La marginalidad laboral ahonda la fractura social

Jorge M. Streb
Jorge M. Streb PARA LA NACION
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27 de enero de 2016  

El gobierno nacional busca modernizar la economía relanzando un Mercosur paralizado, abriéndose hacia la Alianza del Pacífico y teniendo como meta el ingreso a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Son pasos importantes para integrarnos a las naciones más avanzadas del planeta.

Sin embargo, la apertura económica de por sí no alcanza en un país donde el empleo está fracturado en mitades entre la modernidad y el atraso: casi uno de cada dos trabajadores es no registrado. Para resolver la pobreza estructural, no basta con crear empleo, hay que eliminar la marginalidad laboral. En los dos deciles más pobres de la población, el 75% de los trabajadores es informal, comparado con un 10% en los dos deciles más ricos. El problema tiene muchas aristas, empezando por las calificaciones educativas muy bajas de estos trabajadores. Pero hay un aspecto por atacar desde el punto de vista fiscal: los altísimos impuestos al empleo formal.

Las cargas salariales en la Argentina llegan al 44% de la remuneración bruta en servicios y comercio (40% en el resto de los sectores), es decir, superan el promedio de 35% de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esta carga salarial es comparable a la de Finlandia, la séptima más alta entre los 34 países miembros de la OCDE. El total de la carga impositiva sobre el empleo formal se incrementa por los impuestos al valor agregado, lo que lleva a una tasa del 74% en servicios y comercio (69% en el resto), frente al 61% promedio en la OCDE. Sin embargo, esto subestima nuestra carga impositiva por los impuestos a los ingresos brutos en cascada que aplican las provincias.

Las altas cargas impositivas al empleo formal destruyen puestos de trabajo, especialmente en sectores intensivos en mano de obra poco calificada, como el comercio al por menor, alimentos y bebidas o talleres de reparaciones. Éstos son más fácilmente sustituibles por actividades dentro del hogar o en la economía informal. Un ejemplo gráfico son los manteros que se instalan en la calle frente a los locales comerciales. Como la Argentina tiene muchos trabajadores no calificados, ha habido una tremenda expulsión de empleados del sector formal moderno, lo que genera una economía dual.

Si no podemos reducir la carga impositiva sobre el empleo formal a los niveles de Chile o Estados Unidos, al menos no discriminemos contra servicios y comercio. Y bajemos drásticamente las cargas laborales más distorsivas en los sectores intensivos en trabajo poco calificado. Un ejemplo exitoso de reducción de la informalidad es la reforma en el régimen de personal de casas particulares hecho en 2013, donde las cargas son ahora de 498 pesos por mes (268 por aportes y contribuciones, 230 por riesgos de trabajo), alrededor de 10% de la remuneración bruta. Este sistema simple y poco oneroso podría tomarse como modelo para otras categorías de trabajo con baja calificación en sectores intensivos en mano de obra. Ayudaría a terminar con esta fractura social que condena a gran parte de la población a trabajos malos en empresas con baja o nula tecnología.

Consejero académico del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina y profesor en la Universidad del CEMA

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