienda de La Cava. Una villa que está a dos cuadras de Lomas de San Isidro, barrio selecto por excelencia.

¿Qué es esto que estamos viviendo? ¿Será, por fin, el límite?

¿Qué es esto que estamos viviendo? ¿Será, por fin, el límite? De nada sirvió la noche caótica de Cromagnon, ni los cuatro muchachitos del balcón de Pinamar, ni todos los casos (son miles) en que la libertad patológica se cobró su tributo de vidas adolescentes.

Algunos todavía tenemos el tupé de opinar, o escribir un artículo, sobre estos temas prohibidos. Aunque sabemos perfectamente que, si hemos llegado hasta el presente con nuestros hijos vivos, ello es fruto de la suerte o la Divina Providencia. Seguramente, cometimos todos los errores, pero de alguna manera nuestros hijos llegaron a los 20 años, y de ahí en adelante encararon su vida adulta. Muchos se han ido lejos de este país, tan libre y peligroso. Son miles los que buscan otro lugar, casi cualquier parte, igual de libre pero menos peligroso. Y nos quedamos mascullando: ¡Adiós, hijos, adiós! ¿Qué mosca les picó? ¡Se fueron tan lejos! Tal vez, como el ingeniero Macri, murmuremos un poco avergonzados: "Están muy lejos, pero al menos a salvo".

Repasemos lo que ha sucedido en estos tiempos: desde los años 50, cuando éramos niños, hasta hoy, pasado el 2000, cuando ya somos abuelos.

Son miles los que buscan otro lugar, casi cualquier parte, igual de libre pero menos peligroso

Antes, nadie nos preguntaba nuestra opinión. Nos mandaban a colegio pupilo, nos vestían de zapatitos blancos, nos ordenaban dormir o comer o hacer la siesta, o estudiar, o jugar a las cartas o someternos a la ultrajante revisación médica para nadar en la pileta del club. Ahora, las mamás le preguntan al bebe si quiere tomar la teta, aunque el pobre crío no sepa hablar. Los deberes de la escuela ya no los hacen los escolares, sino los padres. Y sobre todo las madres. En la guerra secular entre docentes y mamás, han vencido las maestras. Pero las mamás vuelven a la carga, acompañadas por sus maridos, dispuestas a trompear a las docentes que se atrevieron a retar al nene.

Antes, los hijos de familias católicas estudiaban el catecismo, los judíos y musulmanes concurrían (un poco calladamente) a sus confesiones particulares, y los hijos de ateos recibíamos la educación más estricta de todas. Esto es: la conciencia moral. Lo que se debe y lo que no se debe. Pero todos, todos, teníamos un límite. Aunque más no fuera, el miedo a Dios. Unos más, otros menos, éramos temerosos del Señor. Teníamos la noción de que "hay cosas que no se hacen". Hoy se ha revelado a los humanos una nueva religión. Cada uno debe hacer lo que le da la gana. Desear algo es imperativo: debe hacerse. Cualquier cosa menos frustrarse, pecar de tímido o dejar una gotita en el tintero. Así es el mandato actual: los chicos (de siete a cuarenta y siete años) deben hacer todo aquello que se les pase por la cabeza. Sin límites. Una idea germina en la cabecita inocente de nuestros retoños: deben realizarla inmediatamente o será el fin del mundo. Y sobre todo divertirse, pasarla bien, gozar de la fiesta de la vida. Si algo sale mal, que se arreglen los otros. Nada de padres autoritarios, maestros exigentes o madres que se meten donde nadie las llamó. Son todos fachos.

Cualquier cosa menos frustrarse, pecar de tímido o dejar una gotita en el tintero

Se han creado, en los últimos 50 años, espacios de tiempo y lugar donde los adultos no intervienen. Por ejemplo: la noche. Que ahora transcurre durante el día. O sea: cuando nosotros éramos jóvenes y salíamos a bailar, por lo general pasábamos a buscar (a eso de las 22) a una chica por su domicilio familiar, donde sus padres nos observaban detenidamente, y luego la llevábamos a un local donde, efectivamente, se bailaba la música de moda. El operativo terminaba a las dos de la mañana, como mucho, y este final consistía en que acompañábamos a la chica hasta su casa. Todo cambió rápidamente: hoy ya es de otro modo. El muchacho y la chica van por separado a un local bailable, donde nadie baila. El sonido es estruendoso, de manera que tampoco habla con nadie. Ni siquiera conocen sus nombres. Se nos informa que el 100% de los jóvenes de 25 a 40 años padece dificultades auditivas. Por eso hablan a los gritos y producen ruidos descontrolados. Son sordos. En el contexto de una fiesta rave, por ejemplo, pueden drogarse, violarse o asesinarse los unos a los otros sin que nadie lo advierta. Todo este cuadro se potencia por el horario: la noche joven va desde las 3 de la mañana hasta las 9, y no hay adultos responsables observando lo que ocurre. Aquellos mayores de edad que circulan por estos lugares tan cool están vendiendo drogas, planeando la trata de personas...o mirando para otro lado.

Los verbos imperativos de nuestra infancia eran estudiar, trabajar, ahorrar, obedecer, cumplir, respetar, aprender

Otro santuario de los jóvenes se denomina "redes sociales". Léase Facebook, Twitter y otras. Ya los niños de siete años exigen su propio celular, su propia PC y su página de Facebook. Nosotros, pobres imbéciles, los aplaudimos por su genialidad y vamos corriendo a comprarles una tablet, no sea que se frustren. Se nos acota que las redes sociales cumplieron un gran papel en el derrocamiento de las tiranías de Egipto, Libia, Argelia y otras naciones. ¡Felicitaciones! Nosotros sólo anotamos en nuestro cuaderno de bitácora que, cada vez que se produce un hecho horroroso, en algún escalón del crimen aparece Facebook. Las salas de chat, los foros donde todos los participantes se refugian en un anonimato inmoral, que les permite amenazar, seducir, mentir, insultar, calumniar, conspirar. No estamos llegando a buen puerto.

Algo va mal. Los verbos imperativos de nuestra infancia eran estudiar, trabajar, ahorrar, obedecer, cumplir, respetar, aprender. Hoy sólo se trata de hacer lo que quieras, libremente, sin ataduras, sin mandatos, sin tutores, sin vigilantes, aprovechando para eso los horarios juveniles (de 3 a 9) y los territorios igualmente juveniles como Facebook, Twitter y los foros.

La sagrada libertad, ahora, es una enfermedad.

Y la noche, un negocio enemigo del progreso.

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