
La memoria de Proust, actualizada
Por Antonio M. Battro
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Cuando Marcel Proust escribió, hace más de ochenta años, su obra maestra A la búsqueda del tiempo perdido, no había casi información sobre los mecanismos cerebrales de la memoria humana ( Schacter ). Sin embargo logró describir algunos pasos de la memoria con prodigiosa precisión. Nos cuenta Proust que de su niñez en el pueblo de Combray sólo recordaba, en sus noches de insomnio, apenas un sector, siempre el mismo y a la misma hora, su casa a las siete de la tarde, cuando comenzaba su pequeño "drama" cotidiano de ir a dormir. Hoy sabemos que esta memoria selectiva se procesa en las áreas más antiguas, hipocampo y amígdala, del cerebro y está asociada a recuerdos de alto valor emocional. Enseguida pasa a relatar el sutil proceso que un día le permitió recordar una imagen mucho más amplia de su pueblo.
Se trata del famoso episodio de la "petite madeleine", una deliciosa masa, muy común en la repostería francesa. La historia es la siguiente. Proust había vuelto a su casa una tarde de invierno, con frío y desanimado. Su madre le preparó una infusión y mandó comprar unas masas. En el momento de probar una cucharada con algunas migajas de la madeleine que se había desmenuzado en el té, tuvo una revelación. Por un instante experimentó una felicidad insospechada cuyo origen se le escapaba totalmente aunque presentía que estaba ligada al té y a la madeleine. Deja entonces la taza de lado y apela a su inteligencia, se encuentra "frente a algo que aún no es y que sólo él puede actualizar". Proust describe el ejercicio mental que lleva a cabo: "retorno en pensamiento al momento en el cual tomé la primera cucharada de té. Me encuentro con el mismo estado". Focaliza su atención aún más, se esfuerza en no escuchar los ruidos de la habitación contigua. Insiste otra vez y ahora sí, siente que algo se moviliza desde la profundidad.
Y entonces aparece vívidamente un recuerdo ligado al acto de beber el té. Ese gusto tan peculiar era el de la madeleine que su tía Léonie le ofrecía después de haberla mojado en su té, los domingos, antes de ir a misa. Reconoce que la simple vista de la madeleine no le había aportado nada comparable al gusto y al sabor, "sobre los que se puede construir el edificio inmenso del recuerdo". Estaba en lo cierto, los sentidos químicos, como el gusto y el olfato, tienen asociaciones directas con las partes más antiguas de nuestro cerebro. Gracias a estos canales sensoriales el pueblo entero de Combray se despliega, finalmente, en la memoria de Proust. Y concluye: "todo esto que adquiere forma y solidez ha salido, pueblo y jardines, de mi taza de té". Es difícil resumir mejor los laberintos de la memoria humana.
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