
La locura de los 70
La aparición de una serie de libros -algunos de ellos ya best sellers- que analizan la traumática década 1970/1980 ha vuelto a instalar el debate sobre esa etapa argentina reciente. ¿Fue el idealismo o la locura lo que inspiró a los hombres de aquella generación? ¿Se trata de un capítulo definitivamente cerrado? Hay al menos una coincidencia: el país quedó marcado a sangre y fuego.
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En estos años de fin de siglo, donde los popes del consumismo buscan nuevos mitos para instalar al lado de las Evitas y los Ches que rápidamente se agotan, el tema de la generación de los setenta en la Argentina empieza a posicionarse firmemente.
El presidente que no fue, de Miguel Bonasso; La Voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita; La otra historia, de Roberto Cirilo Perdía, y De Isabel a Videla, de Carlos Turolo, libros recientemente aparecidos en las librerías (entre otros sobre la misma cuestión), más testimoniales que analíticos, certifican que el debate apenas comienza en un país con demasiadas discusiones inconclusas.
¿Qué fueron los setentistas? ¿La generación que protagonizó el epílogo de un ciclo histórico colmado de rupturas institucionales y cambios políticos y económicos, en la línea interpretativa definida por Ortega y Gasset para los pueblos? ¿O fue, acaso, el movimiento juvenil que marcó el punto máximo de crecimiento, antes del comienzo de "la larga agonía del peronismo", planteada lúcidamente por Tulio Halperin Donghi?
Medida en términos históricos, esa "juventud maravillosa", como la denominaba Juan Domingo Perón antes de la ruptura en la Plaza de Mayo, en mayo del 74, no alcanzó siquiera a cumplir una década de existencia como tal.
Nacieron a la fama pública seguramente con el denominado Cordobazo y jornadas similares posteriores, en 1969, y murieron, mucho más que literalmente, con el telón de acero iniciado con el golpe militar de 1976.
Es cierto que hubo un antes y un después con los mismos protagonistas de esos días calientes. Peronistas y radicales, fuerzas armadas y elites, económicas, sociales e ideológicas. Y la gente. Una historia, en suma, de mayorías y minorías rodeadas de ambiguedades, de contradicciones, de equivocaciones y de irracionalidades. Con endiosamientos y caídas. Y con cambios que no cesaban, terribles y sofocantes.
¿Cuáles fueron los móviles que los hicieron ser como fueron? Quizás uno de los signos de esta generación fue el de la lucha por el poder y su incapacidad para lograrlo.
En un contexto histórico nacional de poderes excluyentes y continuas peleas facciosas o sectoriales, donde la titularidad de la nación era asumida casi siempre autoritariamente por peronistas o antiperonistas, por civiles o militares, ¿podía entenderse otra forma natural de relación entre grupos diferentes que la de tener el poder y mantenerlo como fuere?
¿Lo entendieron así sus protagonistas? Para Juan Carlos Portantiero, decano de Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, "más allá de las discusiones ideológicas, visto desde la perspectiva actual, el móvil para la militancia en aquella época era la lucha contra las injusticias. En el mundo y en la Argentina había un profundo sentimiento de que las cosas podían cambiar. Había procesos reales, como el Mayo Francés, o las revueltas en los Estados Unidos, donde la realidad cambiaba".
El senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, entonces abogado de presos políticos, afirma que "el enorme deterioro de las instituciones sufrido a partir del 6 de septiembre de 1930, el desprecio por la soberanía popular como fuente del poder legítimo, las violaciones permanentes a la Constitución Nacional y la prédica autoritaria, entre otros factores, condujeron a muchos jóvenes al error de adherir a soluciones violentas para intentar lograr un cambio necesario".
La pregunta recurrente, que gastaba las horas de café de los polemistas de esos días, giraba una y otra vez sobre el sistema filosófico y político viable para concretar los cambios y hasta las utopías.
El historiador Natalio Botana reconoce la existencia de ese debate y sostiene que "la desvalorización de la democracia, que en esos años existía, se debía a dos razones. Los jóvenes no la conocían en la práctica, porque fue pervertida durante décadas, pero además, porque el contexto mundial -el Mayo Francés, la Revolución China y la cubana- hacía aparecer a la democracia como un sistema poco apropiado para una revolución".
El movimiento estudiantil, uno de los brazos precursores del movimiento protestatario previo al 69, tuvo mucho que ver con la búsqueda de la sociedad soñada y con los errores cometidos.
Federico Storani, uno de los máximos dirigentes estudiantiles de aquellos tiempos como presidente de la Federación Universitaria Argentina, hoy diputado por el radicalismo bonaerense, así lo describe: "Se asistía a una ilusión real de cambio, pero también una alta dosis de esnobismo, y eso generó salidas violentas. Los jóvenes radicales confiábamos en la democracia, pero otros, desde el peronismo de izquierda, la veían como poco heroica".
Para el periodista Jorge Bernetti, un intelectual peronista en aquella época, la identidad generacional se caracterizaba por una gran vocación por lo social, con ideales fuertes por seguir como justicia, libertad, liberación. "Los jóvenes -dice- asumían su militancia con mucho entusiasmo. Era la juventud posterior a la Segunda Guerra Mundial y se percibía la sensación de que podíamos construir una sociedad nueva, sobre todo en América latina."
El sindicalista de ATE Víctor De Gennaro, que daba sus primeros pasos como delegado gremial a comienzos de esa década, la caracteriza como "una etapa donde la sociedad se movilizó atrás de una esperanza: la vuelta de Perón, la lucha por la democracia, la posibilidad de que América latina encontrase su destino, motivaba a los jóvenes a involucrarse en la política".
Cambios, justicia, liberación. Una década plagada de eslogans y de contenidos: liberación o dependencia, patria o colonia, imperialismo y antiimperialismo, Perón o muerte.
Una década donde se decía y se creía que se peleaba contra la desigualdad social, creyendo encontrar la igualdad buscada en un Estado omnipotente, en un partido único o en un modelo económico excluyente.
En este cuadro de verdades absolutas, la violencia represiva, insurreccional o subversiva y su compañero ideal, el autoritarismo, fueron un denominador común.
"Y en los momentos decisivos, una juventud maravillosa supo responder a la violencia con la violencia y oponerse con la decisión y el coraje de las más vibrantes epopeyas nacionales a la pasión ciega y enfermiza de una oligarquía delirante", decía el 25 de mayo de 1973 el presidente Héctor J. Cámpora, en su primer y único mensaje a la Asamblea Legislativa.
A pesar de que el 11 de marzo de 1973 más del ochenta por ciento de los argentinos había votado masivamente, a través del peronismo y del radicalismo, en favor de un proceso democrático y reformista, la violencia incorporada como forma de entendimiento por algunas minorías fue otro signo de esta generación.
Quien mejor lo explica es Botana. "Se había creado un círculo infernal de violencia. Un régimen autoritario que generaba violencia guerrillera, y ésta a la vez engendraba más violencia desde el Estado. Las dos partes se profesaban un terror recíproco."
La teoría de los dos demonios, a pesar de su éxito en los ochenta, no fue la única explicación válida para expresar adhesiones y rechazos a un sistema pensado para la convivencia.
Así lo explica Solari Yrigoyen. "Ese período se caracterizó por el auge de la violencia. Siempre milité en la Unión Cívica Radical y luché con fervor por la restauración democrática tras la caída del gobierno ejemplar de Arturo Illia. Adhería a los principios de la no violencia y luchaba por el respeto de los derechos humanos. No fue fácil. Fui víctima de dos atentados. Después del golpe de 1976 sufrí un tercero. Fui secuestrado, estuve preso y finalmente fui expulsado del país. En el exterior continué luchando por los principios democráticos, junto a otros que, como yo, no adherían a la violencia."
Para un sector de la sociedad, el origen de tanto encono tenía un solo generador: el terrorismo de Estado.
Portantiero admite que "el clima general de la época era violento", pero precisa que "la violencia venía desde arriba, del terrorismo que se ejercía desde el Estado. La violencia se va acrecentando como en un espiral, pero es el Estado el que primero se excede en sus funciones".
A esta idea se suma, con matices, De Gennaro. "La violencia de esos años estaba motivada, en gran medida, por el terrorismo que se ejercía desde el Estado, en un intento por quebrar la voluntad del pueblo."
También Bernetti:"La violencia existía en la Argentina desde las mismas bases del sistema. Durante mi época de escolar, cada dos por tres me sacaban de clase por un golpe militar. No nos olvidemos de que había proscripción, fraude, allanamientos. Fuimos educados en la violencia".
Por supuesto, hay opiniones que podrían ser ubicadas en las antípodas. Para Juan Alemann, integrante del gabinete económico del ministro José Alfredo Martínez de Hoz en tiempos del Proceso, lo que desencadenó todo fue el Cordobazo, en 1969. "Fue una revuelta organizada desde la izquierda y con el apoyo de la guerrilla cubana", afirma.
En su opinión, lo que los militares hicieron fue "poner orden" donde la izquierda había puesto terror.
Quién disparó el primer tiro, ésa parece ser la discusión.
El senador José Antonio Romero Feris sostiene que "el Estado debe cumplir una función esencial, que es garantizar la seguridad de las personas. Y si esa seguridad está en peligro, tiene que poner todos los medios que estén a su alcance para resguardar esa seguridad. Esa es una función indelegable del Estado que, por supuesto, debe ser ejercida en el marco estricto de la ley".
Al responder a quienes afirman que la actuación de los grupos radicalizados no fue más que una reacción contra la violencia ejercida por el Estado, Romero Feris dice que "nunca se debe responder a la violencia con más violencia. Eso es injustificable".
Un protagonista directo de esos años de plomo, Arnold Kremer, sucesor de Roberto Santucho en la conducción del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), no se arrepiente de nada "de lo hecho frente a la dictadura militar", aunque al hablar de la violencia admite que "el fin no justifica los medios".
Kremer sostiene que el país estaba entrampado en la violencia "porque en la Argentina siempre la hubo: las revueltas, los repetidos golpes... La historia nacional se había resuelto por medio de la violencia, que era inevitable. En este país había que cortar mil cabezas, nos decía el Gobierno. Sólo había que elegir cuáles".
Otro habitante de las conmociones de esos tiempos, el entonces montonero Roberto Perdía, reafirma que ese estado de cosas "venía de antes, estaba implícito en los golpes militares y como consecuencia se generó un nuevo tipo de violencia de la mano del pueblo organizado".
El tercer signo de la época fue la aparición del protagonismo político de la juventud, casi como una estructura independiente de los partidos o agrupaciones de las que formaban parte.
"General, sus privilegiados de ayer son sus combatientes de hoy", decía una pintada en La Boca a fines de 1972, cuando los nuevos jóvenes, que se habían hecho mayoritariamente peronistas sin haber visto nunca a su líder, justificaban en carteles callejeros su repentina adhesión política.
Tenían entre 15 y 30 años y querían sacarse de encima, de una u otra manera, a sus padres y a los errores cometidos.
"Como buenos hijos de nuestros padres -dice Bernetti-, fuimos poco tolerantes."
Los jóvenes peronistas de entonces podían ser intolerantes, pero les sobraba ingenio y argumentos para explicar con frases como la del "trasvasamiento generacional" el intento de desalojo partidario, de la manera que fuere, de sus mayores.
"La característica de la juventud es el rechazo a lo existente. La diferencia entre aquélla y esta de ahora es que la de los setenta tenía una mayor esperanza depositada en lo político, mientras que la actual busca salidas individuales. Yo, a los 62 años, sigo creyendo que las causas colectivas son más útiles que la lucha individual", dice Portantiero, tratando de explicar el fenómeno setentista.
Final abierto
Eran jóvenes, creían firmemente en lo que hacían y ejercían esa convicción muchas veces con violencia irracional, excluyendo automáticamente a los que pensaban diferente.
Así fueron convirtiendo una pelea de mayorías en una pelea de minorías, y fueron automarginándose rápidamente.
Los más hábiles, entre los que sobrevivieron, se adaptaron, veinte años después, a un mundo, a un país y a algunos partidos que cambiaron mucho más de lo que hubieran imaginado en sus tiempos más febriles.
Siguen cerca del poder, y a veces hasta lo ocupan temporariamente. Hay casos de sobra. Pero sólo ahora parecería que quieren repensar por qué no lo alcanzaron en aquellos años en que lo buscaban impiadosamente.
Dónde estaban los que hoy mandan
Escenas de la marcha realizada en la ciudad de La Plata para evocar, con dolor, el 21° aniversario del golpe militar.
Por diferentes motivos, los años 70 habrían de ser decisivos en la vida de quienes hoy están en el Gobierno. Para Eduardo Duhalde o Jorge Rodríguez representaron las primeras experiencias en política; para algunos, como el actual ministro de Economía, la posibilidad de un posgrado en el extranjero; para otros, incluido el Presidente, el nacimiento de una pasión y el sufrimiento de la cárcel.
Carlos Menem (66) se convertía el 25 de mayo de 1973 en gobernador de La Rioja -el más joven del país- y ya soñaba con llegar a la presidencia, aunque Perón sólo lo considerara un muchacho pintoresco.
A pesar de las dificultades políticas, Menem se mostraba en el verano de 1975 en espectáculos y partidos de fútbol en Mar del Plata y aparecía en revistas de moda, pidiendo el adelantamiento de las elecciones presidenciales, mientras gestionaba para él el segundo lugar de una fórmula junto a Isabel Perón.
En la difícil etapa de la guerrilla y del peronismo sin Perón, Menem comenzaba a perder apoyos políticos en su provincia. Los militantes de la Juventud Peronista y los grupos encabezados por el obispo Angelelli lo enfrentaban.
Dos de sus hombres de confianza en el gobierno provincial no eran de La Rioja: el mendocino Eduardo Bauzá -hoy senador- estaba a cargo del Instituto de Colonización; el flamante geólogo cordobés Alberto Kohan -hoy secretario general de la Presidencia- conducía la Dirección de Aguas Subterráneas. Ambos eran acusados por la oposición por presuntos negociados.
El mismo 24 de marzo de 1976 Menem era detenido en La Rioja y, una semana después, trasladado al buque 33 Orientales. Pocos meses después llegaría a Magdalena, con el gremialista Diego Ibáñez como compañero de prisión.
El 28 de julio de 1971 la Apolo XV volaba velozmente hacia la Luna; se inauguraba en Palermo Chico el Minimax, presentado como el supermercado más moderno de Sudamérica; en los cines porteños se estrenaba Muerte en Venecia y continuaba el éxito de Love Story y de Aeropuerto.
Ese mismo día, un fiscal de la Cámara del Crimen -padre de quien hasta hace unos días abogado de Cóppola- decidía no interponer un recurso de queja ante la Corte contra la prescripción de una causa seguida a Perón por traición a la Patria, y miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo calificaban como "un gran fraude" al Gran Acuerdo Nacional.
En esa misma fecha, el actual gobernador bonaerense, Eduardo Duhalde (55), en la parroquia de San Vicente contraía enlace con Hilda "Chiche" González, a quien había conocido durante el verano de 1970 cuando trabajaba como bañero en la piscina del gremio ceramista, en Alejandro Korn.
Concluidos sus estudios de abogacía, ingresaba al área de asuntos legales de la Municipalidad de Lomas de Zamora y, poco después, iniciaba su militancia en el sindicato de municipales de ese partido y en el Centro Doctrinario Justicialista, creado por Hugo Toledo, su actual ministro de Obras Públicas. Así llega, en 1973, al Concejo Deliberante local, desde donde comienza una meteórica carrera que seguirá con la presidencia del cuerpo y concluirá el 8 de agosto de 1974 con su acceso a la intendencia, por corresponderle en el orden sucesorio luego del desplazamiento del jefe comunal Pablo Turner, hoy desaparecido.
El golpe del 76 no lo habría tomado de sorpresa. Según relata Hernán López Echagüe en El otro, enterado de que el ERP planeaba el asalto al batallón de Monte Chingolo, alertó al gobernador Victorio Calabró y el ataque fue conjurado. Tal gesto le habría valido no ser perseguido por los militares.
El cartonero Pierri
El actual presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Pierri (48), también comenzó bien desde abajo, aunque siempre fue un hombre de empresa.
A principios de la década del 70, con algo más de veinte años, el joven Pierri ya se dedicaba, junto a su padre, al negocio del papel y era un pequeño empresario. Pero tan pequeño que, en las calles de Lanús, se lo podía confundir con un cartonero, con carrito y todo.
Esos fueron los cimientos de su actual emporio papelero.
Pese a no militar en política por aquellos tiempos, el joven Pierri se dio en 1972 un gusto que muchos dirigentes de la actualidad no pudieron satisfacer. Gracias a la amistad de su padre con Juan Esquer, jefe de la custodia de Perón, el actual diputado pudo darle la mano al general en su casa de Gaspar Campos.
El jefe de Gabinete, Jorge Rodríguez (53), por entonces tan fiel a los madrugones y al mate amargo como ahora, repartía su tiempo entre el estudio y la política. En 1971, año en que el Independiente de sus amores salía campeón de la mano de Omar Pastoriza, egresaba como ingeniero agrónomo de la UBA, donde tenía como compañero a Felipe Solá. Poco después regresaba a La Pampa, su provincia, donde conseguiría su primer trabajo, vinculado con el mejoramiento genético de la alfalfa. Paralelamente militaba en la Juventud Peronista. Producido el golpe militar, se traslada a los Estados Unidos, de donde sólo regresa en 1979, con un master de la Universidad de Nebraska bajo el brazo.
El canciller Guido Di Tella (65) tenía en los 70 la misma imagen de excéntrico de hoy. Dueño de una magnífica pinacoteca, era designado presidente del Fondo Nacional de las Artes a comienzos de 1975 y, desde 1974, ejercía la docencia en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Paralelaente conducía el consejo de administración del Instituto Di Tella, su empresa agrícola, ganadera, comercial e inmobiliaria y su complejo ganadero en Navarro.
Desde agosto de 1975, cuando Antonio Cafiero es designado ministro de Economía de Isabel Perón, Di Tella, pese a no ser justicialista, ocupa la Secretaría de Programación y Coordinación Económica y se encarga de las negociaciones con el FMI y el Banco Mundial. Con el golpe, es detenido por pocos días, hasta que José Alfredo Martínez de Hoz intercede en su favor.
En cambio, el que no sufre persecuciones es Roque Fernández, quien -lejos del peronismo- desde los primeros años de la década se instala en la Universidad de Chicago, junto a su actual jefe de asesores Carlos Rodríguez, y realiza un Ph D. en Economía. Posteriormente integrará las filas del Banco Mundial y del FMI y, hacia 1978, regresa a la Argentina, donde deslumbra a muchos por sus conocimientos de teoría monetaria.
Tampoco padecía contratiempos el actual ministro de Salud, Alberto Mazza, quien prosperaba como médico ginecólogo y docente en la UBA.
Durante los gobiernos peronistas, Carlos Corach (61) era poco conocido, aunque tras su paso por la UCR y la UCRI en los años 50 y 60 ya estaba en el PJ. Los memoriosos lo ubican en el grupo Unidos, junto a Alberto Iribarne y, pese a que ahora cueste creerlo, Carlos "Chacho" Alvarez.
Jorge Domínguez (52) era por entonces un joven brillante que entre 1970 y 1972 resultaba becado por la OEA para realizar un master en Administración en los Estados Unidos. A su regreso, era designado vicepresidente del Banco Nacional de Desarrollo y asesor del bloque de diputados del PJ.
Peronistas de toda la vida
La ministra de Educación, Susana Decibe (47), y su par de Trabajo, Armando Caro Figueroa (52), tienen algo en común: ambos se declaran "peronistas de toda la vida".
Como muchos jóvenes de esa época, Susana Decibe pensaba que las soluciones sólo podían ser revolucionarias, pero nunca fue guerrillera, según aclara. Estuvo en la Plaza de Mayo aquel Día del Trabajador de 1974, cuando los montoneros abandonaron el acto. Ella estuvo entre los que se quedaron. Por entonces, estudiaba Sociología en la UBA; pero su militancia era más gremial que estudiantil. Vinculada con la JP y con el gremio de la carne, es detenida junto a su marido en mayo de 1976 y pasa dos semanas en la ESMA.
Caro Figueroa era fiscal de Estado en la provincia de Salta y vocal del Jury de Enjuiciamiento de Magistrados. En 1976 decide "autoexiliarse" en España. Hasta ese momento no conocía la desocupación; durante un año y medio vivió de los tejidos y de las tarteletas que hacía su mujer y de los ceniceros y animalitos de ónix que vendía en El Rastro de Madrid.
Terminada esa etapa se convertiría en asesor de la UGT, la central sindical socialista española, y más adelante en uno de los inspiradores de la flexibilización laboral de Felipe González.
Quienes crean que María Julia Alsogaray (54) no tenía nada que ver con el pensamiento revolucionario se equivocan. Por aquellos años adopta una determinación que bien podría haber sido considerada "subversiva" por sus padres: sin pedir permiso, se toma el primer vuelo a Brasil en busca del ecologista Francisco Erize, quien navegaba por el Amazonas, para declararle su amor. Su travesía concluye el 25 de abril de 1973 con la consagración del matrimonio.
El tiempo en el que se perdió la cabeza
Alguna vez se evocará la década de 1970 como ese tiempo en que los argentinos perdimos la chaveta. Nada sensato pudo prevalecer y, por el contrario, las acciones políticas más locas, las consignas más desprovistas de sentido, los actos más crueles e inhumanos fueron aplaudidos de un lado y de otro del espectro político y social.
Una especie de insania general campeaba sobre el país. Los unos apostaban a la violencia para transformarlo, pero en poco tiempo fueron rechazados por quien los había alentado, y más tarde fueron masacrados con excesos que nunca podrán olvidarse. Otros ansiaban el regreso de Perón como si fuera la panacea de todos los males del país; cuando volvió, se encontraron con un anciano manejado por el personaje más malo y estrafalario que registren nuestras crónicas políticas, que conducía a su antojo a quien fuera otrora el líder del justicialismo, con la complicidad de su mujer.
La sustitución de Cámpora por Perón en la presidencia fue un paso de tragicomedia que nos debió haber avergonzado ante el mundo, como también fue una vergüenza nacional ese apresto de guerra con Chile que, de haberse concretado, habría marcado con una terrible cicatriz de rencores y sueños de desquite tanto a nuestro pueblo como al chileno.
¿Qué nos pasó en la década del 70? Básicamente los argentinos no creíamos en la democracia. Había sido demasiado manoseada en los últimos años con una mezquina sucesión de gobiernos civiles débiles derrocados por golpes militares que fracasaron a la larga. Y como no creíamos en la democracia, nos enamorábamos de consignas como "la revolución nacional", "la patria socialista" o "la patria peronista". Y, por qué no, también nos atrajeron circunstancialmente las plúmbeas directivas del Proceso ("somos derechos y humanos"), que ocultaban las tragedias que se cometían a su amparo. La democracia parecía gris y aburrida frente a las hazañas de los guerrilleros y muchos creían más aleccionadores los asesinatos y desmanes del Proceso.
Se necesitó de una guerra en serio para que los hombres y las mujeres de nuestro país volvieran a entender que, aun con sus fallas y corruptelas, la democracia es el único marco institucional que garantiza la continuidad de los enprendimientos comunes, la marcha solidaria y pacífica que puede ir conduciendo a un pueblo hacia su razonable realización.
Sucede que hay circunstancias que hacen enloquecer a los pueblos.
Es entonces cuando hay que cuidar las reservas morales, buscar en la historia las grandes líneas fundacionales y confiar en que las experiencias -también las malas- vayan devolviendo la salud a la colectividad.
Esto fue lo que pasó, felizmente, cuando concluyó la década demencial del 70.
Cuando la izquierda creía estar a un paso del paraíso
Hubo un tiempo en el que la izquierda orgánica y periférica pensó que el paraíso estaba a la vuelta de la esquina. "La era está pariendo un corazón", cantaba Silvio Rodríguez desde una Habana exhausta y los ecos de su voz inflamaban los cuerpos. No todos, claro, pero había una ilusión de pertenencia general.
"Cinzano está en el cambio", rezaba una publicidad local. Parecía darles razón. El spot no aludía a un abismo que se cernía peligrosamente sobre el futuro. No importaba. Los pantalones Lee se promocionaban con el tema Sudamérica, de Arco Iris: "Algo se está gestando/lo siento al respirar/es como una voz nueva/que me comienza a hablar".
Contagiados de un determinismo que sería decisivo en el curso de los acontecimientos que signaron la década, repetían las consignas "Libres o muertos, jamás esclavos", "Patria o colonia". Se gritaba: "Ni golpe ni elección, revolución". Era así: se hablaba con palabras que fueron desterradas del lenguaje político: "conciencia de clase", "sujeto social", "el enemigo", "sistema de dominación". Se discutía allí sobre la transición pacífica o violenta al socialismo, la cuestión campesina, la viabilidad del foco armado o el papel de la burguesía.
El sacrificio, se creía, no iba a ser en vano. Se abominaba la comodidad y la incertidumbre. Porque era un tiempo en el que la militancia se disolvía en la vida cotidiana. En La voluntad, reciente libro de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, imprescindible para comprender la sensibilidad de esos años, se cuenta cómo Jorge Luis Borges es dejado hablando solo en un aula universitaria sobre las sagas irlandesas porque su auditorio es llamado a participar de una manifestación.
Así fue en aquellos tiempos. En ese universo ideológico no podía dejar de leerse Condenados de la tierra, de Franz Fanon; Huracán sobre el azúcar, de Jean-Paul Sartre; los escritos de Mao o el general Giap y Ernesto "Che" Guevara. Un tiempo frenético en el que se polemizaba alrededor de John William Cooke, Hernández Arregui, Milcíades Peña o Abelardo Ramos.
Eran días sin sosiego en los cuales el general Perón escribía La hora de los pueblos y sostenía que el nacionalismo "no tiene por qué estar reñido con el socialismo". Ubicaba a la Argentina en el Tercer Mundo y estimaba que "frente a la caducidad insoslayable del capitalismo demoliberal, se puede predecir que el mundo será en el futuro socialista".
Los hombres, agregaba, "dirán cuál de sus acepciones" elegirán: el socialismo internacional, que representaba el "imperialismo soviético", o el nacional , al cual el viejo caudillo adscribía en Puerta de Hierro, mientras acariciaba a su caniche blanco ante la mirada atenta de su fámulo José López Rega.
En esos tiempos se podían comprar en cuotas los 54 tomos de las obras completas de Lenin. Y se compraban. Con suerte, hoy podrían encontrarse en una mesa de saldos.
Hace más de dos décadas, Córdoba bullía. Y Tucumán. Y Rosario. La avenida Corrientes también embriagaba con su propia efervescencia. En el cruce con Ayacucho se levantaba un cine emblemático: el Cosmos 70. Se podían ver películas como "La huelga" y "El acorazado Potemkin", de Sergei Eisentein. El Cosmos 70 ha dejado paso a otra forma de vértigo: en ese lugar se ha construido una bailanta.
Y en el ex cine Arte, en la galería de Corrientes y Cerrito, donde se exhibían títulos como "La batalla de Argel", de Gillo Portecorvo, se proyecta un presente de películas porno. Antes era excitante ver clandestinamente "La hora de los hornos", de Fernando Solanas; escuchar a Nacha Guevara en el Teatro Ift; cantar en los fogones temas de Víctor Jara o el nuevo cancionero argentino.
Los bares que albergaban a polemistas, conspiradores, diletantes o curiosos han cerrado o son objetos del reciclaje: el café La Paz invitará, en adelante, a celebrar los viejos tiempos con fast-food. Pero hubo un tiempo en el que el poeta Armando Tejada Gómez decía que no se podía dormir tranquilo si había un solo chico en la calle, y Mercedes Sosa saltaba de Cosquín al escenario del Teatro Colón para interpretar a Atahualpa Yupanqui mientras el general Agustín Lanusse observaba desde el palco.
Un tiempo en que John Lennon decidió separarse de los Beatles y grabar Héroe de la clase obrera, aunque, en Buenos Aires, el rock era tildado de extranjerizante o desviación pequeño-burguesa. Tal vez se desconocía Camino difícil, una canción de Emilio del Guercio, en Almendra II : "Compañero, toma tu fusil/ven y abraza a tu general".
"¿Para qué sirve un intelectual?", se preguntaba Sartre en las calles de París. "¿Para qué servimos nosotros?", se interrogaron muchos intelectuales argentinos. La función social del arte era cuestionada. Se debatía acerca de la relación vanguardia artística-vanguardia política.
Los setenta invitaban a pensar desde los bordes, a cuestionar el centro en todos los sentidos. Se desmenuzaban los contenidos de la Teoría de la Dependencia, se revisaba a Marx a partir de Althuser, de Marcuse y el marxismo se mezclaba en una ensalada conceptual con el psicoanálisis. No había CNN ni TV en colores, pero se quería saber qué pasaba en el mundo. Se estigmatizaba al otro por pensar diferente. Se desvalorizaba la democracia. En algunos sectores, hacer deportes era mal visto y nadie se ocupaba de los problemas ambientales. No había SIDA y de todas, pero todas, las lacras humanas -se auguraba- iba a encargarse la Revolución.
Un big-bang restaurador que nunca llegó (se sabe lo que vino). Mirado todo hoy desde un grado cero de la pasión, puede resultar inverosímil. Pero así fue.



